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La luz cinérea

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

                Soy un hombre solitario y melancólico desde hace años, desde mucho antes de que ocurriera la tragedia de Cucupitá. Ni siquiera ahora, al final de mi vida, he podido averiguar el origen de mi depresión crónica, de mi tristeza biológica. La siento como la pulpa de un mango que se resistiera a pudrirse en mi interior. Sin embargo, cuando estoy contento soy capaz de reírme y hasta diría que me gusta mi propia pesadumbre y que me divierte descubrir la estupidez que me rodea, lo que me demuestra que además de cínico soy bastante vanidoso.

                En el plano físico tampoco soy muy agraciado: bajo de estatura y torpón de maneras. Además padezco raros dolores que disimulo y soporto sin gran esfuerzo. Cuando me emociono siento que me arden los huesos, como si me apagaran cigarrillos en el extremo de las costillas flotantes; el contraste térmico me produce un placer gélido y agudo. Mi médico no sabe darme una explicación para estos fenómenos. Estoy convencido de que la medicina está dejando de ser científica para convertirse en una técnica reparadora. Se desconoce el origen de casi todas las enfermedades, por lo menos de las mías, y la mayoría terminan curándose solas. Por eso no he vuelto al médico. Si tuviera a alguien a quien contarle las nuevas miserias que han surgido en mi organismo seguro que me respondería que soy muy raro y tendría razón. Debí casarme para poder compartir estas tribulaciones existenciales, lo pienso siempre, pero soy consciente de que sólo hubiera podido vivir junto a una mujer que me amara con un amor legendario, de película americana a lo Clark Gable, cualquier otra relación sentimental ordinaria me habría resultado insoportable.

                Me considero una persona medianamente culta. Sé idiomas. De niño aprendí a leer pronto en castellano y en las clases de lectura de primero de primaria me ponían a releer cuentos a mis compañeros, ellos se divertían y yo me aburría porque ya me los sabía. Me interesé entonces por las palabras en otras lenguas. Muy joven aprendí inglés y alemán y por ese motivo, años después, cuando se murió el anciano encargado de la oficina de Telégrafos me eligieron a mí para sustituirle. Quince años estuve telegrafiando comunicaciones disparatadas: "He llegado bien - stop - te quiero - stop". Yo me quedaba estupefacto transcribiendo este tipo de mensajes ¿cómo se puede expresar el amor con un simple "te quiero"? ¿a quién querrían con ese amor telegráfico estos insensatos? ¿Y cómo podían decir que habían llegado bien?

                A Cucupitá nadie arribaba sin pasar por mil calamidades, la estrecha carretera que cruzaba la cordillera sorteando precipicios estaba llena de baches y frecuentemente los camiones cargados de pasajeros terminaban en el fondo de los acantilados. El tren consistía en unos desvencijados vagones arrastrados por una vieja locomotora Baldwin a vapor que a veces se negaba en pleno desierto del Alquenar a continuar con su pujante traqueteo y los viajeros huían despavoridos de los ardientes hierros para guarecerse del sol en improvisados chamizos hasta que venían a buscarlos con mulas y otras bestias de carga. En pleno siglo XX Cucupitá se mantenía como un agujero calcinado y desconocido en la orografía patria.

                El resto de telegramas que yo tramitaba tenían la formalidad neutra de los negocios, hablaban de fletes, cargas, licencias... de los barcos extranjeros fondeados en la bahía. Cuando las navieras privadas empezaron a adquirir sus propios aparatos de fax se cerró la oficina por falta de actividad y yo pasé a Aduanas: estuve veinticinco años más detrás de un sucio escritorio de la administración portuaria.

                Los despachos municipales de Aduanas emanaban un olor ácido, a rata marina, a detritus llegados desde mares calientes. Por la parte de atrás se abrían unos ventanales que daban a la playa donde en otro tiempo hubo galápagos, aún se podían ver sus gigantescos caparazones vacíos varados en la arena y los niños jugaban a esconderse dentro y a chillar. Los ventanales habían sido clausurados con postigos de madera de grandes dimensiones porque se suponía que mirar los paisajes por las ventanas y a los niños jugando era cuestión de afeminados, sobre todo en horario laboral. La luz amarilla de las tenues bombillas y el aire pegajoso de las dependencias poco ventiladas era el más idóneo para redactar los documentos, multas y las notificaciones de apremio a los comerciantes nacionales y extranjeros que utilizaban el puerto para importar y exportar sus mercaderías. Cucupitá no es precisamente un puerto con tráfico intenso debido a la proximidad de Cocoña que se beneficia de una situación bastante más estratégica, pero nunca faltan dos o tres barcos cargando o descargando en sus muelles.

                Mi vida era apacible. Jamás salí de esta pequeña urbe perdida en un desierto de cal y arena en la falda de la cordillera, sin embargo siempre he sentido la sensación de estar viajando. Mi universo comprendía desde mi casa hasta las oficinas portuarias, a veces me acercaba a los muelles para arreglar algún problema relacionado con la estiba, me tomaba una cerveza en el bar de "El culebrero" y con cierta frecuencia iba al cine que montaban por las noches en el patio trasero de las oficinas de Aduanas. Solían proyectar películas de la época dorada de Hollywood, eran copias antiguas en blanco y negro que el tiempo había vuelto temblorosas y traslúcidas dejando que los espectadores adivináramos secuencias completas.

                El cine era la única posibilidad de soñar que teníamos en Cucupitá. Nos sentábamos en las sillas que sacábamos de las oficinas ante el improvisado telón. Durante la función el viento mecía suavemente la tela blanca colgada entre los postes del malecón y se tenía la ilusión óptica de que las figuras se desprendieran de la luz y continuaran andando por la arena con vida propia. Algunas veces programaban películas españolas o argentinas. El día que se proyectó Calabuch la vaquilla parecía correr entre los resplandores nocturnos a la orilla del mar. El efecto fue tan real que generó una sugestión colectiva y al terminar la película los vecinos del extremo opuesto de la bahía volvieron a sus casas cruzando la playa con precaución, orientando sus linternas hacia todos los ángulos, temerosos de encontrarse con el astado que aunque pequeño podía darles un susto.

                Mi trabajo me dejaba mucho tiempo para leer y escribir, compraba los libros por correo y llegué a acumular varios miles que ahora pienso donar a la municipalidad para que monten una biblioteca pública que falta hace. Me gustaba ir a leer al final del malecón Mauri desde donde se percibía el brillo de las vías del ferrocarril perfiladas como un delgado río de hierro que terminaba en la estación. Al pasar la vieja Baldwin por encima del último puente de madera se formaba una nebulosa de polvo blanco que se elevaba de la tierra mezclado con la columna de hollín de su chimenea; era inevitable cerrar el libro, los ojos y la mente, hasta que la máquina se detuviera en el andén.

                Treinta años habían pasado desde aquel día que al abrir los ojos después de la polvareda apareció en el último vagón del convoy una mujer aún joven vestida de negro, que momentos después supe que se llamaba Isadora. Me enamoré de ella a primera vista como de mi primer amor, pero ¡qué diferente era de aquella niña con los dientes negros y las axilas olorosas que me entusiasmó la primera vez en mi vida! Isadora era una mujer alta, fina, misteriosa. Se asomó a la ventana con discreta curiosidad y luego la vi bajarse con su pequeña maleta y su aire soñador. En aquellos momentos no podía imaginar que me traería tan hermoso regalo.

                "Se llama usted como Isadora Duncan", le dijo el alcalde al recibirla. Ella sonrió sin tenderle la mano. Su llegada coincidió con la de un barco de tripulación polaca que teóricamente había venido a cargar azúcar de caña, aunque más tarde descubrimos que además traía un cargamento clandestino que desencadenaría la tragedia.

                Isadora, hija de padres exiliados, nacida y educada en Francia, volteriana, libre pensadora, perteneció al grupo del filósofo Luzacks con el que convivió posteriormente en Nueva York. Durante sus años de vida en común comprobó que estaba de acuerdo con el filósofo pero no con el hombre. Luzacks era egoísta, engreído, maniático, obsesivo, sólo se amaba a sí mismo. "Era un tipejo", me dijo un día sin darle mucha importancia.

                La nueva maestra tomó posesión de la escuela como lo habría hecho Gabriela Mistral en la Patagonia chilena, al menos así me lo imaginé yo, y nunca llegó a tener más de quince alumnos de distintas edades. Su labor consistía principalmente en conseguir que los niños no se convirtieran en futuros cretinos.

                ¿Se puede amar a una mujer hasta llegar uno a despersonalizarse? No es que a mí me importe mucho mi personalidad, todo lo contrario, no me gusta la gente que se esfuerza en mantener una identidad definida, creo que se pierden todo el resto de posibilidades del ser. Un bombero o un general del ejército necesitan tener personalidad, por lo menos mientras realizan su trabajo, pero yo soy un simple empleado de oficina y como el resto de mortales me puedo permitir el lujo de ser en cada momento lo que quiera sin preocuparme de mantener una personalidad determinada. Es una actitud que me alegró ver refrendada en algunos escritos de Sartre: la libertad es la posibilidad de escoger, pero el absurdo consiste en que en el momento de ejercitarla se pierde. Por otro lado, la literatura nos da la posibilidad de vivir vidas ajenas, leer o escribir es multiplicarse, aunque la propia vida no sea canjeable. Jamás he hecho nada para adquirir una "forma de ser" especial ni para "enriquecer" mi temperamento y me espanta imitar a nadie por genial que lo encuentre. En algún momento de mi vida, no sé cuándo, me propuse mantenerme fiel a mi paradójica personalidad cambiante, sin embargo ahora, cuando recuerdo a Isadora, siento que me extingo, que me diluyo en la nada, que me haría falta al menos ser general o bombero para reconstruírme. Lo peor es que obtengo cierto placer exacerbando mi aniquilación emocional, como cuando me arden las costillas flotantes.

                Una leyenda local habla de un hombre que se transformó en medusa a fuerza de querer vivir dentro de su amada, de querer adivinar sus pensamientos, sus alegrías, sus tentaciones, de ser parte de sus humores. Se convirtió en medusa que aquí llaman "malagua" con sabio resquemor. Es una historia fantástica que de tanto pensarla he terminado por creérmela. Me produjo un gran alivio enterarme de que aquel amante sufrió una segunda transformación al ser despechado: su piel gelatinosa se fue endureciendo a medida que se olvidaba de su amada hasta terminar convertido en la roca más alta del único monte del pueblo. Los jóvenes suben a coger trozos que utilizan como filtros de amor. La parten y extraen su médula de cuarzo en forma de gajos de mandarina que perforados sirven para hacer lindos collares.

                También he de reconocer que soy poco sociable. Garamante me amonestaba con frecuencia. Me lo encontraba casi a diario en el bar de "El culebrero" y después de cruzar algunas frases con él como si intercambiáramos droga nos dedicábamos a beber cerveza en silencio. Su pinta estrafalaria le daba aspecto de goliardo subversivo, además hablaba solo, recitaba entre dientes sus cántigas personales. Él tampoco creía en la amistad, por eso nos llevábamos bien. No se le conocía domicilio alguno, se decía que dormía al timón de su barca de boliches. Él sostenía que un hombre sólo debe acostarse para hacer el amor o para morir. "Y también leo de pie, como leen los hombres su propia condena", decía, pero mentía, ambas aseveraciones eran falsas porque muchas veces lo encontré echado sobre las sogas de su barca leyendo los libros que yo le prestaba. Garamante habría sido el comensal ideal para una cena con Kaspar Hauser, Friedrich Hölderlin y Robert Walser. Llevaba el alma exageradamente despeinada y los pantalones amarrados con una cuerda. "Tengo el pecho cuarteado de tantos vinos y de tantos vientos", decía para ocultar las decepciones que había ido acumulando durante su vida. Bebía mucho. "Bebo para matar mis microbios y sobrevivirlos". Embriagado, tenía la extraña virtud de adivinar mis pensamientos: "Si te suicidas búscate una pistola de grueso calibre porque tienes los sesos muy duros", me gritó en cierta ocasión a voz en cuello. Y me hizo caer en la cuenta que inconcientemente yo consideraba en esa época la posibilidad de quitarme la vida.

                Por otra parte, don Teófilo era el único don del pueblo, aunque anarquista. En su cueva del cerro, gozaba del respeto de los vecinos y de la desconfianza de las autoridades. Había participado en casi todas las revueltas contra los distintos dictadores que habían gobernado este país durante el último siglo. Nadie conocía su edad, él sólo reconocía la mitad de sus años porque la otra mitad la había pasado en la cárcel.

                Nada era igual en Cucupitá desde la llegada de Isadora. Los celajes azules de las pinturas de Sorolla inundaron los aburridos cielos del pueblo. El mar perdió su violencia grisácea y a ciertas horas tomaba mansas tonalidades lilas, aparentaba ser menos salitroso y dejaba ver sus transparencias vegetales que hasta entonces habían pasado inadvertidas. Los cucupiteños salían al malecón a comentar el extraño fenómeno, ellos mismos estaban sufriendo una transformación, aparentaban estar más aseados, más civilizados. Hasta Garamante se estaba convirtiendo en un personaje de las novelas de Jorge Amado. Era evidente que yo empezaba a verlo todo a través de los ojos de Isadora. Ella fue la que me hizo notar que desde Cucupitá se distinguía la luz cinérea de la luna. Nadie lo había notado hasta entonces. Las noches eran tan cerradas en Cucupitá que se podía distinguir la luna nueva como un disco de ceniza que irradiara una luz tenue y oscura. Isadora también me descubrió la luz cinérea de otros cuerpos opacos, versos escondidos en los poemas y en los sentimientos de las personas.

                La única vez que abracé a Isadora fue el día que desapareció Garamante, mejor dicho, ella me abrazó a mí y tuve la impresión de que su cuerpo contenía a todas las mujeres de la tierra, a todas las madres y a todas sus hijas.

                Los primeros días que el barco polaco estuvo atracado en el puerto se percibía muy poco movimiento en cubierta, destacaba un gigantón de gorra negra, con los brazos tatuados, que se acodaba fumando en la barandilla del puente como si con su mirada eslava quisiera retar a las famélicas grúas. A su llegada habían aparecido diez nuevas chicas en el caserón apartado de las últimas calles del pueblo. Era el indisimulado prostíbulo de Cucupitá.

                "¡El amor, el amor!" repetía burlón Garamante. Opinaba que mucho amor es como una carga de profundidad que te produce permanente inquietud, "eso no puede ser bueno" decía "puede estallarte lentamente en la barriga sin que te des cuenta". Por eso él no aspiraba más que a encontrar una mujer tranquila y fea con la que hacer el amor de forma apacible. Mientras tanto, acudía al burdel de la casona a acostarse siempre con la misma mujer, Crisalda, una prostituta que muchos años antes llegó al pueblo y luego pasó a regentar la casa. "Hay que ser fiel hasta con las putas", repetía. Las polacas recién llegadas no le causaron ninguna impresión. En el fondo Garamante era un romántico frustrado.

                De joven, al ver lo difícil que nos hacíamos la vida entre los propios cucupiteños, pensaba que éramos un pueblo de idiotas, pero cuando conocí a los extranjeros me di cuenta que el problema era internacional, planetario, desde Cucupitá se podía divisar la superficie de un planeta de idiotas que llegaban en barcos. Gente Intoxicada por pequeñas ruindades domésticas que no sabía ni andar por las calles. Todos esos extraños deslenguados se bajaban de los buques a mezclar su estupidez con nuestra cojudez, el resultado a veces era explosivo y originaba innumerables reyertas en el bar de "El culebrero".

                El día que el padre Atilano se enteró de la existencia de las polacas en el caserón puso el grito en el cielo. Toleraba a las rameras nacionales como un mal inevitable, pero que vinieran del extranjero le parecía una provocación inadmisible. Era un hombre recio, venido de Pamplona, que arrastraba la sotana como un pesado mandil de talabartero. Su coche olía a pan de excursión y a huevo duro. Un día un niño de la escuela le preguntó si en España había mujeres porque todos los españoles que conocía eran curas, el párroco le descargó una cachetada que casi lo deja sordo. Este episodio ocurrió antes de la llegada de Isadora, después no hubiera podido ser posible.

                El padre Atilano justificaba los abusos de la Iglesia diciendo que estaba compuesta de seres humanos, débiles e imperfectos como él. No se daba cuenta de que así justificaba hasta la ideología nazi. De esa manera se engañaba a sí mismo y engañaba a una feligresía desencantada de cualquier paraíso futuro debido a las innumerables desgracias presentes. Los habitantes de Cucupitá, aparte de la hambruna epidémica, habían soportado ya dos terremotos en carne propia y varios vendavales de tifus y malaria sobre sus hijos, sin embargo seguían asistiendo puntualmente a la misa de los domingos a escuchar los extravagantes sermones del cura Atilano. Las calles del pueblo nunca llegaron a reconstruirse después de tantas calamidades, permanecían desiertas y los niños seguían muriendo a ráfagas.

                Cucupitá se mantenía apartado del tardío progreso llegado al resto de los pueblos de la región. Ni siquiera soportó las consecuencias de los veraneantes hasta años recientes. Sus olas de más de cuatro metros y la fuerza de sus corrientes marinas disuadieron tradicionalmente a las familias capitalinas a venir a estas costas en verano. Las playas se mantuvieron vacías hasta que se popularizó el surf. Entonces empezaron a aparecer los primeros jóvenes pertrechados con trajes de neopreno y tablas hawaianas que cabalgaban las olas como rubios poseidones.

                El cura no le prestaba atención a esa juventud foránea que empezaba a llegar a Cucupitá, pero sí solía entrometerse en el trabajo de la nueva maestra, se presentaba en la escuela a cualquier hora del día y se creía con derecho a asustar a los escasos alumnos explicándoles la infinita crueldad divina capaz de condenar a los malos al infierno para toda la eternidad. Su manera elíptica de exponerlo hacía que los niños no le entendieran y sacaran la impresión de que el cura hablaba en latín. Isadora logró impedir las prédicas escolares del párroco, cosa que le granjeó un odio a muerte por parte del prelado y de los principales de la localidad a los pocos días de su llegada.

                Isadora dividía la semana entre sus clases a los niños y sus visitas a don Teófilo. Al anciano revolucionario le llevaba sopa y fruta de un pequeño huerto que había en la escuela. Lo trataba con especial ternura. Se rumoreaba en el pueblo que era su hija secreta. Probablemente don Teófilo le hablara de mí, porque desde el principio demostró un interés enorme por todo cuanto yo escribía. Rescataba mis textos de cajas que yo no había abierto durante mucho tiempo para ordenarlos y clasificarlos. Yo hasta entonces sólo había tenido un bronco lector, Garamante, que solía animarme con frases como estas: "Escribir no te va a salvar de la locura ni de la cárcel, eres un vicioso, escribir es marturbarse con las ideas, aunque tú creas que te transfigura en un ser más humano". Mi nueva lectora me decía cosas menos ásperas, se interesaba por las circunstancias de mis relatos, me preguntaba la fecha en la que había escrito algunos poemas... mi respuesta era siempre la misma: "No me acuerdo, pero no tiene importancia porque hasta que tú no llegaste a Cucupitá el tiempo aquí no transcurría".

                Algunos domingos Isadora madrugaba para venir a mi casa a leer mis papeles. Al despertarme, la casa olía a café caliente y ella ya llevaba un par de horas de atenta lectura. Me ofrecía una taza distraídamente y eso me producía una satisfacción aromática. Ambos éramos adictos al café y compartirlo en la madrugada era un rito y una forma de comunicarnos. No precisábamos hablar mucho, Isadora sabía mejor que yo cuáles eran mis pensamientos. A media mañana desaparecía con el sigilo de una ardilla.

                Me sentía orgulloso de que fuera mi única lectora. Por el contrario, me daba vergüenza tener otros determinados lectores, como el alcalde que husmeaba mis colaboraciones en el diario provincial. No se escribe para todo el mundo, pensaba yo; por ejemplo, si Ciorán hubiese sabido que banqueros abusivos iban a buscar argumentos en sus obras para justificar sus actos probablemente no las hubiera escrito, o al menos les habría puesto una advertencia entre líneas: "Esto no es para gente como ustedes".

                "Si yo escribo es para ti", le confesé una vez a Isadora, "me gusta compartir contigo mis ocurrencias". Sabía que no le iba a gustar esta revelación, ella hubiese preferido seguir siendo una extraña para mí. Pero yo sabía que el día que dejara de escribir "para ella" y empezara a escribir "sobre ella", sería un síntoma de que habría dejado de interesarme por la vida y de quererla a ella. Isadora se negaba a aceptar estas reflexiones, al oirme entornaba la vista y levantaba los hombros como si no le incumbieran.

                Crisalda se tendió boca arriba sobre las sábanas aún tibias, separó levemente las piernas y se tapó con las manos su sexo oscuro que parecía el ojo de un hurón pequeño. Acababa de hacer el amor con un hombre corpulento, rapado, de manos encallecidas, con abundancia de vello en las falanges de los dedos. Esa noche, el capitán había abandonado momentáneamente su puesto de vigía en el puente de su barco para dirigirse a la casona. Llegó al burdel con ademanes de sentirse el propietario del negocio y se dirigió directamente a la habitación de arriba donde dormía Crisalda. Al pasar dejó prendida su gorra negra en un perchero de la entrada. Minutos después las chicas polacas vieron llegar a Garamante, lo vieron detenerse en el rellano ante la sudada gorra del capitán del barco polaco, lo vieron titubear y regresar sobre sus pasos.

                El corpulento extranjero y Crisalda se conocían de antiguos negocios y batallas que nunca llegaron a buen fin, entre ellos había existido siempre un sentimiento de atracción y repugnancia. "Esta vez has traído material de mala calidad, capitán" le espetó ella nada más verlo entrar por la puerta. "Tienes que dejarlas chambear tranquilitas" le respondió él en un castellano mal aprendido en las cárceles suramericanas. "Es que a estas chicas les falta morbo... tan limpias, tan blanquitas... y tan frías ¡no sirven para este negocio!" replicó ella. El polaco sonrió, sabía que Crisalda era experta en proporcionar placer a extraños. "No te preocupes, aprenderán de ti", le dijo para halagarla. También pensó que en ese viaje el negocio no estaba en las prostitutas y por eso añadió "esta vez el beneficio no depende de ellas". Crisalda se le quedó mirando con gesto preocupado, al fin asintió: "Ya, las cajas están en el patio pero hay menos de las que tú decías". "Lo sé, falta una, en el transbordo se les cayó una al mar a los pendejos estos" se lamentó el polaco. "Pues ya te las puedes ir llevando, yo aquí no las quiero".

                Hacía varios años que Crisalda no trabajaba con clientes, se limitaba a regentar el burdel, pero esa noche durmió con el polaco. Muy temprano, el eslavo abandonó la habitación, cogió su gorra de la percha del rellano y bajó las escaleras precipitadamente para inspeccionar las cajas que los estibadores habían depositado en el sucio patio central siguiendo sus órdenes. No había amanecido todavía, las mujeres aún dormían, el burdel desprendía un aire de silencio y recogimiento que se podría confundir con el de un convento si no fuera porque el amor que se respiraba en sus desiertas galerías no olía a incienso sino a semen y a desinfectante.

                La casona era como una industriosa fábrica de fluídos sexuales donde las operarias trabajaban bajo rígidos horarios. Empezaban su jornada a las seis de la tarde y a las cuatro de la mañana se acostaban como sobre un campo cosechado. Hacían su trabajo de forma mecánica y repetitiva. Crisalda opinaba con sarcasmo que si la industria del latex hubiera conseguido una textura similar a la de la piel humana no sería necesario importar chicas extranjeras, las podría sustituir por muñecas inflables y tal vez algunos clientes agradecieran el gesto más complaciente de sus rostros de plástico que el de las polacas.

                Una noche un marinero de Aruba que venía de Inglaterra contó en el bar de "El culebrero" que había unas casas de masajes eróticos en Londres abiertas toda la noche y que los clientes escogían a las chicas mientras ellas dormían acurrucadas en los sillones. Cuando el cliente se decidía por alguna de ellas la madama la despertaba enérgicamente para que realizara el servicio. Y dijo que esa casa tenía un nombre irónicamente poético. La historia llegó a oídos de Crisalda y fascinada con el nombre del lupanar británico decidió bautizar de la misma manera a su negocio. Desde entonces la casona de Crisalda se conoció en toda la costa como "La casa de los sueños".

                Al día siguiente de la visita del gigante polaco a Crisalda ocurrieron dos cosas extrañas en el pueblo. Una fue que los viajeros que tenían intención de partir para la capital tuvieron que volverse de la estación sin que les hubieran permitido subir al tren. Un aviso pegado en el cristal de la puerta de la cochambrosa sala de espera advertía que el convoy estaría dedicado exclusivamente al transporte de mercancías. Durante toda la mañana hubo un camión trasladando las cajas de la casona a la estación bajo la atenta mirada del capitán polaco. Los que trabajaban en la carga y descarga eran muchachos del pueblo contratados por el marino. Por la tarde partió la pujante locomotora arrastrando su misterioso cargamento a través del desierto del Alquenar. Seguidamente el barco polaco levó anclas sin hacer sonar sus sirenas.

                El otro suceso extraño ocurrido esa misma mañana fue que Garamante desapareció en su barca bolichera del muelle de pescadores y nadie lo volvió a ver.

                Días más tarde los niños del pueblo descubrieron, varada entre los caparazones vacíos de las tortugas, una caja de las mismas características que las almacenadas en el patio del burdel. La observaron, la examinaron con infantil curiosidad científica, hasta que decidieron emprender a golpes con el fardo para desvelar su naturaleza. Se abrieron las tablas y bajo el podrido tocuyo despuntaron relucientes cañones de ametralladoras.

                En esos días un funambulista nos conmovió a todos. Fue el último número de las fiestas patronales a la oscura hora en la que medio pueblo andaba ya ebrio y era peligroso separarse de la muchedumbre. El cable había estado tendido todo el día entre la torre de la iglesia y una de las grúas del puerto. Por él pasó el funambulista con la pértiga creando la magia simétrica del equilibrio, como un príncipe noctámbulo que se paseara de puntillas por su angosto reino. Luego descendió a cuerpo por los hierros del tinglado. Su novia lo miraba arrobada. Lo había esperado visiblemente intranquila en la base de la grúa con una maleta metálica donde llevaba una botella de agua oxigenada y algunos utensilios de primeros auxilios como vendas y espaladrapo. La gente miraba con aprensión el interior de la valija desconfiando de la escasa utilidad que podían tener esos apósitos en caso de caída.

                "¿Cómo será el amor de los acróbatas?" me preguntaba yo. Él era de aspecto nervioso y atlético con una desproporcionada nuez en la garganta, sus diminutas zapatillas adherentes lo hacían desequilibrarse en tierra firme. Ella era ancha de espaldas, musculosa y risueña. Aparentaban quererse mucho pero había algo que los separaba: ella se negaba rotundamente a que él cruzara el cable llevándola a hombros en una bicicleta. El funambulista pretendía montar alguna vez ese número espectacular pero ella se oponía sistemáticamente. Su amor tenía límites.

                Nada más ver al acróbata en tierra los niños del pueblo se le colgaron del chandal y lo asediaron a preguntas: "¿Se ha caído alguna vez? ¿Tiene miedo? ¿Cómo aprendió a ser equilibrista? ¿Dónde entrena? ¿Cuál ha sido la altura máxima por la que ha pasado?" El hombre respondía jadeante y halagado: "En absoluto, no me da miedo, allí arriba es como estar sobre la superficie del mar, me siento flotando. Es bonito, abajo veo un mundo submarino de farolas y de ojos". Entre los niños se encontraban los que descubrieron la caja con armas en la playa. Se lo contaron como una gracia más. El funambulista y la mujer se interesaron por el suceso. Entonces fueron ellos los que se convirtieron en interrogadores: "¿Cómo era el fardo? ¿Cuántas ametralladoras había? ¿Dónde las han guardado?". No aceptaron las copas de vino que el alcalde se acercó a ofrecerles y partieron con excitación en su desvencijada camioneta rotulada: "Espectáculos circenses. Dany y Mireia".

                Terminadas las fiestas los pescadores encontraron la barca de Garamante destrozada contra las rocas de los acantilados. Su cuerpo no apareció. Todos sabíamos que Garamante era un buen marinero, jamás habría tenido un accidente involuntario en ese lugar que él conocía perfectamente bien. Crisalda lloró esa noche en el burdel ante las chicas polacas que ignorantes del drama se tapaban la boca para aguantarse la risa.

                El alcalde era el antiguo jefe de Estación, un forofo de Nietzsche del que presumía haber leído sus obras completas, vivía orgulloso de sus intuiciones, que en su caso no eran más que simples prejuicios. "¿Garamante? ¿ese inútil? ¡estaría borracho!". Recelaba de medio pueblo. No dudó en denunciar a Isadora el día que se presentó el sargento Gálvez en Cucupitá acompañado del funambulista para indagar sobre el tráfico de armas. El sargento preguntaba en su peculiar lenguaje castrense, cargado de "pues" y frases inconclusas en tono aparentemente amistoso y relamido, pero que delataba una incontrolable violencia: "¿Y esa mujer llamada Isadora, quién es pues?". "Llegó a Cucupitá al mismo tiempo que el barco polaco, nunca hemos visto sus credenciales de maestra y sabemos que le lleva comida al bolchevique, al eremita que vive en el monte, eso es lo que le puedo decir de ella", declaró el alcalde.

                Gracias a Crisalda Isadora pudo huír. La víspera de la redada el alcalde había pasado la noche en el burdel estrenando a las polacas. Bebió más de la cuenta y se fue de la lengua: confió a una de ellas que estaba esperando a un batallón de soldados para detener a todos los implicados en el tráfico de armas para los revolucionarios. "¡Se van a tener que sorber su sombra!" amenazó. A Crisalda se le notó el temor en la cara. "Tú no Crisaldita", la tranquilizó el alcalde, "sabemos que tú no te metes en cosas tan feas, además te encargarás de que tus pupilas traten bien a los soldaditos ¿no es cierto?" Crisalda sonrió pero apenas tuvo la ocasión se escapó de la casa para advertirle a Isadora del peligro.

                Esa misma noche Isadora desapareció llevándose a don Teófilo. Es probable que el único taxista del pueblo, un negro alegre y socarrón, buen cliente de "La casa de los sueños", se prestara a llevarlos a la capital por intermediación de la propia Crisalda.

                Al día siguiente llegaron los camiones del ejército y el arresto se realizó como una leva obligatoria para el servicio militar. Reunieron a todos los vecinos en la plaza y metían en los camiones a los muchachos que el alcalde iba nombrando, al que no estuviera presente lo iban a buscar por el pueblo y lo traían a culatazos. Los tuvieron al sol bajo las lonas de los camiones durante todo el día. Mientras tanto los soldados iban haciendo visitas por turnos a la casa de Crisalda. A la caída de la tarde los detenidos empezaron a quejarse y hubo varios intentos de fuga. Los soldados con las metralletas en mano no se separaban de los camiones. Un detenido logró saltar y correr hacia la playa. Uno de los soldados no dudó en ametrallarlo y a partir de allí el resto de presos se abalanzó gritando contra los militares. Ellos, nerviosos, apretaron compulsivamente los gatillos de sus metralletas. Una cortina de balas se interpuso entre los soldados y los muchachos desarmados.

                En el pueblo no queda ni rastro de lo que ocurrió esa noche. No se publicó en los periódicos y el tiempo nunca deja constancia de su paso. El ejército se llevó a los muertos y a los mal heridos. Nunca más supimos de ellos, no ha vuelto ninguno.

                Recuerdo que al detenerse el tableteo de las ráfagas tuve la sensación de encontrarme de pronto en una plaza desconocida, de no haber estado nunca allí, de sentirme en un espacio extranjero, extraño a mi niñez, lleno de fantasmas iracundos y gente implorando piedad. Pensaba que esas cosas sólo sucedían en sueños.

                Subí a mi casa por las calles desiertas como si fuera el único superviviente de una catástrofe mundial, como si la orgía de sangre hubiera sucedido en todo el universo.

                Años después Cucupitá se pobló de una juventud veraniega. Los primeros surfistas atrajeron a muchos más que colonizaron el mar como hormigas de colores. Llenaron las calles de motos de gran cilindrada y se abrieron comercios y restaurantes de todo tipo. La vieja locomotora de vapor yace abandonada en la estación. Se ha construído una magnífica autopista que nos une como un cordón umbilical a la capital. El puerto es ahora deportivo y tiene varios pantalanes de veleros.

                Ahora que estoy jubilado, inseguro y más hipocondríaco que nunca, dudo que sucedieran las cosas que he narrado, sin embargo conservo una valiosa prueba, es un regalo que me dejó Isadora. Cuando entré a mi casa después de la tragedia encontré entre mis papeles una nota que me había escrito precipitadamente en su huída. Con letra nerviosa decía: "Te he amado como a Gary Cooper. -Isa".



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PAGINA ACTUALIZADA EL 15/4/2008