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Los encantos de Elisa

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

                Yo pensaba que llegando al acto sexual la fusión era total, que los dos protagonistas quedaban contagiados de amor uno del otro de forma irremediable para toda la vida. Pero me quedé perplejo al ver con la naturalidad que Elisa manejaba la toallita, de pie y en actitud de tener prisa, para limpiarse la mezcla de semen y de su propio flujo que le corría entre las piernas. Al mismo tiempo me miraba de reojo expresándome su impaciencia para que me pusiera rápido los pantalones y saliéramos al callejón trasero de la casa; ella hacia la izquierda para coger el Urbanito en dirección a su casa y yo hacia la derecha a reunirme con mis amigos que como todos los domingos de invierno pasaban la mañana conversando apoyados en los húmedos leones de piedra al pie de la farola central de ese grupo de casas llamado la "Quinta Prado", que era como un pueblo dentro del barrio.

                Me acerqué a ellos exponiéndome a que descubrieran en mi cara un gesto extraño, algún síntoma de la turbación sufrida, porque me sentía como si me acabara de librar de ser atropellado por un tranvía y temía que me lo notaran. Conrado me miró con una expresión que era difícil de averiguar si se trataba de agresividad o de pánico. Me tranquilicé pensando que era su manera normal de mirar, era una especie de bizquera que él corregía abriendo desmesuradamente los ojos y por eso lo habíamos apodado El Divino, como si hubiera visto a Dios.

                Consulté la hora y ante mi sorpresa comprobé que habían pasado sólo diez minutos desde que me aparté del grupo. Recogí mi bicicleta sin dirigirles la palabra con intención de irme para mi casa.

                Elisa era un poco mayor que yo, venía todas las mañanas a traerle la comida a su tío Guillermo, viudo, iconoclasta, ateo, que hacía varios años que estaba impedido de bajar de la primera planta de su vivienda donde habitaba con la única compañía de sus libros y sus gatos. Entre Elisa y yo nunca habíamos pasado de sonrisas y palabras entrecortadas, el día que estuvimos más cerca fue cuando me mostró una foto suya en la playa de Punta Hermosa, en bikini, con un polo de limón en la mano y mirada pícara como si estuviese haciendo algo malo. Acerqué mi cara a la foto y ella hizo lo mismo hasta que nuestras cabezas casi llegaron a tocarse y yo sentí el calor de sus mejillas y el olor a champú de lilas de su pelo. Me gustaba su frescura, sus pechos blancos, la forma como el vestido liviano le caía entre las nalgas cuando se agachaba, hasta sus pies de dedos largos que asomaban por la puntera de las sandalias me azoraban.

                No fui a mi casa, bajé en mi bicicleta por la quebrada hasta el mar sin dejar de pensar en el esfuerzo que me supondría volver a subirla. Habían fracasado todos mis argumentos para que mis padres me regalaran una de carrera so pretexto que me dañaría la columna vertebral y deambulaba en una pesada Monarch que más parecía una moto a pedales. Me sentía inseguro, con miedo a caerme al mar y desaparecer entre las rocas, cosa bastante probable porque recorría estrechos senderos entre el acantilado y las olas.

                A la altura de Barranco vi bufeos, era la primera vez que los veía, habia escuchado hablar de ellos muchas veces: que eran delfines del Pacífico y que pasaban en cuadrillas de veinte o treinta ejemplares cosiendo el mar con sus oscuros lomos. Por lo visto su presencia dependía de la corriente fría de Humbold, pero yo no los había visto nunca. Esta vez estaban allí a unos treinta metros de la costa en número increíblemente mayor del que me hubiera imaginado. Empezaron a dar vueltas en círculo saltando y jugando con la espuma y moviendo la cola como perros contentos. Maravillosa danza a cielo abierto representada exclusivamente para mí, el arte de la naturaleza despojado de todo montaje circense, como un placer gratuito, sin intencionalidad, sin misterio, sentía que era la satisfacción pura de una necesidad biológica.

                Don Guillermo Arévalo y Calcaño, ex funcionario ministerial, cayó en desgracia cuando se prestó a eliminar una página (tuvo que ser la página 13 justamente) de un contrato de petróleo entre el Estado y una multinacional americana. Le pagaron su traición con una moderna nevera Frigidaire de las que hacían cubitos de hielo y los escupían de uno en uno por un agujero frontal. Pudo librarse de la cárcel gracias a sus amistades pero poco tiempo después le vino una hemiplejia, probablemente a causa de los disgustos y preocupaciones, que lo dejó inmovilizado en la primera planta de su casita de la Quinta Prado.

                En las semanas siguientes a mi fugaz encuentro con Elisa noté que El Divino estaba huidizo, me miraba más sesgado que nunca y que por momentos desaparecía sin poderlo localizar. Elisa, por su parte, me esquivaba, apenas se bajaba del Urbanito entraba corriendo por el callejón a entregarle la comida a don Guillermo y se volvía sin ser vista. Cada día me fijaba con más atención y cada vez la veía pasar más rápido y me parecía que más gorda, pasaba por la Quinta como un fantasma con halo femenino. Así transcurrieron varios meses hasta que dejó de venir. A partir de ese momento una señora mayor se hizo cargo de la alimentación de don Guillermo.

                Un domingo reapareció Elisa, traía un niño en brazos, se acercó a la farola de los leones y nos lo enseñó. El bebé nos miró con sus ojitos bizcos. Detrás venía El Divino arrastrando los pies y fumando compulsivamente.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 14/10/2008

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