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El sofá amarillo

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

                En el Perú, que es un país de soñadores, existe el vicio de dormir en los transportes públicos. Ver un autobús con todos sus pasajeros dormidos es como si pasara una nave de sonámbulos, pero no, son hombres y mujeres que van o vuelven del trabajo, excepto el chófer, que finge poses de Caronte. También se duermen de pié mientras esperan o sentados en los bares con la cabeza metida en un periódico.

                La primera vez que vi a una persona aquejada de este mal, o bien, según se mire, fue a mi tía Constancita, la casada más joven de mis tías. Al terminar los almuerzos familiares de los domingos en casa de mis abuelos se arrellanaba en un extremo del sofá amarillo y se quedaba lívida como una virgen de nieve, mientras a su alrededor continuaban bullendo las conversaciones de sobremesa.

                Más tarde he visto a gente dormida en estaciones, aeropuertos y consultas de médicos, hasta he visto a una muchedumbre que había sido congregada para una manifestación en el Campo de Marte quedarse dormida sobre el césped esperando al líder-orador que no se presentó. Pero no recuerdo haber visto a nadie dormido con la belleza y serenidad que se desprendía de mi tía Constancita en la casa de mis abuelos.

                Mi curiosidad, lanzada desde debajo de la mesa de la radio como un dardo invisible hacia sus párpados cerrados detrás de sus rodillas, era siempre la misma: ¿en qué sueña mi tía Constancita?

                Para mi asombro, un día sus sueños se materializaron ante mi vista. Apareció andando al borde del mar vestida con largos tules sueltos al viento. A juzgar por la arquitectura de las casas y hoteles que daban al paseo marítimo se podría pensar que estaba en un balneario europeo, en invierno. Ella se reía moviendo las manos como si quisiera echarse aire a la cara y le hacía gestos a alguien para que se acercara. Entonces apareció un hombre del que yo no podía distinguir su rostro, tal vez porque estaba a contra luz y el brillante resplandor del horizonte me deslumbraba. Comprobé que las puestas de sol también me producían melancolía en sueños. Todo acabó cuando mi tía se despertó sobresaltada, miró a todos, me sonrió como si me viera y se volvió a dormir. Yo me quedé perplejo.

                Al domingo siguiente casi no pude terminar de tragar el pan del desayuno, había pasado toda la semana esperando ese momento, ni siquiera me importó que mi madre se empeñara en ponerme esa camiseta de marinero que me quedaba tan ridícula. En la casa de mis abuelos me escabullí de la cocina donde almorzábamos juntos todos los primos y sacrificando el postre me fui anticipadamente a mi habitual escondite de la sala. Era una mesa redonda de tres patas, soportaba un aparato de radio voluminoso que mi abuelo sólo encendía para escuchar las noticias. Al lado había un negrito de madera de tamaño natural que con una mano ofrecía cigarrillos y con la otra sostenía un cenicero como un botones de hotel, de manera que yo podía sentarme sobre sus zapatos de charol. Cubría la mesa un paño con encajes que me permitía observar lo que sucedía en la sala sin ser yo visto. El corazón me daba brincos en el pecho mientras las cosas sucedían tal como las había planeado: al salir del comedor mis tíos, como de costumbre, se fueron sentando en los sillones en animada conversación mientras mi tía se arrellanaba otra vez en el extremo del sofá amarillo y cerraba dulcemente los ojos.

                Apareció en la misma playa, era ya verano, llevaba un ceñido bañador rojo, estaba echada boca abajo sobre la arena, el trasero un poco levantado como si tuviera apoyado el pubis en un pequeño montículo, jugaba a alisar la arena con los codos. Como una figura simétrica se encontraba el mismo hombre de la última vez, echado cabeza con cabeza, hablando sin mirarse. A la orilla del mar jugaba un niño con una pelota. Mi tía se despertó en el instante que yo estaba a punto de reconocer al hombre y se volatilizó la escena. Me quedé quieto debajo de la mesa hasta que encontré la oportunidad de salir aprovechando que se pusieron de pie todos mis tíos para despedir a uno de ellos.

                Esperé con ansiedad que llegara el domingo siguiente. Nuevamente desde mi escondite observé el final del almuerzo de los hermanos de mi madre, algunos salían del comedor con la tacita de café en la mano y se acercaban a coger un cigarrillo del negrito. Mi tía Constancita se dirigió directamente al sofá amarillo cruzando por la alfombra de alpaca y en breves segundos se quedó dormida al mismo tiempo que yo empezaba a divisar la playa de las semanas anteriores. La vi esta vez de espaldas, estaba sola, sentada frente al mar, con un vestido amplio de colores. Por las tonalidades de grises de las nubes se adivinaba que era otoño. El niño que jugaba a la orilla llevaba una camiseta de marinero igual a la mía. Yo no podía ver la expresión que ella tenía pero estaba seguro que estaba alegre y lo llamaba. El niño se acercó corriendo, cada vez estaba más cerca, más cerca, hasta que lo sentí encima: y descubrí que era yo mismo. Mi tía en ese momento dio un respingo en el sofá y me buscó con la mirada debajo de la mesa, cuando nuestros ojos se encontraron a través de los encajes me sonrió divertida.

                A partir de ese domingo, mi tía Constancita, me hacía sitio a su lado en el sofá amarillo y soñábamos juntos mientras su marido contaba animadamente chistes al resto de mis tíos.



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PAGINA ACTUALIZADA EL 22/2/2008