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El número cuatro

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

                En días pasados se me rompió un pie, el derecho. No sé cómo. Me desperté por la mañana y estaba roto. Tenía el tobillo descolgado como una caja de puros. A partir de entonces anduve de forma pausada, estirando la pierna herida como si fuera un bastón, como si le faltaran visagras. Luego se soldó el hueso, el hueso astrágalo, y aunque ya podía articular los metatarsianos, que es como se llaman los otros huesos que tenía adoloridos, yo continué andando con la pierna rígida dejando caer el peso del cuerpo en la contraria con extremada lentitud, movimiento que ponía en peligro a las palomas de las plazas que se me acercaban. Encontraba que esa manera de andar me daba un porte digno y distinguido y además era una forma de hacerme perdonar los tatuajes.

                Tampoco sé cómo aparecieron los tatuajes. Recuerdo que hace mucho tiempo entré a una casa de baños en Estambul, me eché sobre un mármol veteado para probar los masajes turcos y cuando me vi desnudo en un gran espejo de azogue desgastado salí corriendo y descubrí que tenía el cuerpo cruzado de lineas azuladas como un mapa mundi y que el banco de mármol se había transmutado en una losa impoluta. Sí, me quejé, pregunté, inquirí, demandé, pedí explicaciones, pero me respondieron en un inglés incomprensible que los tatuajes los traería yo puestos, que allí no tatuaban a nadie y que si no quería un masaje turco que me largara. Acepté sus persuasivos argumentos tomándolos como un pequeño absurdo más de mi vida que no me impediría ser feliz y me alejé del lugar veteado y compungido. Poco a poco me fui acostumbrando a mis nuevos meridianos y latitudes epidérmicas como ahora a mi cojera.

                Camino por la calle Ferrándiz. Si esta ciudad estuviera tomada por enemigos ya me habrían disparado desde las ventanas. De lo que puedo estar seguro es que no estoy en Bagdad ni en Nueva York. Ni siquiera recibo el "fuego amigo" de las miradas. Da la impresión de ser una ciudad evacuada, aunque esté llena de gente con miedo. ¿Quién nos ha convencido de que nosotros somos los malos? ¿Por qué persiguen a los automovilistas? ¿Por qué persiguen a los peatones, a las mujeres, a las parejas, a los solitarios, a los ancianos, a todos excepto a los niños? ¿Por qué no nos rebelamos? Llego a la plaza de la Victoria, si estuviera en Düsseldorf se llamaría Siegplatz y estaría terminando un día sombrío a punto de llover. Una vez estuve en Düsseldorf y desde el tren vi patos azules en un estanque verde. Pero ésta ha sido una tarde clara y arbolada al borde del mar, aún quedan hilachas de la puesta de sol en los cipreses.

                En la esquina que forman la calle Lagunillas con Altozano está la librería donde hace unos días compré un plano de la ciudad como si precisara urgentemente encontrar una dirección. Me senté a estudiarlo detenidamente en el café Central hasta que se me hizo de noche y no recuerdo dónde dormí.

                Entro a un restaurante chino que está en el extremo opuesto de la plaza y pido el menú que anuncian señalándolo con el dedo. "¿Para llevar?" me pregunta una chica china con ojos como perlas machacadas sobre la gamuza de sus pómulos. "Sí, para llevar". Tengo intención de comérmelo en la habitación de mi hotel porque he conseguido hotel. La camarera china duda antes de marcar el código en la caja. Observo que la pantalla tiene caracteres chinos como arañitas disecadas. Se queda pensando con la mano en alto y las perlas de sus ojos adquieren la opacidad ciega de las figuras de Modigliani mientras yo me la imagino desnuda con el vello púbico hirsuto. Al fin se decide a preguntarle el código a su compañera que le responde: "sii yaow yaow" y ella marca 411.

                Yo ya estaba distraído viendo los peces tropicales de un acuario pero al ver la cifra marcada deduje que el número uno era el repetido dos veces: yaow, y se lo comenté a la chica: "¿Uno se dice yaow?". Antes de hacerle la pregunta carraspeé dos veces, temía que no me entendiera porque eran las primeras palabras que iba a pronunciar en el día. "No" me respondió sorprendida, "se dice yi". Entonces intervino su compañera: "Se dice yi pero también se dice yaow y yo le he dicho yaow". Nos reímos, sentí una gran satisfacción, había deshecho el malentendido rápidamente, no siempre se nos presentan en la vida ocasiones tan simples para decir lo que pensamos. Deduje que ellas sentían la misma alegría que yo por haberme enseñado algo absolutamente nuevo para mí: Uno, el número solitario de la aritmética, en chino está acompañado, se puede pronunciar "yi" y también "yaow", tiene doble personalidad. Me dieron ganas de comerme el arroz tres delicias sentado con ellas sobre las neveras industriales. A veces el mundo se nos revela inocente y sin misterios. Entusiasmado añadí: "Entonces sii es el cuatro". Ellas dejaron de reírse y siguieron laboriosamente preparando la bandeja de comida de mi menú como si no me hubieran oído. "¿El cuatro se dice sii o también hay otra forma de pronunciarlo?" insistí. No me respondieron, me entregaron la bolsa y me cobraron apresuradamente.

                Salí alargando mi pierna coja con actitud más digna aún de la que había tenido al entrar al restaurante. Es extraño, tan pronto uno sintoniza con los demás se rompe la comunicación sin ningún motivo aparente y todo se estropea. Al salir a la calle tuve el humor de decirles a manera de despedida "bonitos farolitos" refiriéndome a los adornos orientales del local. Nunca hay que perder la compostura. Ellas no me oyeron porque ya habían cerrado la puerta.

                Llegué a mi hotel por el Paseo y pedí la llave, al tenerla en la mano advertí que estaba alojado en la habitación 411, "sii yaow yaow" me dije para mí mismo. Revisé los programas que había en la televisión, era tarde, en casi todas las cadenas ponían tablas de ejercicios pornográficos, nunca me ha gustado la gimnasia, la apagué. Comí ante a la ventana que daba a una pequeña terracita frente a la ladera donde por la mañana había oído gorriones y había visto un perro vagabundo metiendo delicadamente la lengua en una lata de conserva.

                El arroz con gambas del menú estaba bueno y hace muchos años que opino que es el sabor más adecuado para comer solo en una vieja habitación de hotel, se puede comer primero el arroz y luego las gambas una a una y al final tiene uno la sensación de haberse dado un banquete de mariscos. Entablé un monólogo con el chirrido de las ruedas de los coches y autobuses que pasaban por la calle: ¿Por qué habían cambiado de actitud las camareras chinas? ¿Cuál era el misterio del número cuatro? Quatre, four, vier, sii. El cuatro es una silla invertida en cualquier idioma, un asiento imposible. Puse una silla al revés y comprobé que era un cuatro de madera, la dejé en esa posición apoyada en el espejo del armario vacío que abrió una de sus hojas como para abrazarlo.

                Recordé que al subir a mi habitación había visto en el vestíbulo frente a los ascensores dos ordenadores conectados a Internet. Bajé y eché las monedas necesarias para consultar mi correo. No me había llegado ningún "E.mail" esperado, era natural porque no esperaba ninguno. Entonces entré en Google y escribí: "número 4 en chino". La respuesta fue: "Sii. El número cuatro es homófono de la palabra muerte. Según la tradición china trae mala suerte".

                Para contrarrestar el mal augurio decidí salir a la calle y buscar un sitio donde poder tomarme una cerveza. Eran las cuatro en punto de la madrugada.



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PAGINA ACTUALIZADA EL 4/5/2008