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El podador de rosas

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA
1

                Ella era la mujer de mi abuelo, la única persona que me inspiraba cierta permanencia en las cosas y en las emociones. Todo lo demás lo veía tan frágil, tan cambiante, como si los sentimientos estuvieran sujetos a circunstancias efímeras, a los efectos de la luz o del clima: si hace mucho viento te dejo de querer, si la noche es muy cerrada la persona amada no volverá.

                En cambio ella siempre estaba allí. Por las tardes se sentaba en el sofá de mimbre de la terraza, cara al campo, dejando apagarse el sol en sus pechos tibios, como apaciguando lejanos cachorros de puma con la mirada, esperando el primer resplandor de la oscuridad para encender un cigarrillo.

                Ahora tengo yo la edad de mi abuelo. Las manos también me tiemblan un poco al podar el rosal. El terminó aquí su vida errática, viajó por todos los continentes, en el Congo fue traficante de piedras preciosas, en Estados Unidos vendía aviones, en París abrió un restaurante de alta cocina francesa, en España restauraba castillos... y aunque tuviera una vitalidad fuera de lo normal, nunca se detuvo para intentar ser feliz. Cuando decidió retirarse en esta casa era un hombre sin ilusiones, se había convertido en un ser retraído y desconfiado, siempre con la pistola a mano, temiendo antiguas venganzas. Yo heredé su casa, su melancolía y la pistola.

                En mi familia jamás ha habido un zahorí, preferimos el agua de lluvia a la de pozo, no somos gente apegada a la tierra, nos atrae lo invisible, lo intangible, somos más bien viajeros, por ese motivo, para mí la mujer de mi abuelo me resultaba irreal, porque tenía cuerpo y pelo de una raza curtida en la naturaleza, con arraigo casi vegetal, cuando se sentaba en el sofá de mimbre se convertía en una planta. Me sorprendía su sonrisa, era como si le saliera algo de dentro, como si dispusiera de una glándula especial que al mismo tiempo le iluminara el iris de los ojos y le empañara las mejillas con una resina dulce y arbórea que se me quedaba en los labios.

                Como todos los veranos yo iba a pasar un mes con ellos al terminar el curso. Los años que el río traía agua veía pasar a las muchachas veraneantes por el camino. Se quitaban sus blusas de colores pálidos y se deslizaban en la corriente como flores caídas de los árboles. Salían con los pezones goteando y se ponían los pantalones entre risas claras como si el baño las hubiera impregnado de inocencia campesina.

                Pero los veranos que el río estaba seco se me empolvaba el alma, no se oía ni una voz entre las cañas y los gatos se echaban a dormir indolentes al sol. Los veraneantes no venían, o llegaban por la noche pero al enterarse de que el río no tenía agua se volvían a marchar airados sin haber deshecho las maletas. Yo me levantaba más tarde y ya no encontraba a nadie por los alrededores aunque podía reconocer las huellas que habían dejado los autos en los caminos de tierra. A medio día se extendía un silencio amarillo sobre el campo y oía únicamente el ruido del viento y las tijeras de podar de mi abuelo.

                La mujer de mi abuelo era una mujer madura, pero a mí me parecía que aún conservaba el olor y el movimiento de caderas de las jóvenes. Yo jamás le oí la voz, nunca hablaba, por lo visto decidió dejar de hablar cuando se le murió un hijo en un accidente, yo era todavía muy pequeño. A mi abuelo le enternecía su silencio y le acariciaba el cuello y ella sonreía de aquella extraña manera.

                A los miembros de mi familia siempre les han achacado que andamos por el mundo con cierto aire distraído que denota nuestro cosmopolitismo difuso y nuestra falta de arraigo en patria alguna. Nadie cuenta con nosotros, somos como transparentes.

                En un extremo del jardín había una construcción de piedra, era un cubo irregular debido a la torpeza de los albañiles que la construyeron. Mi padre, las raras veces que apareció por aquí, la llamaba la Torre de Papel. Estaba llena de libros escritos en distintos idiomas. Mi abuelo a veces subía por sus escaleras de madera y permanecía arriba durante tres o cuatro días, sin comer ni beber. Bajaba más viejo, con una vejez interior que le resecaba la piel. Su mujer entonces le daba un caldo de pollo caliente y él se sentaba en la mesa de la cocina pronunciando palabras extrañas, creo que en el idioma de sus antepasados.

                A mi padre lo asocio siempre a postales y telegramas, me lo imaginaba pegando sellos en exóticas oficinas de correos. El cartero del pueblo nos traía sus cartas en bicicleta, cada verano llegaban dos o tres postales de colores y avisaba su visita con un telegrama. Mi padre se pasó la vida dando discursos, era como un conferenciante ambulante. Cuando venía en persona seguía dando conferencias domésticas, tenía buena voz, era al único que se le oía en la casa, aunque yo no prestaba mucha atención a lo que decía, cuando se marchaba no nos dábamos cuenta. Un día nos envió un disco que había grabado con su voz en algún lugar lejano y mi hermana y yo oímos atemorizados sus frases guturales, es la única vez que nos dijo que nos quería mucho. Años más tarde oi una psicofonía de un parasicólogo y recordé la voz de mi padre, como de ultratumba.

                Mi hermana era la menos soñadora de la familia. Su apariencia de sílfide de pelo lacio era engañosa, en realidad estaba llena de números como una caja registradora. Sólo tenía ojos para el hijo del ingeniero de la hacienda, Jacinto, un muchacho atlético que heredaría la moderna casa con piscina de su padre. Cuanto más la ignoraba Jacinto, ella se hacía más ilusiones porque además de calculadora era de una tenacidad insuperable. Mi hermana oía con devoción la música que a Jacinto le gustaba y se pasaba el día tarareando "She loves you" de los Beatles y lavándose el pelo.

                Mi abuelo se declaraba agnóstico y eso me inspiraba a mí un profundo respeto. Yo reconocía su agnosticismo en todo lo que hacía, en su manera elegante de comer, en sus andares despreocupados, en la forma como se pasaba la mano por la cabeza antes de ponerse el sombrero...

                Uno de los veranos que el río no traía agua me fabriqué una honda. Conseguí una rama en forma de horqueta, de naranjo, la mejor madera, la más resistente y flexible. Corté unas tiras de caucho como dos tallarines de una cámara de bicicleta y las até fuerte a la horquilla y a un pedazo de cuero que saqué de la lengüeta de un zapato viejo. Con mi flamante honda me fui al lecho seco como un jefe indio. El río era un camino de rocas pulidas, en invierno la corriente dejaba sobre la arena restos de botellas y latas.

                ¿Dónde habrían ido a bañarse las muchachas de otros años? Me angustiaba el paisaje sin cuerpos, esos árboles prisioneros del bosque y ese río reseco y agrietado.

                Yo apunté con mi honda a un cascote verde, lo vi brillar entre las dos diminutas ramas de mi honda, estiré el elástico, la horqueta se cimbrió hacia mí, y disparé una piedra redonda y blanca. El vidrio de la botella saltó hecho añicos por los aires. Al instante llegó un gorrión curioso, volví a apuntar, alineé su cuerpo de plumas esponjosas con el vértice de la horqueta y solté con fuerza los tallarines de caucho. El pájaro hizo el vano intento de volar pero cayó como un trapo en un pequeño barranco inaccesible que había al lado del lecho del río.

                Regresé a la casa con miedo, al pasar por el camino cerca de la roca que se mantenía en equilibrio en la ladera del cerro temí que se desprendiera y me aplastara; al cruzar el cañaveral tuve más cuidado que nunca de que no apareciera una serpiente venenosa; caminaba un poco agachado como si el cielo se me fuera a caer encima.

                Mi abuelo al ver que no comía me preguntó "¿de qué tienes miedo?" Al principio no le respondí, luego le dije entredientes: "de todo".

                Esa noche subimos a la biblioteca de la torre y me explicó que mi conciencia no tenía ninguna relación con lo que sucediera en el mundo, ni para bien ni para mal, que sólo se es reponsable ante uno mismo.

                No le creí y tuve pesadillas imaginando un maremoto vaticinado por santa Rosa, con olas más altas que los eucaliptos.

                Ahora estoy yo podando los rosales. Mi abuelo está enterrado en el cementerio del pueblo pero su mujer sigue silenciosa en la terraza. Cuando murió mi abuelo mi padre volvió para montar un negocio en esta casa, pero luego desapareció y murió lejos, nos lo comunicó con una postal que decía en letra pequeñita "creo que me voy a morir, ya no me esperen".

                Trato de hacer memoria pero no encuentro los años transcurridos desde mi niñez hasta la edad de mi abuelo. Sé que yo también viajé, que conocí gente que me reconciliaba con el mundo y otras que me inducían al suicidio, pero siempre con el terror de matar otro gorrión que pudiera desencadenar consecuencias imprevisibles.

                Hoy estoy pendiente de la campana de la puerta, porque por primera vez viene mi nieto a pasar el verano con nosotros.


 

2

-¿Quién es? -me preguntó mi nieto sorprendido.
- Es la mujer de mi abuelo, del que era tu tatarabuelo.
-¿Y por qué no habla?
- Porque está muerta -le respondí con la naturalidad que da el aceptar la realidad seguro de que no puede ser de otra manera.

                Para los muertos el tiempo pasa mucho más rápido. Cuando alguien nos deja empiezan a correr los días, los años, vertiginosamente y cuando nos queremos dar cuenta han pasado cinco, diez, o veinte años desde que se fue el ser querido, como en el caso de la mujer de mi abuelo que ya habían pasado sesenta años desde que se quedó petrificada en ese sofá de mimbre. En cambio para los vivos el tiempo pasa desesperadamente lento, se casa una hija y nos parece que fue ayer y nos sigue sorprendiendo cada día su nueva situación familiar.

                Cuando la mujer de mi abuelo murió nadie se atrevió a tocarla porque decían que su cuerpo quemaba. Se quedó allí sentada mirando el horizonte como si estuviera viva. Se corrió por el pueblo el rumor de que era un cuerpo "incorruto" y por lo tanto santo y empezaron a venir con ofrendas y ruegos. Las desgracias son muchas y los santos parecen no dar abasto porque dejan la mayoría sin remediarlas, por eso cuando surge uno nuevo la gente se apresura para ser los primeros en pedirle que los libere de sus miserias cotidianas.

                La sala, con su puerta vidriada hacia el porche, con la amplia escalinata sin barandillas sobre el huerto, se convirtió en una especie de ermita.

                Los milagros empezaron a proliferar, uno decía que la había visto mover la cabeza afirmativamente cuando le pidió sanar a su hijito de hidrocefalia y que al llegar a su casa lo encontró curado. Otros decían que la habían visto echar "humo santo" por la boca como cuando fumaba y le traían tabaco, de allí que empezaran a llamarla "la santa fumadora" y le encendían cigarrillos en vez de velas y se los colocaban entre los dedos.

                Por el jardín y el huerto de la casa desde siempre habían cruzado personas que no conocíamos, eran vecinos del pueblo que se habían acostumbrado a cortar camino para ir al río, o a las ruinas incaicas que estaban detrás del eucaliptal. Mi abuelo no había querido vallar el terreno. Nunca saludábamos a los transeúntes porque mi abuelo decía que algunos seguían pasando por allí pero que ya eran difuntos. Yo una vez había visto a una mujer mayor que se detuvo bajo la higuera y se dio la vuelta para mirarme, me hizo un gesto de impotencia con la mano y desapareció. En el lugar donde se detuvo se quedó un olor picante a avena cruda que los perros estuvieron olfateando toda la tarde.

                Ante el montaje religioso surgido espontáneamente en nuestra casa mi abuelo perdió su compostura de educado pensador agnóstico y arremetió contra lo que él denominaba "supersticiones divinas". No soportaba ver tanta gente crédula acercarse llena de esperanza a la que había sido su mujer y los espantaba a gritos y a palazos. Había muchas familias humildes que bajaban andando de la sierra con sus ofrendas vivas de gallinas y cuyes que se quedaban perplejas ante la actitud agresiva de mi abuelo, otros venían de Lima en sus lujosos automóviles y el campo se llenaba de chapas de colores brillantes al sol, al ver las dificultades que tenían para acercarse hasta la santa fumadora desistían y regresaban por donde habían venido lo que proporcionaba a ese camino rural un tráfico ensordecedor. A pesar de todo, mi abuelo no podía impedir que algunos llegaran a la casa y se le notaba desbordado por los acontecimientos.

                Él murió poco tiempo después pero no del disgusto sino de las tercianas, aunque para asombro de todos resucitó. Los hospitales se llenaron de gente temblando de frío y cuando las echaban en los camastros con una frazada por encima sudaban como condenados. Las tercianas no respetaban a nadie, niños y ancianos fueron los más afectados. Mi abuelo se negó a que se lo llevaran al hospital, hizo que le sacaran el catre al huerto para no contagiar a nadie y allí pasó las fiebres entre las gallinas.

                Cuando vino a verlo Mateo le pidió que le hiciera un ataúd "pero bonito, pues, charoladito" le dijo. Mateo era un hombre que solo hablaba de mujeres, pero buen carpintero, bajito, color chocolate mohoso, que parecía que le hubieran afilado la nariz con una garlopa, era también el artífice de los arabescos tallados de las estanterías de la biblioteca del torreón, trabajo admirado por las escasas visitas que habían llegado a subir hasta ese lugar. "Tienes que apurarte", le añadió castañeteando los dientes, "porque no sé cuánto van a tardar en matarme estas jodidas temblequeras".

                "Te lo voy a hacer de cedro", le dijo Mateo "charoladito y color clarito, para que derritas a las mujeres que asistan a tu funeral". No terminó de decírselo cuando mi abuelo intentó reírse, le vino una convulsión y expiró. Mateo corrió a su taller a traer un ataúd que ya tenía hecho para casos urgentes, comprobó que a lo mejor iba a resultar pequeño pero de todas maneras lo cargó en su desvencijada camioneta. Cuando llegó a nuestra casa mi abuelo lo recibió ensillando su caballo dispuesto a irse al pueblo a comprar maíz para las gallinas que se habían quedado sin comer todos esos días. Mi abuelo siempre prefería ir al pueblo a caballo, en ocasiones yo lo acompañaba en bicicleta.

                "¿Quiubo? ¿quiubo? ¿quiubo?" le repitió varias veces Mateo con el tratamiento que presuponía el respeto que siempre le había tenido, pero sin poder evitar exagerados aspavientos de asombro por encontrárselo de pie ensillando al caballo. "¿Resucitó mi compadre?" "La chicha, la chicha que es buena para todo" le cortó mi abuelo antes de que el carpintero iniciara una conversación sobre los milagros y las mujeres. "¿Y ahora dónde meto el cajón?" "Déjalo en mi cuarto, ya veré qué hago con él, pero no te lo voy a pagar hasta que me muera, o sea que tendrás que esperar un rato". La gente atribuyó su resurección a la santa fumadora de la casa y se redoblaron las visitas a su cuerpo incorrupto para mayor desesperación de mi abuelo.

                Mi abuelo murió de veras varios años después. Recuerdo haber visto durante mucho tiempo su ataúd lleno de libros que él bajaba del torreón para leerlos en la cama. Para utilizarlo lo volcaron en el suelo y metieron su cadáver de forma que en el centro de la habitación parecían dos túmulos, el de mi abuelo en su caja y el de los libros en una manta. Noté que le habían anudado una corbata negra sin cambiarle la camisa de colores y que se la habían ajustado tanto que parecía que hubiera muerto ahorcado y no por un tiro por la espalda como sucedió. Era un día de sol y por la ventana abierta percibí suavemente el olor picante a avena cruda y empecé a estornudar.

                Para el entierro mi madre me había obligado a ponerme los pantalones bombachos que me producían un calor insoportable en las piernas y viendo a mi abuelo comprimido en el ataúd de Mateo pensé que era probable que a él también le hubieran agobiado las prendas cerradas durante toda su vida.

                Caí en la cuenta que no recordaba haberlo visto nunca vestido con ropa de abrigo, ni con una chompa ni chaleco sin mangas, siempre iba en camisa, ni siquiera en las fotografías que le tomaron en países fríos, de inviernos luminosos, en las que salía con cierto aire solitario con una ligera chaqueta dándole el viento por un solo lado, ni siquiera allí llevaba abrigo. En la torre guardaba un retrato hecho por un fotógrafo ambulante en un jardín del norte de Europa donde aparecía abrazando a una mujer que no era la suya; daba la sensación que en esos momentos estuvo feliz. Es arriesgado decir esto de personas tan singulares que llevan la soledad como si fuera una enfermedad incurable, no por no haber sido queridos sino por no haber sido ni siquiera pensados de acuerdo al fatal sino de mi familia de ignorar a sus miembros. Esas fotografías de mi abuelo probaban justamente su inexistencia, su vida desarrollada bajo cielos que no lo reconocían, donde emergía como un fantasma.

                Cuando mi madre que había llegado con una pequeña maleta bajó de cambiarse y la ví con un vestido negro que la hacía más delgada y unos zapatos de tacón alto, creí percibir en ella un aire morboso, provocador. Algunos hombres que habían venido del pueblo pensarian lo mismo que yo porque se fijaron en ella desvistiéndola con la mirada y creo que ella se sintió orgullosa porque sacudió el pelo como acostumbraba a hacerlo cuando le daba el toque final a un plato que había cocinado y me lo acercaba a oler sonriendo e imaginando el placer que iba a provocar en los paladares de los comensales que solían ser artistas y escritores que ella invitaba con cierta frecuencia a nuestra casa de Miraflores.

                Al sentirse observada me echó una mirada pícara como diciéndome "todavía soy deseada". Ella se llevaba bien con mi hermana, pero conmigo había un pacto tácito de complicidad. Creo que en el entierro de mi abuelo se sintió un poco extraña y necesitaría algún apoyo porque nunca se llevó bien con su suegro, le echaba la culpa de que mi padre hubiera salido tan libertino. Mi padre no asistió al entierro porque no se le pudo encontrar para avisarle, mi padre en esa época tampoco existía.


 

y 3

                Y mi padre apareció un día de verano a las tres de la tarde con los aires de un Falstaff del siglo XX, más palabrero que hablador, más embaucador que afectuoso, más erotómano que amante. Se bajó del Chrysler negro que traía con los altavoces a tope y mirando el torreón dijo: "la Torre de Papel habrá que tirarla".

                Había engordado desde la última vez que lo vimos y su cabeza plateada resplandecía al sol. Nadie sabía de dónde venía pero por su comportamiento se diría que nunca había salido de la finca. Fingía un entusiasmo juvenil a pesar de que ya sintiera la vejez trepándole por las piernas y una úlcera perforándole el estómago.

                No se preocupó en preguntar quién mató a mi abuelo; no se sabía. Pudo ser una una antigua venganza que él siempre temió, alguna pendencia que tuviera en el pueblo y que desconociéramos, o la absurda sospecha de que era inmortal por parte de Mateo que lo quiso probar pegándole un tiro. El hecho es que lo encontramos en el huerto sin vida con un boquete ensangrentado en la espalda. La policía tampoco exageró sus indagaciones porque consideraba que lo que sucediera en la finca era algo enigmático que dependía más del cielo que de su destartalada comisaría.

                A mi madre le había horrorizado heredar la casa de mi abuelo con la santa inquilina dentro y no regresó jamás, pero mi padre parecía tener ilusión en hacerse cargo de la finca. Yo en el fondo me alegraba porque sus proyectos me permitirían seguir pasando mis vacaciones allí.

                Lo primero que hizo mi padre fue comunicarle al personal de servicio que les subiría el sueldo. Contrató algunos muchachos del pueblo para controlar los accesos al recinto. Terminó de independizar la sala del resto de la casa convirtiéndola en un auténtico santuario y trajo a un muralista para que pintara un fresco religioso en la nueva pared divisoria. Pero al pintor no se le ocurrió otra cosa que representar "El rapto de las sabinas", obra que desconcertaba a los feligreses. Se trataba de un artista de renombre pero algo despreocupado y las repetidas advertencias que se le hicieron para que tuviera cuidado con el cuerpo incorrupto no sirvieron para evitar que lo manchara con una champa de cal en la cabeza que nadie se atrevió a limpiar por temor a desmoronarlo. El nuevo aspecto de la momia de la mujer de mi abuelo con la cabeza blanca un poco más agachada, delante del mural de cientos de mujeres casi desnudas y soldados romanos, no mermó la devoción de sus fieles, antes al contrario celebraron el cambio como un nuevo prodigio divino: le habían salido canas de sufrimiento por los pecados del mundo. La santa había cobrado el aspecto de la vieja diosa indígena Apurimac.

                Mi padre empezó arreglando el jardín que siempre se mantuvo asilvestrado, desbrozó la parte central dejando una pequeña explanada, abrió senderos con barandillas para que la gente pudiera pasar con comodidad y le dio un aspecto moderno distribuyendo parterres de flores de forma asimétrica aunque respetó la zona de los rosales que mi abuelo injertaba para obtener variedades de colores. A pesar de todo yo continuaba oyendo de noche el siseo de las serpientes que alguna vez me dijeron que eran la encarnación de los muertos, había muchas, probablemente provenían de las ruinas incaicas.

                Su voluntad de renovarlo todo no se detuvo allí, organizó las visitas con sus respectivas donaciones, montó un mercadillo de reliquias y "souvenirs" que Mateo se encargaba de fabricar a escondidas en su carpintería. Concertó autobuses para que trajeran gente en peregrinación desde las provincias más alejadas, asfaltó la polvorienta carretera de entrada y montó una amplia gasolinera techada.

                Fueron meses de actividad febril, había gran cantidad de obreros trabajando y la afluencia de los peregrinos era cada día mayor. Tres mujeres desconocidas vestidas de blanco se ocupaban fervorosamente de mantener la limpieza y la decoración del santuario; aparecieron un día y volvieron todas las mañanas sin que nadie se lo pidiera, mi padre las llamaba las Parcas, siempre impolutas y almidonadas.

                Pero en la gestión del gran negocio de las donaciones empezó a destacar una mujer que había tenido amores juveniles con mi padre y que él había nombrado como gobernanta. Se llamaba Alba, llevaba las cuentas y velaba para que las visitas se desarrollaran con celeridad. Era una mujer callada y misteriosa que disimulaba sus rasgos negroides con abundante maquillaje. Pertenecía a la categoría de mujeres capaces de pasar del amor más puro y profundo a la indiferencia más absoluta, del ardor sexual devorador a la frialdad del témpano semi hundido. Mi padre la trataba con deferencia y jamás lo vi explicándole nada porque en cuanto él se refería a algo ella lo adivinaba y se ponía a realizarlo inmediatamente. En el pueblo había tenido varias relaciones sentimentales y aunque permanecía soltera, de una de ellas había tenido un hijo al que le puso el extraño nombre de Garamante, era un niño taciturno apegado a las faldas de su madre. Yo siempre sospeché que era mi hermano.

                El cura del pueblo nos visitaba con cierta frecuencia, estaba muy agradecido a mi padre porque le había traído de Italia una colección de libros ilustrados sobre pintura moderna que era su gran afición. "Este cura pendejo lo que quiere es ver desnudos" comentó mi padre después de entregársela. El cura era tolerante y miraba con cierta envidia el trasiego de gente en el santuario mientras su parroquia se mantenía casi vacía. Hablaba de una forma tan plana que yo por momentos tenía la impresión de que hablaba en latín.

                Entretanto mi hermana, que detestaba a mi padre se había ido a vivir con mi madre a Lima abandonando definitivamente sus pretenciones de seducir a Jacinto. Mis padres estaban separados desde hacía mucho tiempo pero se llevaban bien y cuando se encontraban lo celebraban como si realmente se alegraran.

                A las pocas semanas de llegar mi padre, se presentó una mujer de nacionalidad francesa que se hospedó en el bar de la carretera e inmediatamente vino a saludarlo. Mi padre no se sorprendió, como si hubiera previsto su llegada aunque nunca hubiera hablado de ella. Se llamaba Lisette, aparentaba algo más de cincuenta años, delgada, de un rubio ceniza, con ojos claros que habían dejado de ser alegres, irradiaba una sensualidad armoniosa, cuando se dirigía a mi padre le hablaba en un español bastante correcto como bisbiseando.

                En vista de que mi padre no llegó a tirar la torre como manifestó inicialmente me trasladé a su piso superior que tenía tres ventanas al campo y la convertí en mi reducto privado, era un buen lugar para esconder mis miedos. También me permitía la observación de todo lo que ocurriera en el recinto, y podía leer los libros de mi abuelo hasta altas horas de la madrugada, los leía como si comiera pasteles.

                Desde mi mirador presencié la transformación del bar de la carretera a partir de la llegada de Lisette. Cada verano descubría nuevas mejoras en el establecimiento. Construyeron una segunda planta y colocaron un letrero rojo en el tejado con el nombre de "Hotel Paradiso", ignoro si en homenaje al cubano Lezama o porque en italiano sonaba mejor. El motivo era que Lisette había adquirido el bar para convertirlo en hotel. Con un simple analisis de mercado habría desistido del proyecto hotelero porque Lima estaba a sólo treinta kilómetros de distancia y por lo tanto ninguno de los feligreses necesitaba quedarse a dormir y la otra gran fuente de devotos eran los peregrinos que bajaban andando de la sierra que no podían pagarse un hotel y dormían al raso entre los cañaverales envueltos en sus ponchos. Pero el hotel se llenó. Sus huéspedes eran más bien inquilinas jóvenes y atractivas. Se las veía en bikini a partir de medio día tomando el sol en la pequeña piscina que habían construído en la parte de atrás del edificio. Al caer la tarde encendían las luces de colores y empezaban a recibir a los clientes que llegaban de Lima.

                En esos días la animación era permanente porque durante el día en el santuario había un piadoso pero bullicioso ajetreo y durante la noche el hotel se llenaba de música y de gente. Esta situación produjo una competencia entre la enigmática Alba y la activa Lisette para ver quien recaudaba más caja. Nunca vi que se hablaran, ni que se vieran, probablemente se evitaban, creo que alimentaban una mutua antipatía instintiva. El nexo de unión era mi padre que durante el día permanecía en el santuario y por la noche se trasladaba al burdel para supervisar el negocio.

                Lisette inventó unos juegos y diversiones que atrajeron a más público al establecimiento. Uno de ellos era el "Conejo de la Suerte" que consistía en entregarles a los clientes un número con el ticket de entrada y cada hora se efectuaba un sorteo, el agraciado con el "Conejo de la Suerte" tenía derecho a acostarse gratis con la chica que eligiera.

                Ambos negocios florecieron durante varios años, la policía se acercaba de vez en cuando sospechando que se ocultaba una trama de drogas, pero nunca encontró nada porque mi padre en ese aspecto era inflexible, tenía muy claro que la droga podía ser su ruina y no permitía ni que se fumara marihuana, aunque Mateo tuviera plantadas unas cuantas matas detrás del huerto.

                Una tarde, cuando muchos peregrinos llenaban el santuario y otros aguardaban en la explanada frontal, escuché el característico ruido subterráneo que precede a los terremotos. Me asomé a una de las ventanas y vi que empezaban a rodar piedras del cerro en pequeñas avalanchas. La enorme roca que se mantenía en equilibrio en la ladera vibraba como nunca lo había hecho, de pronto empezó a desprenderse como si alguien le hiciera palanca desde atrás. Rodó al principio lentamente cogiendo viada a medida que caía para llegar abajo como un meteorito. La gente intentó escapar despavorida cuando vio lo que se le venía encima pero la roca atravesó el jardín y la explanada aplastando todo lo que se encontraba a su paso y no se detuvo hasta llegar al río. Murieron centenares de personas, familias enteras quedaron semi enterradas en el suelo. La tierra se empapó de sangre.

                Las chicas del hotel que habían abandonado el edificio aterrorizadas presenciaron la tragedia del santuario y se acercaron corriendo a socorrer a las víctimas. Durante el tiempo que tardaron en llegar las ambulancias se encargaron de suministrarles los primeros auxilios mínimos, darles agua, o hacerles torniquetes en los miembros fracturados. Entre todas me llamó la atención una chica de piel muy blanca y ojos muy oscuros que con delicadeza vendaba y consolaba a los heridos. Sus compañeras la llamaban para que se ocupara de los casos más graves porque sabían que tenía un curso de enfermería y había trabajado un tiempo como auxiliar de quirófano. Me enteré que en el hotel se la conocía por Casandra.

                El santuario quedó intacto, sólo se notaba el rastro de la roca que había pasado por delante, la momia de la mujer de mi abuelo había ladeado un poco más la cabeza pero se mantenía entera. Fue el pretexto para atribuirle un nuevo milagro: Dios había querido salvar el santuario de la santa fumadora. Al poco tiempo se reanudaron las peregrinaciones, con más fervor aún si cabe, y al hotel volvieron los clientes como si no hubiera ocurrido nada.

                Mi padre estuvo unos días preso hasta que se aclaró que la tragedia había sido totalmente fortuita. Desde su salida de la cárcel se le veía cabizbajo y preocupado hasta que un día tomó la decisión de marcharse. Dejó los negocios en manos de Alba y Lisette y desapareció. Meses después recibimos la postal desde una ciudad desconocida donde nos anunciaba su próxima muerte, probablemente le habían dado un diagnóstico sin muchas esperanzas de lo que él creía que era una úlcera.

                En los días siguientes estuve frecuentando el hotel y conocí a Casandra. Nos entendíamos bien y había una ternura por su parte que me conmovía. Cuando desde el torreón veía las luces del hotel me resultaba insoportable pensar que pudiera estar en esos momentos satisfaciendo sexualmente a un cliente, aunque ella me dijera que no sentía nada, que ni siquiera les veía la cara, para que yo pensara que eran como personajes de Moravia o de Pavese, carentes de deseos. Pero de forma masoquista yo no podía dejar de torturarme imaginando sus escabrosas relaciones hasta que veía apagarse los carteles a las cuatro de la madrugada.

                Soporté la situación durante poco tiempo porque un día me presenté en su habitación y le dije que nos fuéramos juntos. Yo creía quererla y creía que ella me quería. A veces la vida nos presenta su lado más simple, es como imaginarnos a la primera mujer cuando un hombre primitivo le dijera que tenía los cabellos como la noche y los ojos como dos lagos oscuros y que su voz era como la brisa del amanecer. Palabras e imágenes que mantienen todo su poder porque aún no se han convertido en lugares comunes, y contienen todo el amor y la poesía que podemos sentir.

                Casandra me miró con sus ojos más oscuros que nunca y me mostró un bebé de meses al que cuidaba a escondidas en su habitación, era uno de los huérfanos de la tragedia del santuario que ella había recogido. "Nos lo llevamos también", le dije y ella aceptó con una sonrisa. Casandra era extranjera pero no supe su nacionalidad hasta mucho tiempo después.

                De esa manera empezamos nuestra huída. Salimos del Perú por Bolivia. Viajamos en toda clase de transportes llevando siempre clandestinamente al bebé, en Santa Cruz logramos ponerlo a nuestro nombre en una documentación falsa que nos habíamos agenciado en Lima y ella quiso que lo llamáramos János. Luego fuimos hacia Oriente, estuvimos en Singapur, Estambul, Alejandría, Atenas, Budapest, Bruselas, Londres... sólo recuerdo que pasamos media vida luchando por sobrevivir en distintas partes del mundo, hasta que en Londres Casandra se encontró con un húngaro de nombre János y me dijo que quería volver a Budapest porque allí tenía a su familia. En esa época nuestro hijo János ya era mayor de edad y en principio acompañó a su madre pero luego me enteré que él había vuelto al Perú y que Casandra se había quedado en Hungría con el hombre que encontramos en Londres.

                Hoy me encuentro podando los rosales con manos temblorosas como veía hacerlo a mi abuelo. Volví sesenta años después de haber huído. Encontré la casa cerrada y abandonada. A la muerte de Alba el santuario dejó de ser visitado, su hijo Garamante que vivía en el pueblo había guardado las llaves y me las entregó. Lisette vendió el hotel y partió a Francia. La finca había vuelto a adquirir la atmósfera que tenía cuando yo venía a veranear de niño, de noche seguían siseando las serpientes en el jardín. El nieto que me acompaña ahora es el hijo de János, que ha querido venir a pasar los veranos conmigo. Lo he instalado en el torreón y me parece que se siente feliz.

                Como ya habrá advertido el lector yo soy el único personaje de este relato. Repaso todas las fotografías que no me hice, es el álbum del tiempo que sólo existe en la memoria. Mi soledad es retórica, por tanto muy triste. Además, estoy muerto, perdí la vida en el terremoto, bajo la roca que aplastó la finca, como usted también ya se lo habrá figurado. Casandra no pudo curar mis heridas.



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PAGINA ACTUALIZADA EL 1/11/2006