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EL HOMBRE ATRAPADO
(3. La casa de Laura)

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

              Rondaba los cincuenta años, pero aparentaba menos. Se vestía de forma juvenil y mantenía siempre una sonrisa dulce en sus labios repintados. Las chicas la llamaban "la mami" y los clientes simplemente Laura.

              El apartamento tenía una decoración moderna donde se adivinaba el gusto de Laura por la literatura, el arte y las culturas orientales, se decía que había estado casada con un escritor de renombre que se suicidó, con el que había tenido ocasión de viajar por el mundo. Normalmente recibía a los clientes con un libro entreabierto en las manos y las gafas de cerca sobre la nariz. A través de las fotografías que tenía enmarcadas sobre los muebles se podía deducir que pertenecía a una familia de clase media alta de la ciudad, y que alguna vez había intentado ser feliz en una casa con jardín trasero y perro blanco.

              Cuando recomendaba una chica a un cliente nuevo lo hacía con fingido pudor pero sin perder la sonrisa. Su alegre indiferencia parecía producto de una sabiduría voluntariamente abandonada, como si hubiera simplificado el mundo a dos conceptos básicos: le gusta o no le gusta.

              A veces se me quedaba mirando como si temiera que estuviera a punto de ser devorado por el abismo de amor de Natalia. Entonces me hacía sentir vulnerable como un niño.

              Estuve largo tiempo sin ir a la casa de Laura después del fallecimiento de Silvia. Solía llevar su esquela de periódico en el bolsillo. La leía mientras esperaba los autobuses, en los cines antes de que empezara la película, por las calles bajo las farolas, en los taxis a la tenue luz interior del coche, en la cama a media noche, siempre, a todas horas.

              El día del incendio de mi biblioteca me cercioré de que las brasas quedaran bien apagadas y bajé a la ciudad, anduve sin destino fijo hasta encontrarme ante la casa de Laura. Me hizo pasar con su displicencia habitual y fingió no alegrarse mucho de volver a verme, cosa que me incomodó, siempre me han molestado los rituales de los oficios. "En este momento Natalia está ocupada. ¿Quieres que te presente a las otras chicas que tengo?" me sugirió. Dudé. Al fin le respondí "no, prefiero esperarla" y me senté en el sofá frente a la televisión como si estuviera en la consulta del dentista. No me atreví a sacar la esquela de Silvia y cogí una revista.

              Al cabo de unos minutos salió un hombre grueso, con una cara asimétrica que parecía una caricatura, mantenía un gesto serio, se diría que nunca se hubiese reído y el bigote le tapaba la boca como un borrón de tinta. Sentí unas ganas súbitas de matarlo.

              "Vuelvo otro día" le dije a Laura y salí tras él. Lo dejé bajar solo en el ascensor porque no estaba seguro que podría controlar mi agresividad en un espacio tan reducido.

              En la calle el hombre reemprendió el camino titubeando entre el gentío. Se detuvo en un quiosco de chucherías y compró un juguete para un niño, lo guardó en una bolsa de plástico sin mirarlo y continuó andando hasta ser engullido por la boca del Metro con otros peatones como agua de lluvia en un sumidero.

              Continué vagando sin destino, recordé el día que aterricé en esta ciudad y todos sus cafés me parecieron lujosos. Llegué a las mesas de libros que un popular almacén comercial del centro de la ciudad suele sacar a la calle cuando hace buen tiempo. Decidí entonces reconstruir inmediatamente mi biblioteca, estaba dispuesto a comprar libros compulsivamente y luego clasificarlos en mi casa y cambiar la cerradura de la puerta para que mi mujer no pudiera volver a entrar.

              Me encontraba rebuscando, con varios libros bajo el brazo, en una muchedumbre que me empujaba sin haber tenido yo tiempo de dilucidar si amaba o detestaba a toda esa gente, cuando la sentí a mi lado, a ella. La reconocí por sus dedos finos, por sus uñas tiernas que esta vez sí llevaba pintadas de un rojo sangre; había posado sus manos como si fueran un par de guantes sobre la cara de Borges en la portada de su biografía. Y reconocí su olor inconfundible, como el perro que soy. Me estremecí. Estoy acostumbrado a las casualidades, las considero naturales; los perros domésticos creen en Dios y piensan que son sobrenaturales, pero los callejeros como yo somos ateos y no nos sorprenden, pero esta coincidencia me emocionaba. Ella evitó mi mirada, ignoró la cola de mi alma de perro abanicándome por dentro hasta cortarme la respiración y entró al comercio contoneándose como si fuera capaz de ingresar y salir libremente, entre maniquíes rubios deseosos de abrazarse en su paraíso de cristal.

              ¿Entonces no había muerto? ¿La esquela, su nombre y sus apellidos, su edad, su esposo, todas eran coincidencias? La releí nuevamente y la tiré a una papelera, pero no cayó dentro y al apartarla el viento de mí sentí una angustia inexplicable.

              Confundido entre el crepúsculo y la muchedumbre, me uní ingenuamente a los buscadores de espejos que transitan las ciudades a esas horas en veloces automóviles, cuando debería haber esperado a los que llegan más tarde, los recogedores de cartones opacos, a los que les han hecho creer que no tienen derecho a nada y duermen tranquilos sobre las costras arrancadas a la madrugada. Hubiese sufrido menos durante el tiempo que tardé en olvidarla. Hice todo lo contrario, me dejé llevar por la vorágine de mis sentimientos. Creo que estuve toda la noche lamiendo la ciudad en sueños.

              Sin embargo, no la perdí del todo. Se me volvió a aparecer en un parque, ella me miró pero no me reconoció, la vi en brazos de un soldado en un callejón sin salida, en la puerta de un cine porno, en un restaurante de lujo al lado de un tipo con sombrero, pidiendo limosna en la parada de autobuses, la vi moribunda en un hospital al que no entré, bailando la danza del vientre en un cabaret y me figuré que todas las mujeres eran la misma mujer, que todas sonreían de la misma manera, que todas buscaban algo que ignoran.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 30/10/2005