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ÑUSTA - MARIA CASTAÑEDA

ADOLFO PARDO (Arequipa, Perú, 1940)

          Ayer sábado 9, un Guardia Civil se apersonó a la Maternidad Central con una criatura de sexo femenino de apenas uno o dos días de nacida. La misma fue hallada abandonada en la Plaza Unión, debajo de uno de los bancos de mármol. La recién nacida es de raza india y se encontraba en perfecto estado de salud.

          La policía ve con dificultad el que sea posible encontrar a la madre en vista de que el alumbramiento sin lugar a dudas, no se habría realizado en un hospital. El parto fue natural, a la usanza indígena.

          El tipo de tejido de la cobija con la cual estaba abrigada la bebé, hace suponer que se trata de la hija de una mujer india oriunda de Cuzco o Ayacucho.

          El personal de la maternidad ha adoptado de inmediato a la bebé y la tienen en la Sala "A" del Primer Pabellón, junto con los recién nacidos de ayer y hoy.

          La enfermera a su cargo opinó que una adopción de la criatura sería deseable. Informes en la Maternidad.

          La noticia ciertamente pasó desapercibida para la mayoría de la población, quizá despertó en alguien algún comentario y quizá más de uno se sintió llamado a hacer algo que pudiese ayudar a la recién nacida.

          Sin embargo, hasta las doce del día Domingo inmediato siguiente a la aparición de la noticia, nadie se había presentado en la Maternidad.

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          En una calle tranquila de Miraflores, Cecilia estaba terminando de poner la mesa en la terraza para tomar el desayuno dominguero. AnaMaría, de siete años y Camuncha de seis, las dos hijas del matrimonio, querían waffles con miel mientras que Rodrigo, el esposo, único varón de la casa, estaba antojado de huevos fritos con tostadas y chocolate. Cecilia complació a todos. Desayunaron todos muy alegremente.

          Hubiesen querido tener una familia más grande pero el grupo RH negativo de Cecilia y el positivo de Rodrigo lo desaconsejaban…

          -¿Me pasas el segundo cuerpo del periódico por favor? Rodrigo se lo alcanzó mientras leía el primer cuerpo. Ambos estaban tomando su segunda taza de chocolate, habían retirado un poco sus sillas hacia atrás y leían sin apuro.

          Cecilia encontró la noticia. Leerla y sentirse de inmediato impulsada a tener en sus brazos a esa criatura, fue todo uno. -Solamente quisiera verla, te prometo Rodrigo que la tendré un rato en mis brazos y nada más. Quizá podamos de alguna manera ayudarla… anda… ¿vamos?

          -Cecilia, pensémoslo bien. Tú sabes que verla nada más, es imposible. Seguramente después de conocerla nos será imposible dejarla… piensa en AnaMaría y en Camuncha… ya son grandes… empezar de nuevo, tú sabes lo que es eso… por otro lado ciertamente ya encontraron a la madre… además, quién nos asegura que esté sana y que sea del todo normal… tú sabes…!

          En la Maternidad nadie podía decir nada. Lo más que pudieron conseguir era la información de que la Directora Social no trabajaba ni los sábados ni los domingos y que recién el lunes a las ocho y media se podría hablar con ella.

          Pero por lo menos pudieron ver a la bebé, eso sí.

          Esa noche no se habló de otra cosa. En la casa se reunieron dos de las parejas vecinas, el papá de Rodrigo y la mamá y un tío de Cecilia.

          Al principio, nadie estaba de acuerdo con la locura de una adopción, solamente Cecilia, AnaMaría y Camuncha. Luego Rodrigo tuvo que ceder, no a la presión de las mujeres de la casa, más bien a la presión del encanto de la preciosa indiecita.

          El lunes al llegar a la Maternidad, la Directora Social se encontró con los Castañeda, sentados esperándola desde las ocho. Ella no sabía nada de nada, todo había pasado entre sábado y domingo… y ella ni siquiera había leído el periódico !

          Los trámites no fueron simples, ni rápidos en la opinión de Cecilia. Sin embargo, el jueves de esa misma semana, a las nueve de la mañana, ya tenían en el auto a la flamante Nusta-María Castañeda.

          Cuando llegaron a la casa, ahí estaban todos, con flores, música, regalos y con una inevitable dosis de curiosidad. Rodrigo Castañeda estaba feliz, ahora las mujeres de su casa habían pasado a ser cuatro.

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          El caminito subía indeciso por el lado de la montaña hasta llegar a la choza; desde abajo se veía inmensamente solitaria y empequeñecida delante de los enormes macizos de rocas al fondo. La choza en sí, había sido construida por Julián, en una ladera pedregosa, fría y muy inclinada en la cual crecía únicamente ichu. Para hacerla, fue subiendo poco a poco desde abajo piedras y palos, los que fue uniendo lenta y laboriosamente usando barro y paja.

          La choza la hizo sin ventanas para protegerse del frío y del viento. Solamente había una chimenea encima del fogón. El humo salía tímidamente de la choza y se iba dispersando poco a poco en el aire cristalino y punzantemente frío de la puna.

          Su vecino más cercano estaba como a dos leguas, al otro lado de la quebrada. De vez en cuando lo veía cuando ambos bajaban al mercado de Huanipaca los domingos tempranito en la mañana, para comprar maíz o algunas herramientas que a veces les hacían falta.

          Julián bajaba también para vender el queso blanco de cabra que día a día preparaba María Ucllo, su mujer y los vellones de fina lana de vicuña que de tanto en tanto lograban esquilar. A veces también tenían una manta tejida o unos ollucos secos. Por esas pequeñas ventas Julián obtenía algunos Soles que guardaba celosamente en un atadito de trapo.

          Algunos comerciantes siempre venían a Huanipaca los domingos y regateaban todo lo posible para comprar los productos de los indios que sin falta bajaban de las montañas abandonando momentáneamente sus cabras o sus llamas y generalmente dejando en sus chozas a sus mujeres, sus hijos y sus perros.

          Los comerciantes llevaban esos productos a Abancay y de ahí a Andahuaylas o Ayacucho. A veces también los llevaban al Cuzco. De ahí traían coca, alcohol, ropa, herramientas y a veces un charango o una quena que siempre podían vender o cambiar.

          Julián estaba juntando plata para hacer un viaje a la capital. El no quería quedarse sin haber conocido Lima. Ahora no tenían hijos, ahora podían emprender el viaje, más tarde sería imposible. Quizá después ya no querrían nunca más regresar a Huanipaca…

          El domingo siete de agosto, Julián bajó a Huanipaca como siempre. Esta vez se llevó la llama cargada con queso y tres pieles de vicuña y varias hondas tejidas para tirar piedras. El quería venderlo todo. Pronto partirían. María Ucllo estaba preñada de seis meses.

          Tendrían tiempo de llegar hasta Andahuaylas, Ayacucho, Castrovirreyna y bajar a Pisco. De ahí, les habían contado, se podía llegar a Lima en apenas tres horas.

          Pero en Huanipaca nadie estaba vendiendo ni comprando nada. Habían llegado los revolucionarios desde Ayacucho. Estaban repartiendo fusiles. Había que luchar. Los hombres, todos los hombres, tenían que abandonar todo para defender su libertad. Julián supo entonces que la semana pasada se habían llevado a su vecino, el de la casa al otro lado de la quebrada y que lo habían encontrado muerto a balazos.

          Julián regresó a la choza caminando.

          Para que lo dejen salir del pueblo tuvo que regalarle la llama y la carga a uno de los revolucionarios. Solamente le dejaron su poncho, sus ojotas y su chullo, para que no se muriese de frío. El revolucionario sabía que tarde o temprano Julián tendría que bajar y que entonces lo atraparía para la causa…

          Esa misma noche Julián y María bajaron otra vez y se pusieron en camino a Abancay. Tuvieron suerte. Antes del amanecer ya estaban llegando a Andahuaylas. Consiguieron viajar en un camión. Habían cerrado la choza y en un bulto se llevaron su ropa, un poco de charqui y los trescientos soles que habían logrado juntar.

          Después les contaron que no era bueno irse hacia Ayacucho, había muchos revolucionarios y estaban matando gente. Se escaparon hacia abajo, llegaron a Puquio, luego Lucanas y Nazca. Desde ahí, hasta Lima lograron hacerlo en dos días en la parte de atrás de un camión que estaba llevando papas.

          Cuando llegaron a Lima, el camión los dejó en la Parada. Tenían ciento cincuenta soles. María Ucllo estaba enferma, tenía calentura y dolor de barriga. A Julián no le fue tan difícil encontrar un cuartucho en los altos de un cine en la avenida Cocharcas.

          La capital era enorme, caliente, llena de gente y autos y camiones y personas vendiendo de todo, y de ladrones. El primer día no se atrevían apenas a cruzar una calle y se sintieron seguros solamente metidos en el cuarto con las piernas cruzadas y teniendo delante, entre ellos, su atadito blanco percudido, del cual, sin hablar, iban sacando, grano por grano, el mote que les quedaba.

          Casi inmediatamente después de llegar, María Ucllo y Julián ya habían decidido regresar a Huanipaca.

          Tenían que juntar un poco de plata para el viaje. Seguramente los revolucionarios ya se habrían ido para entonces, y además la capital no les gustaba nada.

          Solamente con la ayuda de otros indios que habían venido a Lima antes que ellos, les fue posible ganar un poco de dinero. Aprendieron a vender maíz sancochado, al principio directamente desde su bolsa de tela y luego en bolsitas de material plástico que aprendieron a comprar. Después consiguieron la manera de calentarlo, freírlo, salarlo y venderlo en unas bolsitas de papel marrón.

          El no saber leer o escribir les dificultaba las cosas enormemente, además la preñez de María Ucllo adelantaba más rápido de lo que podían controlar. Al empezar el segundo largísimo mes de su permanencia en Lima, María Ucllo casi ya no podía retener más tiempo en su vientre la guagua que se le caía.

          Durante el mes de Octubre, Julián y María aprendieron a bajar hasta la Colmena. En esos días toda la gente se vestía de morado y sacaban al Cristo en procesión y compraban turrón y medallitas pero a ellos les era cada vez más difícil vender su maíz tostado que traían desde arriba, desde la Parada.

          Les pareció entonces mejor dejar su cuarto en la avenida Cocharcas y tratar de encontrar otro más cerca del Rimac para tener que caminar menos y llegar más rápido hasta la Colmena y vender más de su maíz tostado y de su mote.

          El final del mes de Octubre debió llegar sin que ellos lo supiesen porque Julián y María Ucllo descubrieron que la gente ya no se vestía con hábitos morados y que ya no llevaban cordones blancos amarrados en la cintura y ya no compraban nada. Ellos habían abandonado ya su cuartito de arriba y todavía no habían encontrado otro abajo.

          La noche del 4 de Noviembre, estaban debajo de un puente en el Rimac. Julián abrigó con su poncho a María Ucllo y en silencio la ayudó a recibir a su guagua.

          Julián tenía entonces dos mujeres a su cuidado, las limpió, las abrigó, las consoló, les cantó. Vio como María Ucllo amamantaba a la guagüita y como le tarareaba bajito y como lloraba. Toda la noche la pasaron entre dormidos y despiertos cuidándose uno al otro debajo del puente. Nadie los vio.

          El martes amaneció y Julián se fue tempranito a traer algo de comer para María y para él. Todo el día lo pasaron ahí abajo y el miércoles también. Apenas comieron, no tenían más plata y Julián no sabía robar. Huanipaca estaba muy lejos para los tres.

          La noche del viernes no durmieron.

          El sábado en la mañana María Ucllo apenas tenía leche, Lo decidieron, Por lo menos la guagua viviría en la capital. La envolvieron en el poncho de Julián y cuidadosamente la protegieron debajo de un banco en la plaza Unión.

          Antes de dejarla se quedaron sentados a su lado durante mucho rato. No se miraban entre ellos. Ambos miraban la camita que le habían hecho debajo del banco. Solamente le dejaron afuera la carita para que respirase. Cuando fue el momento se levantaron. Por lo menos la guagua desde ahora, podría comer.

          Entonces pensaron en Huanipaca, en la choza cerrada y en el perro en la puerta.

          Si hubiesen podido leer hubiesen sabido que los guerrilleros habían tomado por asalto algunos pueblos indígenas cercanos a Abancay y que estaban reclutando a todos los hombres e inclusive a los niños y que muchos de ellos morían a balazos y que las mujeres se quedaban solas en sus chozas, con sus hijos y sus llamas y sus perros.




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PAGINA ACTUALIZADA EL 6/1/2009