"Un forastero en Binarios".
Sevilla, La culebra coja, 2006.
Leopoldo de Trazegnies Granda

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BINARIOS

por Leopoldo de Trazegnies Granda

                Binarios era una ciudad sin arquitectura, rodeada de un campo sin árboles ni cultivos, de hombres violentos y mujeres enigmáticas. Su historia era sólo la historia de sus caminos, de sus montes, de sus dos puentes de piedra por el que pasaron romanos, vándalos y almohades sin dejar nada, ni pergaminos ni hijos que hablasen de su cultura ni relataran sus hazañas.

                "Binarios tuvo un castillo en la cumbre del monte Acho y unas galerías que pasaban por debajo del pueblo y afloraban al lado del río", explicó el doctor. "El castillo un día se desplomó y las galerías se cegaron, los hombres somos animales extraños", reflexionó, "apenas llegamos a un sitio nuevo nos empeñamos en construír túneles y fortalezas".

                Según crónicas desaparecidas Binarios fue abandonada por insalubre durante la Edad Media y reconstruída en el siglo XVI según el modelo ideal de la ciudad de Magnesia descrito por Platón y aplicado por las Leyes de Indias a la fundación de ciudades en América. De allí su aspecto suramericano en plena Andalucía baja, levantada aproximadamente a doce leguas de la costa para que los vientos océanicos no azotaran directamente las ventanas de sus casas enclavadas en un damero de manzanas trazadas a cordel. En su plaza Mayor llamaba la atención el solar vacío de la iglesia que nunca se edificó, el mísero ayuntamiento con balcón de madera, donde se colgó al maqui Abelardo Gómez terminada la guerra del 36, y las alquerías de granito ocupadas los domingos por mercaderes estrafalarios.

                Los actuales pobladores tampoco se podían remontar demasiado en el tiempo, eran en su mayoría descendientes de familias venidas de Francia, Flandes y Alemania traídas por el asistente de Sevilla Pablo de Olavide en el siglo XVIII, con el fin de repoblar los humedales.

                Etnicamente los binarios se distinguían de sus vecinos del valle por su pelo hirsuto y rubicundo, sus ojos felinos y su brusquedad mental. Tenían fama de ser a la vez dóciles y feroces, como las ocas.

                Se denominaba binarios a los naturales de Binarios. "La coincidencia del topónimo con el gentilicio me da yuyu" decía Maruja, la echadora de cartas, "es como si el pueblo no necesitara de pobladores, como si pudiera existir vacío, como si pudiéramos morirnos todos y a nadie le importara". Al oir a Maruja su amiga Manón asentía con la cabeza. Eran vecinas y aprovechaban las horas que no tenían clientes para conversar en la puerta.

                En realidad el nombre completo de la población era Binarios de la Quebrada, se desconocía su origen pero el doctor lo atribuía a que los binarios mantenían dos caras, como la luz partida que iluminaba el pueblo. La teoría histórica sostenía que era una corrupción del nombre latino Vinorium, debido a que en épocas romanas sirviera como almacén de vinos.

                También se reconocía al pueblo como "Carboneras" porque durante muchos años sus galerías aprovisionaron de carbón a la vecina y próspera ciudad de Almadrasa hasta que se dictaron las normas de protección del medio ambiente que prohibieron su utilización. El pueblo ganó en limpieza pero sufrió una de sus mayores crisis económicas.

                El monte Acho, en forma de herradura, albergaba en sus lomas cabañas levantadas con materiales de deshecho y la inmensa pared de roca que se elevaba del lado sur impedía que los rayos del sol llegaran en invierno a los tejados de las casas del centro de la urbe. En verano el sol chocaba contra la montaña, y no volvía a asomarse hasta la caída de la tarde por las grietas del último farallón. La luz partía en dos al pueblo y por eso se decía que esta circunstancia se reflejaba en el carácter de los binarios que tenían fama de guardar siempre un lado en sombra, circunstancia que a vista de extraños los hacía poco fiables. "En Binarios forajidos varios" se cantaba en Almadrasa.

                Durante los años 70 el tráfico de las pocas calles del centro del municipio devino un caos. Desde que se estrenó "Easy Rider" en el cine de verano del pueblo, que se montaba en el solar vacío de la iglesia, a los binarios les entró la fascinación por las motos. Llegó a ser el pueblo más motorizado de Andalucía, las compraban de segunda mano en Almadrasa y las reconstruían en talleres improvisados. Los rubicundos binarios tiznados de carbón parecían monos albinos encima de sus ruidosas cabalgaduras de hierro. La saturación de calles y plazas alcanzó tal grado que era casi imposible andar por el centro de la población sin ser atropellado. Tampoco era extraño verlos cargando objetos irreconocibles o empujando carritos de supermercado con motores desguazados o los restos de una nevera o una lavadora; era un pueblo empobrecido y la miseria lleva a los individuos a acarrear incansablemente objetos inservibles de un lado para otro para aprovechar sus piezas en aplicaciones inverosímiles, circunstancia que le daba a Binarios un aire oriental, tercer mundista, de transeúntes con aspecto de desharrapados de Bangkok o Estambul, prestos a salir corriendo en cualquier instante.

                El anciano médico del pueblo sostenía que entre los pobladores los había de dos clases, los lineales que siempre tenían prisa y era difícil entablar una comunicación con ellos y los cíclicos que no terminaban nunca de rumiar sus pensamientos, reservados y aburridos, como por ejemplo el profesor de la escuela.

                El profesor había tenido serias diferencias con el doctor cuando ambos formaron parte del consistorio municipal. Era un hombre culto, conservador y gran aficionado a la caza. Le gustaba aislarse, los días laborables se le veía totalmente dedicado a su labor docente, pero los fines de semana su afición lo llevaba hasta las Sierras de Juan Lobón en busca del corzo o el jabalí. "Tiene el ojo frío y la mano firme, buen tirador", opinaba el doctor.

                La juventud vivía desentendida de los problemas sociales, obsesionada únicamente por el sexo. La exagerada exitación de la líbido se atribuía a la riqueza de minerales que contenía el agua de sus fuentes, pero tal vez también se debiera a la represión sufrida durante tantos años. El lenguaje de los muchachos estaba plagado de insinuaciones y dobles sentidos. Para explicar sus deseos habían inventado expresiones nuevas, como el "flash-polvo" al que todos aspiraban. Algo rápido, sin complicaciones como todo lo que se hacía en Binarios, como la "fast-food" que tenía tanto éxito. El comportamiento compulsivo de los jóvenes producía en las niñas del pueblo una hilaridad nerviosa e incomprensible. En cambio las alpinistas que a veces llegaban en autobuses desde el extranjero para practicar su deporte en el empinado farallón binario solían responder de forma agresiva. Eran los únicos vehículos que la policía dejaba pasar y a veces hasta los escoltaban para evitar que los niños los apedrearan. Los mozos del pueblo perseguían a los autobuses y acosaban a sus pasajeras diciéndoles obscenidades desde sus motos, ellas entonces reaccionaban violentamente y más de una vez habían logrado reducir a alguno y amenazarlo con castrarlo, por lo menos intentaban romperle la moto.

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                El forastero examinó la tierra entre sus dedos, "esto es albariza", dijo, "hay que seguir cavando". La máquina se retiró unos metros bufando al lado del camino viejo del pozo para volver a clavar su diente de hierro en la tierra húmeda y así lo hizo una y otra vez durante toda la tarde. Cuando se asomó el sol por el último farallón y se levantó el habitual viento crepuscular de Binarios, el operario se llevó la mano izquierda a la gorra en señal de despedida y se alejó en su ruidosa máquina al paso de oruga. El forastero se acercó al borde de las fosas paralelas recién abiertas y pateó una piedra negra que cayó sobre mojado.

                En esa región los gorriones no piaban como en el resto del mundo, sino que sorprendentemente silbaban algo parecido a la música de "El puente sobre el rio Kwai", la gente lo asumía con naturalidad y las parejas se reían al oírlos mientras transitaban por la alameda de macadam recién inaugurada por el alcalde como Paseo de la Villa. "Son cosas inexplicables las que pasan aquí", pensó el forastero.

                También era inexplicable que los motoristas de la Guardia Civil impidieran el acceso desde la autovía por la única carretera que llegaba a Binarios. Se apostaban a las ocho de la mañana y montaban guardia todo el día hasta las once de la noche. Desde las terrazas de las pizzerías y hamburgueserías a donde la juventud acudía a reunirse se les podía ver enfundados en sus chupas de cuero apoyados en sus motos a la sombra del cartel que apuntaba al pueblo. Daba la sensación de vivir en una prisión-pueblo, pero de noche cuando los guardianes se habían ido, se veían los faros de las motos descendiendo como antorchas por la quebrada para apagarse en el horizonte. Los binarios frecuentaban los locales nocturnos de Almadrasa, el placer tradicionalmente se había considerado como algo solitario y clandestino.

                El doctor tenía escrito un "Tratado de las casualidades" que conservaba inédito, en él intentaba demostrar que casi todos los hechos que se interpretan como acciones divinas eran producto de la casualidad y señalaba que en el mundo había lugares mágicos en los que siempre se repetían acontecimientos felices, o nefastos, según el caso. Binarios pertenecía a los segundos, estaba considerada como una ciudad maldita.

                Al bajar ambos a la calle, el doctor sintió en los párpados el antiguo viento negro de la ceguera del carbón. Era un aviso del paso del tiempo. Se agarró al brazo del forastero para decirle casi al oído: "Toda una vida dedicada a mantener a estos hombres para el trabajo y a sus mujeres para parir".

                Nereia. Nereia se cruzó con ellos y miró fugazmente al forastero. La bulla de la calle no impidió que él percibiera la belleza de sus ojos, "dos pozos de poesía en un páramo", pensó. Había sentido su mirada como una lámina fina sobre la piel, como si se hubiera quedado desnudo al sol, era una renovada sensación infantil. Luego vio disolverse el vestido verde de Nereia en el aire, remontando la cuesta, mientras ellos continuaban su camino conversando sobre las mujeres de Binarios.

                Las mujeres jóvenes de Binarios contrariamente a la apariencia de sus rubicundos hombres eran morenas y frágiles, se las veía en grupos andar presurosas por las calles a favor del viento y con dificultad en su contra, como bandadas de ágiles peces esquivando a la corriente de motos. En cambio las viejas eran duras y pequeñas como raíces. A Nereia el forastero la había visto sola, ensimismada, y rechazó mentalmente la teoría del doctor sobre la algolagnia femenina.

                Esa noche después de cenar salió a fumar al jardín de la pensión donde había alquilado una habitación desde su llegada, se sumergió en el firmamento y se sintió fuerte, como aquel tirano poeta que decretó que en sus cielos hubiera muchas estrellas y en los de sus enemigos ninguna. Pero reconociéndose impotente, borró el escenario con una gran bocanada de humo.

                Esteban, Estebanillo, el retrasado mental, le confesó esa noche a Manón que quería acostarse con ella, "yo nunca he dormido con una mujer". Insistió tanto que Manón al borde de las lágrimas se lo llevó a su cama. "Las putas nunca olvidamos la inocencia de nuestro primer amor, el hijo'eputa que nos dejó preñadas", le confesó esa noche a Esteban entre las sábanas. Manón ya había desvirgado a medio pueblo, tal vez Esteban fuera el último que quedaba.

                El doctor empezó afirmando con la cabeza mientras observaba un gorrión que saltaba a su alrededor emitiendo su característico sonido musical. "Siempre", dijo al fín. "Algunos nacemos con cierta incapacidad para vivir, para ser amados, como si no tuviéramos derecho a las cosas más elementales. Tal vez mi hipocondría me llevara a estudiar medicina y mi caracter apasionado a la soledad de este pueblo. Somos un manojo de paradojas, querido amigo". A continuación esbozó una sonrisa irónica. "¿Y usted, ha visto otra vez a Nereia?"

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                Palmira había trabajado de ayudante de la pitonisa Maruja, bajaba todos los días al amanecer desde la choza del monte Acho donde vivía para baldear los patios de la casa de su ama y luego se encargaba de atender la puerta y a veces la ayudaba en los rituales sosteniendo algún cirio y recitando frases esotéricas. Llamaban la atención en ella los cuatro piercing que llevaba, uno en la lengua y otros tres en la nariz, pezón izquierdo y ombligo, pero extrañamente nunca exhibió ningún pendiente, ni arete, ni zarcillo en las orejas. Le gustaba aparentar entre agresiva y morbosa, como de estar dispuesta a dejarse subsumir en las miradas lascivas de los hombres.

                Un día Maruja descubrió que la chica también se dedicaba a entretener en la sala de espera a los clientes masculinos: por unos billetes dejaba que la manosearan por debajo de la indumentaria hindú que vestía en horas de trabajo.

                El forastero agotaba el extenso tiempo libre del que disponía en esa pequeña aunque ruidosa población intentando despejar enigmas cotidianos. Por ejemplo ¿por qué en los cafés la gente tenía tendencia a sentarse en la mesa contigua a la suya, a medida que se quedaba libre, aunque el resto de mesas estuvieran vacías? ¿Por qué siempre había alguien que se le quedaba mirando como si tuviera una pregunta muy importante que hacerle, o un reproche inexpresable? Cuando quien así se comportaba era una mujer de edad madura, le causaba una inquietud adicional y buscaba razones inexistentes en su memoria. A veces, cuando andaba en cavilaciones de este tipo, aparecía el doctor e intercambiaban algunas frases.

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                Fue la mañana en la que el forastero se hallaba improvisando mesas con tablones, encendiendo la barbacoa y descongelando al aire libre los langostinos, en pleno preparativo para el ágape de finalización de la obra, que se conoció la tragedia. Había subido al tejado a colocar la bandera verdiblanca, se entretuvo un instante a contemplar el paisaje y recorrió con la mirada el curso del río sin ocultar su satisfacción. En el recodo de aguas encabritadas, le pareció distinguir un fardo varado en la orilla. Llegaba en ese momento el doctor cargado de botellas gritando "¡Que no falte la bebida para mojar esta casa!". El forastero lo recibió indicándole con la mano desde lo alto del andamio el motivo de su extrañeza. Bajaron al valle seguidos por los albañiles campo a través. El doctor se adelantó y se quitó sus gafas de miope para examinar de cerca el cuerpo inerte de una chica. Estaba desfigurada. Era difícil reconocerla bañada en sangre seca. Tenía varios impactos de balas de caza mayor, luego le habían arrancado el piercing de la lengua y los de la nariz, el pezón y el ombligo. Comprobó que en los lóbulos de las orejas no llevaba nada y no dudó de que se tratara de Palmira. "Esta salvajada no ha sido obra de los dioses, como cuando se desplomó el cortijo de Estebanillo, esta es simple maldad humana", se repitió varias veces.

                Corrió rápidamente la voz por el pueblo y llegaron apresuradamente algunos curiosos, entre ellos su antigua ama Maruja, la hechicera, que no quiso verla, "lo sabía, lo sabía", repetía. Manón que sólo la miró en silencio y le acarició una rodilla. Y el introvertido profesor de la escuela que comentó como para él mismo "Palmirita, fue alumna mía".

                Pero para entonces el forastero ya sabía perfectamente quién era el profesor, por eso le sorprendió su serenidad ante el cadáver de Palmira. La primera vez que se cruzó con él fue en la biblioteca municipal poco tiempo después de su llegada a Binarios. Ambos se indagaron con la mirada pero no se hablaron.

                En aquella ocasión, las palabras del doctor provocaron en el forastero una curiosidad malsana por saber quién era ese huraño profesor. Las semanas siguientes estuvo pendiente de sus costumbres, de sus aficiones, de sus expediciones cinegéticas de fin de semana a las Sierras de Juan Lobón, espió sus entradas y salidas del pueblo... hasta que una noche vio descender por la quebrada la luz de su moto hacia Almadrasa y lo siguió.

                El forastero le ocultó al doctor sus pesquisas clandestinas, durante semanas se acostó de madrugada con la intriga de sus descubrimientos sobre el hombre admirado por Nereia. Pero los días posteriores al asesinato de Palmira la policía lo interrogó.

                Entonces el forastero declaró todo lo que había presenciado durante las escapadas del profesor a los lugares nocturnos de Almadrasa. El primer día que lo siguió lo había visto visitar un prostíbulo donde una de las chicas se negó rotundamente a tener relaciones con él. El forastero reconoció a Palmira discutiendo con el encargado del local, "yo no me acuesto con ese tipo" chillaba "y si no, me voy de aquí ahora mismo". El forastero, desde la oscuridad, presenció escenas similares en distintos lupanares de Almadrasa. Ella huía, pero el profesor siempre la volvía a encontrar y continuaba intentándolo impertérrito.

                A continuación de la declaración del forastero, la policía registró la casa del profesor y encontró, todavía ensangrentados, los cuatro piercing de Palmira. Comprobaron que las balas que perforaron su cuerpo pertenecían a la escopeta que el profesor tenía colgada en la pared.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 1/7/2006