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La muchacha

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

                Se abrió el escote del mandil y de sus amplios pechos asomó un pollito, la bombilla de 25W de la cocina iluminó su pelusa amarilla sobre la piel morena de la muchacha.

                Yo tenía unos ocho o nueve años y serían las siete de la tarde.

                Ella sonrió entusiasmada y me pareció que bizqueaba de placer.

                - ¿Es tuyo? -le pregunté.

                - Sí. He incubado un huevo entre mis pechos y ha nacido.

                - Entonces es tu hijo -le dije con incredulidad.

                - Claro -afirmó metiéndoselo delicadamente en el sostén.

                Yo no había despegado mis ojos de sus pechos y alcancé a vislumbrar un pezón oscuro. No había nadie en mi casa. Mi madre había acudido a uno de los habituales cocktails diplomáticos acompañando a mi padre.

                - Déjame verlo de nuevo -le pedí.

                - Cuando seas mayor -me respondió con picardía.

                En ese momento sonó el timbre. Era el jardinero que venía a buscar una podadora, según explicó. La muchacha lo acompañó al trastero que estaba en el patio al lado de su dormitorio.

                Seguidamente oí piar al pollito. Atisbé por la ventana de la muchacha que daba al patio y vi que el pollito andaba suelto por su habitación, saltó a la cómoda, se miró al espejo y no paraba de piar como si fuera un juguete de cuerda.

                Semanas después mi madre se alarmó al ver que el vientre de la muchacha se empezaba a abultar. Lo comentaba con mi padre cada vez más irritada.

                - Es que ha tenido un hijo -me atreví yo a aclarar el misterio un día a la hora del almuerzo.

                Mi padre me miró con hosca perplejidad:

                - ¡Tú que sabes! -me increpó.

                - Empolló un huevo en sus pechos -insistí.

                Mi padre entonces me castigó sin salir de mi cuarto.

                Cada mañana mi diversión favorita consistía en "aguaitar" a la muchacha cuando se duchaba para ver si le seguía creciendo la barriga. Me sorprendía que el agua resbalara por su cuerpo dejándole el ombligo seco.

                Una madrugada me desperté al oir ruidos y carreras en la planta baja. Los perros ladraban detrás de gente desconocida. Desde la ventana distinguí al jardinero y a otros como él que se movían nerviosos a la entrada de la casa. Entre todos se llevaron a la muchacha echada en una manta. Días después apareció ella con un niño de ojos vivos en brazos.

                Mi madre la recibió en el jardín. Vi que le negaba algo con la cabeza y que luego le entregaba una bolsa con la ropa que yo ya no me ponía.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 4/10/2009

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