VOLVER_________SIGUIENTE

Chosica

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

                Esa noche mi hermano y yo nos habíamos orinado en la cama. El día anterior mi padre había llegado con tres monedas que nos dejaron perplejos, eran grandes como medallas, circunvaladas con unos caracteres incomprensibles y tenían un agujero en el medio.

                Luego nos lo anunció con la palma de la mano abierta mostrándonos las monedas: Este fin de semana vamos a pasarlo en Chosica. Mi madre lo miró con ternura, siempre lo miraba con ternura y con miedo antes de negarle algo. Pero él le confirmó con la mirada que ya estaba decidido. Entonces ella se volvió hacia nosotros y nos dijo que sólo nos hacía falta llevar el pijama, el peine y el cepillo de dientes porque volveríamos el domingo.

                Nos habíamos despertado mirando con curiosidad las paredes extrañas de esa habitación de hotel y nos levantamos a inspeccionar el lugar donde nos encontrábamos. Cuando advertimos que teníamos húmedos los pantalones del pijama volvimos a la cama y palpamos el colchón con temor.

                El viento agitaba los árboles de hojas grandes del jardín que rodeaba el establecimiento, la tierra estaba encharcada de resplandores de madrugada. Los cerros humeaban y presumimos que detrás de ellos habitaban seres de otra época, silenciosos, aún carentes de alfabeto.

                El colchón estaba empapado. Descubrimos que la habitación tenía una terraza-azotea común sin barandas que el sol empezaba a iluminar. Mi hermano y yo nos miramos, quizá fue la primera vez que nos miramos fraternalmente. Nos quitamos los pijamas y extendimos los pantalones sobre el ladrillo blanco de la terraza.

                Luego revolvimos los objetos del baño como si supiéramos lo que buscábamos. Al fín nos hicimos con un frasco de agua de colonia, lo vertimos sobre las manchas del colchón a chorritos medidos y con las toallas membretadas con el nombre del Gran Hotel Chosica nos afanamos en limpiarlas.

                El resultado fue un olor insoportable entre orín y jazmín. Sin hablarnos, arrastramos el colchón hasta la terraza y lo dejamos bajo un sol en ayunas. El reluciente rectángulo de tela azul a la intemperie exacerbaba el miedo líquido que había empezado a crecer en nosotros.

                Comprobamos que nuestra habitación daba a la fachada del hotel, sobre un parque silvestre. La noche anterior no nos habíamos dado cuenta de nada porque llegamos medio dormidos. Al lado izquierdo podíamos distinguir la puerta principal, era amplia, con unos peldaños de mármol. Allí vimos a nuestro madrugador padre enseñándole las monedas al director del hotel, un hombre bajito y gordo con rasgos de felino rubio. Mi padre se reía y le hablaba en francés, en un momento se volvió hacia nosotros y le señaló nuestra habitación, el hotelero también fijó la vista en nuestra terraza dando a entender que veía lo que le indicaba mi padre a pesar de ser ciego, luego nos pareció que hacía un gesto como si husmeara el aire. Hacía viento, las ramas de los árboles se inclinaban desaforadamente sobre sus cuerpos y por momentos los perdíamos de vista. Tuvimos una imagen fugaz del director guardándose las monedas en el bolsillo de la chaqueta.

                Una cabeza femenina, ojerosa y alborotada como si saliera de una madriguera, se asomó a la terraza desde la habitación vecina. Corrimos a esconder nuestra desnudez detrás de las persianas de esparto, nos picaba la pìel de la espalda. La mujer miró el colchón azul, luego nuestros pijamas a rayas, se restregó los ojos y nos buscó con la mirada. Nos mantuvimos rígidos como cristales para parecer transparentes. Al fin se metió a su habitación y oímos el golpe seco de la madera vieja de la puerta. En el aire quedó un olor a mamífera en celo que inmediatamente se mezcló al que desprendía la humedad de la lana churra de nuestro colchón.

                Pasamos la mañana disimulando, escondiéndonos entre los huéspedes del hotel que presenciaban cómo un chimpancé que estaba atado en un bosquecillo de casuarinas cogía los periódicos que le daban y hacía la mímica de leerlos rascándose la cabeza. La gente se reía mucho cuando los cogía con los titulares para abajo.

                A la hora del almuerzo constatamos que las camareras que limpiaban las habitaciones por la mañana eran las mismas que servían los platos en el comedor. Vimos que la mayor de todas, que llevaba cofia blanca, se acercaba al director que permanecía inmóvil al lado de la caja y le hablaba haciendo una seña hacia nuestra mesa. El hombre escuchaba atentamente aguzando el oído al tiempo que hacía un gesto con la mano como queriendo decirle que tuviera paciencia. Mi hermano y yo nos miramos alarmados y tal vez fue la segunda vez que nos miramos fraternalmente.

                De primer plato nos sirvieron una sopa de verduras pero nosotros no probamos ni una cucharada a pesar de la insistencia de mi madre. Luego vimos que se acercaba el director del hotel sorteando las mesas y tropezándose con algunas con cierto nerviosismo. Mi hermano y yo nos preparamos para huir corriendo, calibramos con la mirada las posibles salidas y tácitamente acordamos que la mejor era una ventana baja que daba al bosquecillo donde estaba el chimpancé. El director traía en la mano una botella levantándola como si se tratara de un martillo. La dejó en el centro de la mesa con una sonrisa de gato satisfecho diciendo que era una atención de la casa y mencionó su colección de monedas sin nosotros poder comprender nada. Mi padre le agradeció el vino elogiando la marca y respondiéndole en francés cosa que por lo visto halagaba mucho al hotelero. Cuando se marchó hacia la caja oí que mi padre le decía muy bajito a mi madre "Pauvre monsieur Leon".

                Entonces mi madre con una sonrisa melancólica nos sirvió un poquito de vino para que lo probáramos y nosotros pudimos por fin empezar a tomar la sopa con tranquilidad.



IR A LA PAGINA PRINCIPAL
IR A OTROS RELATOS
PAGINA ACTUALIZADA EL 29/11/2008

free web stats