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Narraciones cortas de la América colonial
Edición de Fco. Javier Cevallos
Publicaciones del Colegio de España
Salamanca, 1991.

LOS AMANTES DE SAUA SIRAY
(En que se pone una ficción y suceso de un pastor Acoitapia con Chuquillanto hija del Sol)

Martín de Murúa                
(Guipúzcoa, 1525? - 1618?)                

                En esta cordillera y sierra nevada, que está encima del valle de Yucay (cuatro leguas del Cuzco, famoso por sus muchas huertas y recreaciones llamada Saua Siray) guardaba el ganado blanco del sacrificio, que los Ingas ofrecían al Sol, un indio, natural de Lares, llamado Acoitapia, el cual mozo, dispuesto y de gallardo entendimiento, andaba tras su ganado todo el día, y cuando el ganado descansaba, también el pastor lo hacía tocando una flauta suave y dulcemente, en que era muy diestro, no sintiendo cosa que le diese pena, ni que le alterase su contento con disgustos ni pesares, de cuidados propios ni ajenos.

                Sucedió un día, cuando con más descuido estaba tocando la flauta, y recreándose con los acentos de ella, una cosa que de todo punto le metió en hartos cuidados, y fue que a él llegaron las dos hijas del Sol, que en toda la sierra tenían lugares donde acogerse y guardas en todos los contornos. Podían estas hijas del Sol espaciarse por toda la sierra y regocijarse en los prados y fuentes de ella, pero en llegando la noche se recogían en su casa, en cuya entrada las guardas y porteros las miraban, y cataban si llevaban alguna cosa que dañar las pudiese. Llegaron súbitamente adonde el pastor cantaba, preguntándoles por el ganado y el pasto dónde lo traía. Como llegaron de repente al pastor, y él nunca les había visto, quedó admirado de tan rara belleza y hermosura, como eran dotadas las dos ñustas, y turbado se hincó de rodillas delante de ellas, entendiendo que no eran cosa humana. Ellas, conociendo en su semblante lo que en su pecho tenía, le dijeron que no temiese, que ellas eran las hijas del Sol, tan celebradas en toda aquella sierra y, por más asegurarle, le tomaron del brazo haciéndole que se sentase y preguntándole otra vez por su ganado. El venturoso pastor, alentado por la afabilidad de las ñustas, se levantó, besándoles las manos, y de nuevo admirándose de la hermosura y donaire de ellas y, a lo que le preguntaron, respondió con unas razones tan poco compuestas, causado del espanto y novedad, que ellas también se espantaron de ello. Y la mayor, llamada Chuquillanto, que de la gracia y disposición de Acoitapia se había pagado, y aún aficionado extrañamente, por entretenerse le hizo diversas preguntas, cómo era su nombre, de dónde era natural y quién eran sus parientes. A todo satisfizo el pastor, algo más asegurado. Estando en estas razones, puso Chuquillanto los ojos en un tirado de plata que el pastor tenía encima de la frente, llamado entre los indios canipu, el cual resplandecía y hacía unos visos graciosos, y vio en el pie dos aradores muy sutiles y, mirándolos de más cerca, vio que los aradores estaban comiendo un corazón. Agradada de ello le preguntó Chuquillanto que cómo se llamaba aquel tirado de plata. Acoitapia le respondió que se llamaba Utussi, el cual vocablo hasta ahora no se ha podido alcanzar su verdadera significación, y es de notar que lo que comúnmente llaman canipu el dijese se nombraba Utussi.

                La ñusta, habiéndolo visto muy despacio, se lo volvió y aún con él su corazón, y se despidió del pastor, llevando muy en la memoria el nombre del plumaje y el de los aradores. Iba pensando cuán delicadamente estaban dibujados y al parecer vivos, comiendo el corazón y aún a ella se lo roían y consumían. Y en todo el discurso del camino no trató otra cosa con su hermana sino de la gentileza y talle del pastor, y la mucha gracia con que tocaba su flauta y de sus razones, hasta que llegaron a sus palacios y morada, donde las ñustas hijas del Sol tenían su habitación.

                A la entrada, los porteros y guardas las cataron y miraron con diligencia si llevaban alguna cosa consigo, porque refieren que, algunas veces, sucedió a algunas ñustas, de aquellas llevar a su galanes metidos en los chumpis, que acá llamamos fajas, y otras en las cuentas de las gargantillas que se ponían en las gargantas, y recelosos de esto los porteros las miraban con mucho cuidado. Entradas en los palacios hallaron las mujeres del Sol que las aguardaban para cenar, teniendo guisadas muchas diferencias de comidas, que ellas usaban en ollas de fino oro.

                Chuquillanto, con el desasosiego que en su corazón llevaba, no quiso cenar con su hermana y las demás, sino luego se metió en su aposento, diciendo que venía molida y cansada de andar por la sierra, y a la verdad la memoria del pastor la molía y fatigaba más que el cansancio, que de muy buena gana tornara a salir luego y andar por la sierra, a trueque de gozar de su vista. Las más cenaron y Chuquillanto, retirada en su aposento, un tan solo punto no podía sosegar, que el corazón ardía en vivas llamas, y con la soledad las aumentaba y crecían a más andar, y ya deseaba el día, y la noche le parecía larga y penosa. Luchando con el nuevo amor, y con la fuerza que en su pecho hacía por desecharlo al principio, se quedó dormida con algunas lágrimas que bañaban su rostro.

                Había en esta morada, dedicada a solas las hijas y mujeres del Sol, palacios grandes y suntuosos, y en ellos infinitos aposentos ricamente labrados, y en ellos vivían las mujeres e hijas del Sol dichas, traídas de las cuatro provincias sujetas al Inca, y en que dividió su extendido reino, llamadas Chichay Suyo, Conti Suyo, y Colla Suyo y Ante Suyo. Y para estas cuatro diferencias de mujeres había cuatro fuentes de agua clara y cristalina, que salían y traían su curso de las cuatro partes dichas, y en esa fuente se bañaban las naturales de la parte donde corría (...).

                La hermosa Chuquillanto, metida en un profundo sueño, parecíale que veía un ruiseñor volar y mudarse de un árbol en otro, cantando suavemente, y con su dulce armonía la entretenía y, después de haber cantado, se le vino a poner en sus faldas, y la empezó a hablar, diciéndole qué era la causa porque estaba triste y a ratos suspirando, que no tuviese pena ni imaginase en cosa que se la pudiese causar; y la ñusta le respondía que sin duda presto acabaría su vida, si no le daba remedio a su mal, y el ruiseñor le respondió que él se le daría muy conforme a su gusto, que le dijese la ocasión de su tristeza, a lo cual Chuquillanto, brevemente, le decía el mucho amor que había cobrado al pastor Acoitapia, guarda del ganado blanco de su padre el Sol, y que presto vería su muerte si no le veía y, por otra parte, si fuese sentido de las mujeres del Sol, su padre, la mandaría matar su padre. Entonces el ruiseñor le dijo que no le causase aflicción aquello, que se levantase y pusiese en medio de las cuatro fuentes y allí cantase lo que más en memoria tenía, y que si las cuatro fuentes concordasen en el canto, respondiéndole lo mismo que ella cantase, que seguramente pudiese hacer lo que quisiese. Y diciendo esto, el ruiseñor se fue y la ñusta, despavorida, despertó espantada del sueño y, a grandísima prisa, se comenzó a vestir y, como toda la gente de la casa estuviese en profundo sueño sepultada, tuvo lugar, sin ser sentida, de levantarse, y fuese y púsose en medio de las cuatro fuentes y empezó a cantar, acordándose de los aradores y tirado de plata en el cual estaban comiendo el corazón, que dijimos, y decía suavemente: micuc, usutu, cuyuc, utussi cusin, que significa: arador que estás comiendo el utussi que se menea dichoso es, y luego comenzaron las cuatro fuentes, unas y otras, a decirse lo mismo a gran prisa, respondiendo a la ninfa con mucha conformidad y resonancia, de que la ñusta quedó contentísima, pareciéndole que no había más que desear, pues todo correspondía a su deseo y las fuentes se le mostraban favorables. Así se volvió a su aposento lo poco que de la noche quedaba, deseando la luz del día por ver a su querido pastor Acoitapia.

                Después de partidas las dos ñustas para su casa, quedó el pastor Acoitapia con su ganado y, habiéndolo recogido, se metió en su cabaña, triste y pensativo, acordándose de la hermosura de la bella ñusta, y de su traje y bizarría, y ocupado su corazón con el nuevo cuidado, y aún con la desesperación, que el acordarse y considerar quién ella era, y la dificultad que en su amor podía tener le causaba, porque las semejantes hijas del Sol eran respetadas, y miradas, de todos los pastores con mucha veneración,, y ninguno se atrevía a poner en ellas los ojos por miedo del gran castigo que en los tales se ejecutaba (...).

                Tenía este Acoitapia en los lares donde era su naturaleza, la madre que le parió, que sin duda debía de ser de aquellas que los indios respetaban entre sí con nombre de adivinas. Esta supo la aflicción y trabajo en que estaba su único hijo y que, sin duda ninguna, la vida se le acabaría muy presto si el remedio no le venía.Y alcanzada la causa de su mal por el demonio, tomó un bordón muy galano y pintado que ella tenía en gran virtud para tales sucesos, y sin detenerse tomó el camino por la sierra, ayudada del que le hizo sabedora de la pena de su hijo y, antes que el sol saliese, estaba ya en la cabaña de su hijo. Entró en ella y viole amortecido y muy cerca de muerto, todo bañado en lágrimas; despertóle con dificultad e hízole volver en sí.

                Cuando Acoitapia vio y conoció a su madre fue admirado, no sabiendo cómo tan presto alli fuese venida; la madre, que sabía su mal, le empezó a consolar, diciéndole que se aliviase, que ella daría presto remedio a su tristeza y medicina a su mal, que se alentase y, con esto, salió de la cabaña y, de junto a unas peñas, cogió cantidad de ortigas, comida según dicen los indios apropiada para la tristeza y alegrar el corazón, y dellas hizo un guisado a su modo.

                Aún no había acabado cuando las dos hermanas, hijas del Sol, estaban a la puerta de la chozuela de Acoitapia. Porque Chuquillanto, al amanecer, se vistió y con su hermana, en achaque de pasearse por los verdes prados de la sierra, se salió de la casa y enderezó adonde estaba su nuevo amor; porque su corazón a otra parte no le guiaba y, algo fatigadas del camino, se sentaron junto a la puerta y, como viesen dentro a la vieja, le hablaron pidiéndole si tenía algo que darles a comer, que venían hambrientas. La vieja, hincada de rodillas, les dijo que no tenía otra cosa que darles, sino aquel guisado de ortigas, el cual ellas recibieron con mucha voluntad y, con no menos gusto, empezaron a comer. Chuquillanto revolvía los ojos por la cabaña, por si veía con ellos a su querido Acoitapia, pero, al tiempo que ella y su hermana llegaron, se había ocultado, por orden de su madre, dentro del bordón que había traído. Y como Chuquillanto no le viese, preguntó por él; la vieja le respondió que era ido con el ganado y Chuquillanto, aficionada a la hermosa labor del bordón, le tornó a preguntar que cúyo era aquel tan lindo bordón, y de dónde lo había traído; la vieja le respondió que antiguamente había sido una de las mujeres queridas del Pacha Camac, huaca celebradísima de los llanos, junto a la Ciudad de los Reyes y cuatro leguas de ella, y que por herencia le venía a ella. Chuquillanto enamorada del bordón con mucha prestancia se lo pidió, y la vieja, aunque al principio, por dárselo más a desear, se lo negaba, al fin se lo concedió. Tomólo Chuquillanto en sus manos, pareciéndole mucho mejor que antes y, habiendo estado un rato con la vieja, como el deseo de ver a Acoitapia le instigase se despidió de ella y se fue por los prados revolviendo sus inquietos y hermosos ojos de una parte a otra, por ver si le vería.

                Todo el día gastaron las dos hermanas de unos lugares a otros, no parando, con deseo Chuquillanto de gozar de la vista y conversación del pastor, que su hermana bien ignorante de ello estaba, y como el sol se fuese inclinando y alargando sus sombras, cansadas dieron la vuelta hacia los palacios, con sumo dolor de Chuquillanto en no haber alcanzado a ver al que consigo llevaba, metido en el bordón. Y llegado a las puertas las guardas las miraron con diligencia, como todas las veces lo hacían, y como sólo viesen, de nuevo, el bordón que claramente traían, cerraron sus puertas y ellas entraron en sus aposentos, sin querer Chuquillanto asistir a la cena con su hermana y las demás hijas y mujeres del Sol, que el fuego que traía en su pecho no la dejaba comunicar con nadie, sino a solas quería que ardiese, para que más se acrecentase, y puesto el bordón junto a su cama se acostó y, pareciéndole que estaba sola, comenzó a llorar y a suspirar a ratos por el pastor, hasta que, cerca de la medianoche, se quedó dormida.

                En esto Acoitapia salió del bordón donde estaba oculto y, hincado de rodillas delante de la cama de su ñusta, la llamaba con una voz mansa por su nombre. Ella despertó despavorida y, con grandísimo espanto, se levantó de su cama y vio junto a ella a su querido pastor vertiendo lágrimas. Ella que lo vio, turbada de tal acontecimiento se abrazó a él preguntándole cómo había entrado allí dentro, estando los palacios cerrados, él le respondió que en el bordón que su madre le había dado había venido, sin que nadie lo sintiese. Entonces Chuquillanto le cobijó con las mantas de lipi labradas, que en su cama tenía, y de cumbi finísimas, y durmieron juntos los dos amantes y cuando sintieron que quería amanecer, Acoitapia se metió en el bordón, viéndole su ñusta.

                Después que el sol había bañado toda la sierra, Chuquillanto, por gozar a solas y sin estorbo de la conversación de Acoitapia, tomó su bordón, y dejando a su hermana en los palacios, se salió de ellos y se fue por los prados, con su bordón en la mano y, llegando a una quebrada oculta, se sentó con su querido pastor, que ya del bordón había salido a platicar. Pero sucedió que una de las guardas, notando que había salido Chuquillanto sola, cosa que nunca hacía, la siguió y, al fin, aunque en lugar escondido, la halló con Acoitapia en su regazo, y como tal viese empezó a dar grandes voces. Acoitapia y Chuquillanto, que se vieron descubiertos, temerosos que si los cogiesen les darían la muerte, pues su delito no se podía ya encubrir, se levantaron y se encaminaron huyendo hacia la sierra que está junto del pueblo de Calca y, cansados de caminar, se sentaron encima de una peña, pensando estar ya salvos y seguros, y allí se quedaron con el cansancio adormecidos y, como entre sueños oyesen gran ruido, se levantaron tomando ella una ojota en la mano, que la otra traía calzada en el pie, y queriendo otra vez huir, mirando a la parte del pueblo de Calca, el uno y el otro fueron convertidos en piedras. Y el día de hoy se parecen las dos estatuas desde Guaillabamba y desde Calca y de otras muchas partes, y yo lo he visto muchas veces. Llámase esta tierra Pitu Sira, y este fue el fin de los amores de los dos amantes Acoitapia y Chuquillanto, los cuales los indios celebran y refieren, como cosa sucedida en tiempos antiguos, con otras fábulas que también cuentan.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 3/3/2008