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El huésped

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

                Al llegar a la costa tuve el presentimiento de que su verdadera intención no fuera comprar el piso que le ofrecía. Habíamos quedado por teléfono. Al hablar con ella me sorprendió su voz fría, como si sus cuerdas vocales fueran una aleación entre seda y acero, pero agradable.

                Me dijo que no tenía coche, por eso me comprometí a llevarla. Vivía en un barrio anodino de la ciudad, me sorprendió que saliera con un niño con gorrita de la mano para pasar el día de playa y que en la otra llevara una maleta. Por la autopista cruzamos algunas frases intrascendentes sobre los inconvenientes de las grandes ciudades y las ventajas de vivir al borde del mar. Le comenté que mi situación familiar había cambiado y que por eso deseaba vender el piso. El niño se mantuvo callado con expresión alucinada durante todo el trayecto. Al cabo de una hora de viaje llegamos a la puerta del edificio del ático donde yo había vivido tantos años con mi ex mujer y ahora había puesto a la venta. Se lo señalé con la mano: "Ese es ¿lo ve? se pueden distinguir los geranios de la terraza". Me dispuse a entrar al zaguán pero ella me detuvo con un gesto suave y suplicante para preguntarme: "¿No le importaría que vayamos primero a la playa? Es por mi hijo, sabe, para que disfrute un ratito del sol, el pobre siempre está encerrado".

                Le indiqué cómo cruzar el paseo para bajar al mar y me disculpé de no acompañarla porque quería arreglar algunas cosas en el piso. Le entregué en un papel la dirección exacta de la vivienda para que no se produjera ningún equívoco y convinimos en que allí la esperaría para mostrársela al final de la mañana.

                Una vez arriba me asomé a la terraza y pude distinguir a la madre con el niño entre los bañistas. Habían alquilado una tumbona y una sombrilla y parecían disfrutar sin preocupaciones de la brisa del mar. Ella se había quitado el ligero vestido que traía puesto quedándose en bañador rojo y gafas oscuras y el niño jugaba con una pelota hinchable a su lado. Estuve toda la mañana embalando los últimos libros que me quedaban en las estanterías y al ver que la posible compradora del piso no subía como habíamos quedado volví a asomarme a la terraza y me sorprendió comprobar que la sombrilla y la tumbona estaban vacías.

                Bajé con temor a que se hubieran perdido, recorrí toda la playa y calles adyacentes hasta que de pronto distinguí al niño haciéndome señales desde un chiringuito. "Es que siendo la hora que es pensé que podíamos comer algo aquí" me dijo ella disculpándose y acariciándole la cabeza al niño. Me senté a su lado y me pedí una ración de chocos y una cerveza. Al finalizar el almuerzo ella me dejó pagar lo suyo sin hacer el menor intento por impedirlo. Empecé a sospechar que había sido objeto de un inocente timo y que le estaba costeando un hermoso día de playa a una desconocida con su hijo.

                Nos dirigimos al piso después de comprarle un helado al niño. Ella tuvo el detalle de limpiarle bien los pies de arena a su hijo y de sacudir sus sandalias antes de entrar. En el interior le ofrecí el teléfono por si quería avisar a su marido que ya había llegado, pero rechazó mi ofrecimiento con la cabeza y la oí decir entre dientes "mi marido me puede esperar sentado". Seguidamente observó todo detenidamente como si estuviera pintando las peredes con la mirada, luego se acercó a la ventana del dormitorio principal y el mar se reflejó pálidamente en sus gafas de sol. Contrastaba su expresión de tristeza con la luminosidad del día. "Es muy bonito" susurró. Abrió los armarios y los volvió a cerrar con delicadeza, comprobó el agua caliente del fregadero, abrió la nevera y al verla vacía sonrió. Una vez terminada la inspección me dijo: "Le quiero hacer una propuesta". Asentí temeroso con la cabeza. "Alquílemelo por una noche", me dijo. Al oirla me desconcerté sin saber qué responderle. ¿Por una noche? Ella esperaba con serenidad mi respuesta observando las imperfecciones del parquet del suelo. "Sí, sólo una noche", insistió al ver mi turbación.

                A pesar de que mi decisión era volver ese mismo día a la ciudad, accedí a su petición porque me pareció razonable, supuse que antes de decidirse a comprarlo quería comprobar los ruidos y los inconvenientes que podía tener. No era mala idea, yo mismo había pensado muchas veces que era la forma ideal de comprar una vivienda. La dejé allí con su hijo no sin antes decirle que si necesitara cualquier cosa que no dudara en llamarme al móvil. Y yo me fui a pasar esa noche al hotel.

                A la mañana siguiente y entrar con mi propia llave me sorprendió advertir que mi silenciosa huésped parecía no tener la menor intención de abandonar ese día mi piso. Había colocado su ropa en los armarios, la repisa del baño estaba ocupada por su dentrífico, peines, cepillos y demás artículos de aseo y su bañador rojo y el pantaloncito azul de su niño estaban tendidos en la terraza. Me ofreció un café y al abrir la nevera aprecié sorprendido que estaba llena de alimentos que había comprado esa misma mañana antes de mi llegada y que a simple vista se observaba que eran provisiones para varios días.

                "Veo que se ha instalado usted como si fuera a quedarse toda la vida" bromeé y ella me respondió con una amplia sonrisa que me inquietó. Luego se dispuso a hacer la comida y almorzamos en silencio. Guisaba bien, le agradó que yo elogiara su comida servida en la vajilla de la que fuera mi esposa. Por la tarde salió con su niño a visitar la parte histórica del pueblo y yo la esperé leyendo un libro de Italo Calvino que había dejado suelto para cubrir los ratos libres. Le agradecí la cortesía de no haber tardado mucho, eran como las seis de la tarde, entonces le inquirí nuevamente si le parecía bien que partiéramos de regreso a la ciudad en ese momento, era buena hora, nos evitaríamos los atascos de la entrada que se producen a partir de las ocho. No obtuve ninguna respuesta concreta. Después de varias indirectas renuncié a continuar insistiendo porque su mirada implorante cada vez que yo miraba el reloj o hacía mención al viaje de regreso me desarmaba. Seguimos pasando la velada en silencio, disfrutando del aire de mar en la terraza y de una magnífica puesta de sol. Ella se había cambiado poniéndose una bata de seda que le daba cierto aspecto oriental. Nos reímos contándonos anécdotas de viajes y comentando lecturas de la infancia.

                Después de la cena frugal de un vaso de leche y unas pastas que ella según me contó acostumbraba a tomar todas las noches con su niño, me dijo: "No hace falta que se vaya al hotel esta noche, la habitación de huéspedes no la utilizamos, puede quedarse a dormir en ella". De repente tuve la sensación de que aquella mujer se había convertido en la propietaria del piso y yo era su huésped. Sin embargo su propuesta me pareció sensata, ya era muy tarde para partir, y acepté. A la mañana siguiente encontré el desayuno exquisitamente preparado en la terraza y a ella esperándome sentada en la mecedora con la misma bata de seda de la noche anterior que a la luz del sol parecía transparente. "Creí que no se iba a levantar nunca", me comentó sonriendo.

                De esto han pasado veinte años y Marcela, que así se llamaba aquella mujer, es actualmente mi esposa. Su niño, Alejandro, es un reputado abogado de la localidad. Decidimos no vender el piso y quedarnos a vivir en él.



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PAGINA ACTUALIZADA EL 15/5/2008