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EL ARTE DE SABER FIRMAR (Inédito)
AUTOR: Carlos Meneses. Premio Nacional de Teatro del Perú.


EL ARTE DE SABER FIRMAR

Para Alfonso Ortega Carmona
        Está entre ellos de pie: serio, receptivo, animado. Le indican que es necesario que firme los ejemplares de su última novela. Ven que él asiente con la cabeza. Le convocan a las cinco en punto y le recalcan que sea puntual. Le advierten que de su firma depende, en gran parte, el éxito de venta del libro, y que la venta, como el lógico, determinará la cuantía de sus derechos de autor. Le dicen, también, que de preferencia sea generoso en las dedicatorias a los compradores, escribiendo largos y amables párrafos, ya que esto determinará que, atraídos por la buena acogida que dé a los primeros lectores, se dupliquen o tripliquen los clientes. Le aconsejan que venga vestido con su mejor ropa y, de preferencia la procure nueva y, además, llamativa, pues, resultará un elemento de captación para los posibles compradores de su libro. Le sugieren sin rodeos, que continuamente sonría, que por lo menos cambie una o dos palabras con cada una de las personas que le soliciten autógrafos, y que resultará más práctico y positivo que permanezca en pie mientras firma. Le insinúan con amables palabras que si alguna persona ha comprado dos o más ejemplares -cosa inusual pero que puede suceder- procure calificarla, en lo que le escriba en el libro, de inteligente y de gran amigo, por tratarse de un lector importante y que, si el comprador hace alguna referencia a su libro, se ofrezca para una futura conversación, que se podría realizar telefónicamente, y en la que él podría aclarar cualquier secreto o clave de la novela. Le presentan al jefe de relaciones públicas de la empresa, quien se muestra dispuesto a hacer una demostración de cómo deberá comportarse durante la jornada o jornadas. Le conducen al lugar donde se habrá de situar en espera de los clientes. Le repiten por enésima vez, que de ninguna manera debe dar por terminado el trabajo mientras haya clientes a su alrededor. Se sitúan a prudencial distancia para contemplar su actuación. Ven transcurrir las horas, le ven sonreir, conversar, ven la llegada y salida de los clientes, cada vez en mayor cantidad. Tras unas horas de firma, le entregan nuevos bolígrafos para que reemplace a los que ha gastado. Notan cómo le empieza a temblar el pulso, ven con toda claridad su rostro pálido y desencajado, captan con nitidez los esfuerzos que hace para disimular un bostezo. Entienden que con la mirada les está pidiendo algo de comer y beber, observan cómo apoya la espalda curvada por la fatiga, contra el marco de la puerta. Comprueban su cansancio atroz pero tras mirar el reloj consideran que ha llegado la hora de dormir y se echan en sendos sillones. A la mañana siguiente tiene un amable despertar, pues, comprueban que nada se ha alterado, aparte del ajado semblante del escritor. Deciden darle ánimos, haciéndole gestos optimistas y lanzándole gritos deportivos. A pesar del rostro lánguido ven que se recupera y firma con mayor ahínco. Se frotan las manos pensando en los pingües ingresos. Comentan la llegada de una nueva noche, hablan del mal clima, de las absurdas opiniones de algunos lectores. Vuelven a recostarse en los sofás, duermen a pierna suelta, roncan sin ningún recato. Cuando despiertan tienen la mirada ansiosa por ver si ha descendido el ritmo de las ventas. Lo descubren bastante encorvado, con la barba negra y muy crecida, y los ojos perdidos en una cuencas verdosas. Llegan a la conclusión que sería apropiado traer al barbero, así como también, que el público respondería con mayor entusiasmo durante el tiempo que lo estuviesen rasurando. Almuerzan con gran apetito. Leen los diarios vorzmente, miran y comentan las fotos del día anterior, en las que se ve al escritor rodeado de centenares de personas. Toman café, fuman, charlan sobre los más variados temas, hacen la siesta, despiertan con un ligero malestar. Lo atribuyen al mal tiempo. Le buscan con la mirada y lo hallan transido de fatiga. Comentan la posibilidad de ofrecerle una taza de té, pero hay opiniones en contra y el tiempo transcurre sin que la infusión le sea alcanzada al novelista. Llega una nueva noche y se adormecen escuchando las ideas publicitarias -sobre la manera de atraer más clientes- que con gran entusiasmo les refiere el jefe de relaciones públicas. Despiertan muy tarde, con las voces del tumulto. Nerviosos preguntan qué pasa. Se abren paso entre el remolino de gente. Le ven tendido en el suelo. Exánime. Le piden que se reincorpore, le gritan al oído que de su firma dependen sus derechos de autor, se dirigen a las chicas vendedoras para inquirir cuántos ejemplares han salido en las últimas veinticuatro horas. La respuesta les deja muy satisfechos, pero mantienen el convencimiento de que aún se puede aumentar esa cifra en los días siguientes y, que por tanto, sería aconsejable reanimar al autor para que prosiga con su tarea. El médico que ha llegado tras una llamada telefónica, lo examina con detenimiento, y tiene una expresión grave en la mirada. Toma el pulso una y otra vez a esa mano inerme. Se pone de pie y les dice sin ambages, con voz cansada, que es inútil que le pidan que se ponga de pie, que ya no firmará más libros, nunca más. Disgustados dan la espalda al médico y se dirigen al despacho, revisan con alguna prisa la programación para los días posteriores, encuentran el nombre del siguiente novelista. Cambian algunas opiniones. Se sirven café, llaman a la secretaria y le ordenan que busque, con toda urgencia, al nuevo firmador de autógrafos. Continúan la charla. Uno ha colocado los pies sobre el escritorio, otro enciende un cigarrillo, un tercero telefonea a las vendedoras para saber con exactitud la cifra total de libros que han salido.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 12/4/2001