Viajes alrededor de uno mismo

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

                ¿Qué se busca en los viajes? Aquel día que hicimos nuestra maleta precipitadamente y partimos sin saber exactamente a dónde íbamos ¿corríamos tras algo o alguien, o simplemente huíamos de una realidad que rechazábamos? ¿Por qué abandonaba Simbad el Marino el lujo y los placeres de su casa para embarcarse hacia aventuras sin cuento?

                Hay quien necesita viajar para contarlo, como algunos escritores británicos, Isabella Bird o Brenan, que dedicaron su vida a relatar lo que encontraron en Japón o en España, o los que consideran que su propia vida es un largo viaje y tienen que vivir para contarlo, como García Márquez. La existencia es siempre una estación de viejos sueños solitarios.

                La frase más estremecedora de la novela "Memoria de mis putas tristes" es el consejo que le da Casilda Armenta, antigua prostituta, al anciano protagonista putero: "no te vayas a morir sin probar la maravilla de tirar con amor". Mujer experimentada en esas faenas que sabía que el sexo pagado no sirve más que para consuelo del que no tiene amor.

                Otros no viajan para no distraerse de su propio mundo fantástico, de sus aventuras interiores. Lezama Lima por ejemplo nunca abandonó su universo caribeño y describió ese difícil periplo que es Paradiso.

                "Nosotros los frailes no viajamos para ver, sino para no ver". Le dijo un día san Juan de la Cruz a un joven monje que lo acompañaba. El santo sólo transitaba por sus paisajes interiores. Era la misma geografía mística que recorría santa Teresa, un jardín común, compartido, donde siempre uno podía vislumbrar al otro o la sombra del otro. Tal vez en el caso de los místicos el resplandor de Dios les impidiera distinguir sus propios deseos, más humanos, de amor terrenal. Los frecuentes éxtasis y trances en que caían los apartaban de la realidad. El amor en exceso se sublima y desaparece, tiene eso de malo.

                Supe de una mujer joven que viajó por el mundo siguiendo el rastro de su novio muerto. Se hospedó en las mismas habitaciones de los mismos hoteles desde donde él le escribía, fue a comer sola a los mismos restaurantes y pidió dos cubiertos. Apagó sus cigarrillos en los mismos ceniceros de los cafés por donde él pasó. Al final del recorrido, en Londres, se quitó la vida arrojándose bajo las ruedas de un autobús de la misma línea del que arrolló a su joven enamorado.

                ¿Y si estuviéramos condenados a perseguirnos a nosotros mismos? ¿Quien no ha lamentado alguna vez haberse quedado gozando de plácido marasmo, en vez de salir corriendo tras sus propios pasos, aunque supiera que lo conducirían al abismo? L. Tamaral cuenta que un día se vio a sí mismo cruzando una calle en una ciudad extraña, inicialmente siguió a su sosias horrorizado, pero la impresión fue tan fuerte que sintió un súbito mareo que lo paralizó junto a una farola. Cuando levantó la vista, su otro yo ya había desaparecido. En el fondo, confesaba, hubiera querido apuñalarlo.

                Me contaron de un hombre que atravesó medio desierto a pie para llegar a un prostíbulo que había en un cruce de carreteras. Cuando llegó lo encontró cerrado, pero en la gasolinera del lugar conoció a Miriam que lo lavó, lo peinó e hicieron el amor con una suavidad impropia de un caminante del desierto. Luego el hombre no supo encontrar la ruta de regreso a su casa y se quedó en el pueblo, cerca de Miriam, ejerciendo diversos oficios hasta el fín de sus días.

                También me hablaron de una pareja que intentó huír a las antípodas para alejarse de sus enemigos, pero antes de llegar a su destino terminaron odiándose. No todos los viajes terminan bien.

                ¿Y quién no recuerda al niño que cabalgó sobre su caballo de cartón por todo el planeta balanceándose alrededor de sí mismo?


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PAGINA ACTUALIZADA EL 12/12/2005