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EL HOMBRE ATRAPADO
(4. Los huayruros)

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

              Escribo desde mi celda. Ya he hecho un buen amigo en los meses que llevo aquí, aunque todavía no hemos hablado. Estamos en la sección de homicidas. Carecemos de algunas comodidades, pero a cambio gozamos de tranquilidad y de una vida sencilla. Respiraríamos un clima hogareño, si no fuera porque los malos sentimientos huelen demasiado a orines. Nuestro carcelero lee insistentemente debajo de una bombilla pelada, "La curación por el ajo y el limón". Supongo que le aqueja un mal más mortífero que el nuestro.

              Juan, mi nuevo amigo, es un anciano asesino, mató a su mujer, la noticia literal se publicó de esta manera:

              Él se pasea por los pasillos de la prisión ensimismado y no se desprende jamás de una caja de puros de madera donde guarda cinco semillas rojas del tamaño de garbanzos, las manipula continuamente como si se tratara de delicados insectos, otras veces lame el hierro dulce de las rejas de la prisión. Su historia es conocida por todos excepto por él mismo. Juan sufre alzheimer, sin embargo cuando lo detuvieron se acordó de volver a entrar a su casa a recoger la cajita de puros con su preciado contenido. Los vecinos se apresuraron a declarar a la prensa que la mujer tenía un caracter "muy difícil", en cambio él era un hombre afable que siempre la cuidó con cariño. Una mujer añadió "y es pintor" con la intención de que le sirviera de atenuante.

              Cuando subieron a detenerlo, lo encontraron sentado frente a sus cuadros. Los polícías se quedaron sobrecogidos ante las imágenes. Ese hombre que había tenido una infancia sin paisajes había desarrollado una obra que parecía hecha con pinceladas de silencio. En un rincón había una serie erótica de grandes óleos donde el silencio se remansaba entre las nalgas de una adolescente y en un par de senos suspendidos sobre el universo. Había también lienzos donde se podía ver a un hombre con tapones en los oídos pinchando el cielo con una aguja desde una ventana, una embarazada con redondo vientre de cristal sorbiendo un helado de limón y una brillante trompeta entre algodones.

              Los periodistas esperaron abajo y al hacer intención de retirarse del lugar, una mujer se acercó corriendo para gritar señalando el fardo que introducían en la ambulancia "¡Lo que tenía esa vieja era muy mala leche!". Animadas por la frase, todas corroboraron también a gritos: "¡Era una hija de puta!". Y sin motivo conocido, empezaron a apedrear los coches de los periodistas que se despedían desconcertados. Luego salió el marido maniatado y el silencio cuajó en la calle como si fuera nieve en pleno verano.

              Este es un buen lugar para escribir mis memorias, o las de Juan, pero al verlo reordenando incansablemente sus semillas rojas, me desanimo y pienso que ya está todo dicho y hecho cientos de veces, que sería inútil. Pagaré mi crimen y creo que será lo último que haga en la vida.

              Juan está a la espera de un juicio justo. Entre los funcionarios de la cárcel se comenta que saldrá libre, por edad, apenas lo hayan juzgado, y lo tratan con mucha deferencia. En cambio yo aguardo mi traslado a una prisión de alta seguridad para cumplir mi condena, porque ya tengo sentencia firme: dieciocho años. Me siento como si me hubiera muerto.

              Mi juicio se ventiló rápidamente. Me tocó un juez que tenía la cara abotargada de aburrimiento, como si supiera de antemano todo lo que me iba a pasar. No creo que en su vida haya ocurrido jamás nada imprevisible, ni que a él se le haya cruzado nunca una mujer como Silvia.

              Me dijo sin levantar la cabeza:

- Se le acusa de haber arrojado a un extranjero desde un tren en marcha. ¿Reconoce los hechos?

              Yo le respondí, bajando la voz:

- No señor, lo mío fue un acto de amor.

              Creo que lo del amor no lo llegó a entender. Puso cara de haber recibido una punzada en el hígado e insistió:

- Limítese a negar o a reconocer los hechos que se le imputan.

- Sí, reconozco que lo tiré del tren.

- ¿Se arrepiente usted de su acción?

- En absoluto, la repitiría tantas veces fuera necesario.

              El juez no se inmutó. Lo que siguió después fueron trámites burocráticos sin interés.

              Cuando volví a la celda encontré a Juan como siempre reordenando sus semillas. Al verme entrar espiró profundamente como un animal enfermo y me habló por primera vez: "La felicidad es sólo un reflejo, igual que los sueños que guardan mis huayruros". Como yo le miré sorprendido, me aclaró: "Son semillas del Perú, tienen esa virtud". Y me regaló uno.

              Al darme la vuelta advertí que mi mujer estaba en el pasillo, se reía divertida como si estuviera viendo un ratón en una jaula.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 12/11/2005