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Novela inédita AFRODISIA (extracto)
AUTOR: Leopoldo Perdomo

EL NACIMIENTO DE ATENEA

         Aunque son muchos los ecos del pasado que nos han llegado con el viento, estos sólo son una parte ínfima del todo. De modo que un día me dije: Es posible reconstruir el pasado, recomponer la imagen completa, o buena parte de ella, a partir de los fragmentos que llegaron hasta el presente. Sentí que era posible recoger las partículas de aquellas fabulosas historias que aún vuelan en el viento. Esto no es nada sencillo. Pues requiere una concentración infinita y una inmensa labor para capturar esas partículas minúsculas. Este trabajo se acrecienta, porque en el viento también se transportan las partículas infinitas de otras muchas historias y la selección se vuelve laboriosa y mortificante.
         Gracias a ese trabajo, que me ha llevado siglos, hoy puedo presentar la instructiva historia de Atenea y su prodigioso nacimiento en el monte sagrado del Olimpo. Esto me obliga a ciertas aclaraciones, ya que algunos me pueden tomar por embustero. El caso es que Atenea tuvo la fortuna de nacer varias veces y en lugares muy diferentes. En esto la diosa no iba a ser inferior a las otras divinidades que han tenido el mismo capricho. Y aunque resulta chocante a los profanos, esto no extraña nada a los entendidos. Hoy sabemos que estos múltiples nacimientos fueron autorizados expresamente por el Cosmos que controla el nacimiento de los dioses.
         Pero no quiero extenderme en detalles teológicos que retrasan el albor de esta historia. Yo mismo estoy impaciente por contarla.
         Se dice que el divino Zeus, Príncipe del Olimpo, El Mejor y El Mayor entre todas las divinidades, tuvo cierto día un breve instante de debilidad. Unos dicen que se quedó dormido durante cinco segundos. Otros afirman, con idéntica certeza, que fue mucho más tiempo. Sea lo que fuere, parece claro que el divino Zeus se debe haber quedado alguna vez dormido. Aunque solo fuera un breve momento.
         Otras historias afirman que esa debilidad hipnótica le ocurre con cierta frecuencia. Y se apunta, incluso, el motivo de algunas de esas ausencias. Se dice que anda entretenido y que se duerme con frecuencia en el lecho de alguna princesa muy bella que le vuelve loco de pasión. Algunas lenguas piadosas afirman con mucha fe que Zeus Poderoso no puede ver a una bella princesa sin sentir un engrosamiento de su divino apendice, poderoso, germinal y placentero donde los haya. Y, aquellos que, por pudor, evitan estas manifestaciones, tampoco niegan las virtudes numerosas del cipote divino.
         Sea como fuere, el momento preciso de esta hipnosis remota no está bien definido. Pero hoy sabemos, gracias a los avances vertiginosos de la teosofía, que Zeus concibió a la misma virgen Atenea dentro de su propia cabeza. Como consecuencia de este fenómeno, la cabeza de Zeus comenzó a crecer de un día para otro de un modo notorio.
         Según pasaban los meses, la cabeza divina crecía, más y más, y adquiría un tamaño monstruoso. Este desarrollo placentario del cerebro se acuerda perfectamente con las normas establecidas por el Cosmos para las divinas concepciones.
         De tal modo creció la cabeza que el divino dolor se hizo insoportable. Y, según se subía al infinito la horrible cefalea, los rugidos potentes de Zeus atronaban con una fuerza mayor por todo el Olimpo. Y, con estos estruendos, las inmensas rocas del monte se removían angustiadas en sus propios cimientos. Como consecuencia de esos gritos poderosos, los dioses y las diosas sintieron un gran pavor y corrieron a refugiarse en las cavernas y las zonas boscosas del monte, al tiempo que se protegían con sus manos los divinos oídos.
         Y todas las aves cantoras, y hasta las carroñeras y las aves de presa, abandonaron los predios sagrados del monte. Y los ciervos y jabalíes también huyeron del lugar y se fueron por las zonas derruídas de las murallas que circundan el sacro monte. Estas son las mismas murallas que protegen los secretos divinos de las miradas indiscretas. Y es precisamente por esas zonas arruinadas por donde entran y salen los mensajeros humanos para informarnos de las aventuras que se corren las divinidades más casquivanas del Olimpo.
         Así que la cabeza de Zeus fue creciendo. Y a eso de los nueve meses, los alaridos provocaban un derrumbe parcial de las ciclópeas murallas. Y se sentía un retumbar del firme suelo que temblaba de miedo. Y tan fuertes eran esos gritos que vinieron a oírse en las ruidosas fraguas que tiene bajo el monte el dios Hefestos; el Herrero Habilidoso del Olimpo. Éste, a pesar de su fuerte sordera por efecto de los infinitos martillazos, vino a oír los gritos horribles de su padre putativo. Aunque algunos dudan de esta paternidad. En cualquier caso, Hefestos abandonó de inmediato sus tareas de eterno martilleo. Y cogiendo el hacha sagrada, esa de doble hoja y filo sobreagudo, salió presuroso de la caverna. Iba el dios, como siempre, cojeando de ambos pies y salió medio ciego, por el hábito de sus ojos a la débil luz de las cavernas. Gracias a la sordera del Herrero Divino se pudo acercar sin temor hasta la fuente de aquellos horribles y poderosos gritos.
         Una vez en el lugar, pudo ver a su padre, Zeus Poderoso, en un estado lamentable. Allí estaba con la cara deformada por un dolor infinito y por la inmensa hinchazón de su cabeza. Sin dudarlo un momento, levantó el hacha poderosa y pesada. Pero, en sus brazos potentes, el hacha no pesaba más que una vara de avellano. Y, con el arma en lo alto, se dispuso para asestar el golpe certero. Era éste un momento tenso, pues apuntaba directo a la cabeza de su padre. Y asestó con fuerza el golpe divino. Y así fue como quedó separada en dos partes aquella singularidad. De una parte, quedó la hinchazón monstruosa y, de la otra, la cabeza del dios. Y por esa abertura repentina surgió poderosa la divina Atenea. Pero, no surgió como una criatura lactante y desvalida, si no como una diosa plenamente desarrollada; con la excepción de sus discretos pechos. Al nacer ya llevaba en su mano diestra la temible lanza y en la siniestra el potente escudo de bronce bruñido. Adornaba su cuerpo con una túnica de deslumbrante blancura que ocultaba con gracia infinita los relieves de su cuerpo virginal. Y al surgir a la vista la nueva diosa, se escuchaba una dulce melodía. Y un perfume embriagador, como el que exhalan las rosas de Esmirna, se difundió por todos los rincones del Olimpo. En cosa de pocos minutos, el rostro del divino Zeus se recompuso. Y se recogieron y aglutinaron los tejidos de la inmensa matriz cefálica. Y, de este modo prodigioso, el poderoso Zeus recuperó su imagen de guerrero invencible. Con el cese de los horrísonos gritos y la difusión del perfume portentoso, los dioses y las diosas, que estaban escondidos por el bosque, se fueron acercando con cautela hacía los parajes donde reposaba el supremo Zeus. Supieron de inmediato que había nacido una nueva diosa al sentir el perfume y la divina melodía. Y se vio que las aves canoras regresaban a sus nidos y a sus ramas predilectas. Y que las águilas volvían a sus perchas inaccesibles; y los corzos y los jabalíes retornaban al monte para entretener a los dioses en sus eternas cacerías. Y se volvía a oír el murmullo de la brisa entre las hojas de los árboles. En fin, que todo volvía a la normalidad.
         Con estas certidumbres reconfortantes, los dioses y las diosas se acercaron para contemplar a la diosa recién nacida y felicitar al padre del Olimpo por el fausto natalicio. Pero, el dios del trueno, afectado todavía por el tremendo esfuerzo de este parto cerebral, aceptó con mucha modestia las felicitaciones y trató de quitarle importancia a un hecho tan prodigioso. Luego, señalando al Fornido Herrero, les dijo: "Ahí tenéis a la partera que ha hecho posible este portento. Debéis felicitar a Hefestos. Pues aunque soy el máximo y el mejor de los dioses, yo no habría podido hacer toda esta labor por mí mismo".
         El Herrero Divino agradeció las felicitaciones de los dioses y las diosas. Y luego se dirigió a la recién nacida, Atenea, y le hizo un regalo prodigioso. Aquí te entrego, dijo, este casco de guerra milagroso. Si algún día te ves en peligro, ponlo sobre tu bella cabeza, y no sufrirás daño alguno.
         Luego de esta corta ceremonia, todas las divinidades se pusieron a admirar el porte de la diosa. Y se daban vueltas en torno de ella para recrearse en su belleza y su apariencia juvenil. Y al hablar con ella, se dieron cuenta de su gran inteligencia. Esto fue motivo de gran asombro pues era una diosa recién nacida. Artemisa pronto quiso probar su talento jugando con Atenea a una partida de damas y todos los dioses hicieron de inmediato un corro en torno de ellas. Y cual no sería la sorpresa de todos cuando vieron que Atenea la vencía rápidamente y con gran facilidad.
         Luego, Artemisa quiso tomarse el desquite jugando al tejo. Pues a pesar de los milenios que llevaba en el Olimpo, aún era una diosa totalmente virgen y le encantaban los juegos infantiles. Nuevamente, la diosa Atenea ganó a este juego con una facilidad pasmosa. Todos quedaron admirados de la destreza inesperada de la nueva diosa. ¿Alguien está pensando en nuevo desafío? preguntó Atenea de improviso. Todos se miraron, los unos a los otros, para ver quien arriesgaba su prestigio. Así que acabaron poniendo sus ojos en Ares, el joven dios de la guerra. Este dios iba siempre equipado con su lanza y su pesado escudo de bronce. Y no dejaba nunca las armas; ni para dormir, ni con motivo de bodas o banquetes. Y aunque nadie dijo una palabra, Ares entendió la petición de todos. Pronto se formó un corro bien ancho y allí en medio se vieron frente a frente, Ares y Atenea. No voy a relataros en detalle las partes del combate para no alargar mucho la historia. Pero, Atenea pronto se demostró superior al joven dios Ares que se vio en el suelo inerme, sin lanza y sin escudo.
         Atenea tenía un aire de virgen avispada y joven. Pero, con su lanza en una mano y su escudo en la otra, parecía también un dulce efebo bien entrenado en las artes de la guerra. Esto levantó en algunos dioses, los más proclives al libertinaje, unos deseos mal controlados de conocer más a fondo a la nueva diosa. Y con esas aviesas intenciones se ofrecieron a Atenea para enseñarle todos los parajes más escondidos y los rincones más bellos del Olimpo.
         De este modo, partieron con la diosa en alegre algarabía, saltando y brincando, para simular una juventud chispeante que nunca habían tenido. Habían recorrido ya cosa de quince o veinte estadios, cuando se vieron en medio de un paraje boscoso y cálido. Fue entonces cuando los dioses lascivos comenzaron a dejar ver sus intenciones y se acercaban a la diosa mostrando sus pasiones enhiestas y desatadas. Pero, Atenea, inocente, corría como una cervatilla por entre los árboles. Los dioses lúbricos corrían tras ella y jadeaban, pero no conseguían alcanzarla. Trataron estos de cercarla para obtener cuanto antes el provecho que les llevó tras ella. Y por el ardor creciente de sus hinchadas pasiones se fue impregnando el aire de unos efluvios lascivos muy potentes. Al sentir estas emanaciones, la joven diosa Atenea sintió una opresión en su pecho, que no podía respirar y le faltaba el aire. Ante esta situación, sacó de su zurrón, hecho con piel de cabra, el casco de guerra milagroso que acababa de regalarle Hefestos. Y, al ponerlo sobre su cabeza, la diosa se volvió invisible a la mirada de los dioses libertinos. Estos quedaron como cegados por una luz difusa y así ocurrió que los unos se tropezaban con las pasiones candentes de los otros. Y se perdieron dando vueltas por el bosque. Trataban de olfatear la presencia de la diosa, pero sus propios y potentes efluvios lascivos, les habían atrofiado el sentido del olfato. Es por eso que no podían percibir los aromas mucho más sutiles que emite una diosa virgen.
         Cuando los efluvios lascivos se expandieron por el aire puro y fresco del Olimpo, hubo diosas que se vieron afectadas. Y empezaron a vagar por los parajes boscosos y olfateaban el aire con ansias en todas direcciones, buscando la fuente de aquellas pasiones descomunales. Ellas mismas se vieron afectadas por los efluvios y perdieron la razón. Así que no hacían otra cosa que buscar un alivio para la urgencia que las tenía prisioneras. Y se iban de un lado para el otro, olfateando y perdidas en aquel inmenso bosque.
         Atenea, ya repuesta de aquel ataque a su respiración por la virtud del casco milagroso, regresó al corro donde charlaban los dioses más sabios y sensatos. Desde entonces, Atenea solo platica con los dioses sabios y evita las zonas boscosas del Olimpo. Pues, con su infinita perspicacia, ya sabe lo que buscan esos vagabundos lascivos.
         A pesar de los milenios transcurridos, Atenea sigue siendo un modelo de virtud y castidad; ejemplo sin igual para las doncellas y las viudas atenienses. Y su sabiduría se ha ido incrementando con los tiempos. Es la protectora de Atenas y se la conoce como inspiradora de las ciencias y patrona de la navegación. Pues en tiempos remotos hizo un largo viaje por mar desde Libia hasta las tierras de Ática, por lo que enseñó las artes de la navegación a los atenienses. Su templo se ha hecho muy famoso y rico. Y gracias a la generosidad de los fieles se le hizo una estatua de grandes dimensiones. Está toda ella cubierta de marfil y adornada con abundantes joyas de oro y plata.

ADENDA:

En esta historia solo se refieren los datos oficiales autorizados por el concilio de los arcontes y el Santo Colegio de las sacerdotisas de la diosa. La difusión de doctrinas blasfemas o heterodoxas serán motivo suficiente para desterrar a los impíos.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 12/4/2001