VOLVER_________SIGUIENTE

El ritual del chocolate

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

                Estando ya en la universidad noté que hay personas que son agujeros negros, absorben toda la energía que hallan a su alrededor. Las cosas que se les dicen no producen en sus pupilas el reflejo característico de la comunicación humana, sino un velo opaco que oculta su personalidad succionadora. Son falsos espejos, sólo reflejan sombras; son faros de oscuro silencio, su mundo no es el de la claridad sino el de las tinieblas. El magnetismo que desprenden es tan fuerte que ante su presencia el sujeto despojado siente frío intelectual y remordimientos de conciencia por haberse atrevido a ser el dueño original de la idea que su interlocutor digiere y explota como propia y sumerge en sus tenebrosas entrañas. Desde entonces yo me alejo de estos déspotas porque si permanezco unos instantes a su lado me siento intelectualmente harapiento, débil, y mi ánima se siente incapaz de pronunciar sílaba alguna por temor a sufrir de muerte súbita.

                Cuando yo era chico, tan chico que podía caber en una copa de helado y llenarme de jarabes de colores, recuerdo que íbamos a una cafetería tres veces al año: los días de cumpleaños de cada uno de mis hermanos. Era la forma como mi padre nos festejaba, llevándonos al Pam-Pam de la avenida Larco. Allí yo me convertía en helado de vainilla y dejaba que los jarabes de caramelo, fresa y chocolate me resbalaran por la espalda. El de chocolate venía caliente en una jarrita plateada y mi madre me lo echaba por encima con delicado gesto de veterana sacerdotisa, como es costumbre en las familias de chocolateros como la mía.

                Dichosa época en la que carecía de identidad y no sabía lo que era el transcurrir del tiempo. Pasaba gran parte del día convertido en bicicleta, pupitre de colegio o personaje de cómic y tres veces al año en helado de vainilla y chocolate.

                Un día al salir de clase me encontré con un señor vestido de negro, no sé si era un profesor o el padre de un compañero, me dirigió varias preguntas que ahora no recuerdo. Intuitivamente huí despavorido y ahora caigo en la cuenta que fue el primer agujero negro que había encontrado en mi vida.

                La experiencia me ha demostrado que abundan los agujeros negros por el mundo en cuerpos de hombres y mujeres, que hablan por la radio y escriben novelas, que se mezclan en las conversaciones familiares y que a veces tienen cara amable y sonrisa meliflua y otras son serios y te miran por encima del hombro, pero todos encerrados en su férrea oscuridad.

                Para curar el malestar que proporcionan estos malignos seres que pululan por la tierra no tengo otra medicina que el recuerdo del chocolante caliente que mi madre vertía en la copa de helado cuando yo cabía dentro. Es el antídoto contra incomprensión y la intolerancia.



IR A LA PAGINA PRINCIPAL
IR A OTROS RELATOS
PAGINA ACTUALIZADA EL 29/11/2008

free web stats