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CONJETURAS Y OTRAS COJUDECES DE UN SUDACA    I.S.B.N.: 84-605-6229-8
AUTOR: L. de Trazegnies

CULTURA HISPANICA

 
"...así he vivido yo, con una vaga prudencia
de caballo de cartón en el baño".

Luis Rosales

Me escrutaba con sus ojillos azules color agua, más de río que de mar, mientras yo pensaba: "¿Qué fue lo que pasó para que este hombre prefiriera quedarse en la España de Franco después de la guerra, conviviendo con algunos de los asesinos de su amigo Federico García Lorca, en vez de irse a México o a la Argentina?"

-¿Me dice usted que quiere ser poeta?- me preguntaba como asintiendo.

Luis Rosales hablaba amablemente, con tono pausado, desde su cara redonda, desde su alma redonda, en su despacho redondo de Cultura Hispánica. Parecía pesarle el gran secreto que guardaba: los últimos días que Lorca estuvo en su casa, antes que se lo llevaran para fusilarlo en Víznar. La casa familiar de los Rosales en Granada debió ser una casa de techos altos y noches largas. En los primeros años 60, cuando yo lo conocí, sólo habia desvelado esos trágicos momentos a poquísimas personas, en el extranjero, después conocidos por la documentada investigación que realizó el hispanista Ian Gibson.

Peligrosos son los gobiernos que primero asesinan a sus poetas y luego publican sus libros y les hacen homenajes. Peligrosos principalmente para los lectores que terminamos sin saber qué y a quién leemos. Luis Rosales encarnaba esta siniestra paradoja de la España franquista. ¿Víctima o verdugo?

Viendo las fotos de ejecuciones callejeras, había comprobado con estupor que las cabezas de los fusilados suelen tener el mismo aspecto y la misma expresión que las de sus verdugos; lo que me confirmaría en mi creencia que las ejecuciones son tambien una forma de suicidio colectivo. En este caso era tambien un suicidio cultural. Las circunstancias lo hicieron aún más repudiable, de nada valió que Luis Rosales intentara salvar a su amigo: murieron los dos, Lorca físicamente y él quedó como el fantasma custodio de la memoria viva del crimen.

A Federico García Lorca lo fusilaron casi sin preámbulos entre un banderillero y un maestro de escuela, en paseíllo fatal a la luz de la Luna. Al otro gran poeta, Miguel Hernández, lo estuvieron matando en una celda durante tres años seguidos; en 1942 terminó de morir tuberculoso en la cárcel de Alicante.

-Y quiere ser usted poeta en España- me repitió como dudando.

Lo intentaré, le respondí desde lo alto de mis veinte años. Empecé a frecuentar la tertulia literaria que dirigía Rafael Montesinos en la salita del primer piso del Instituto de Cultura Hispánica y pude ver al poeta Luis Rosales, en más de una ocasión, arrastrando sus terribles recuerdos del crimen de Granada, por los pasillos y los despachos de esa institución franquista dedicada a Hispanoamérica. ¿Así le pagaban su silencio?

-¿Está seguro?- me inquirió por última vez agarrando con la mano izquierda el pomo de la puerta, y su temblor hizo vibrar los cristales.

 

Autobiografía
    Como el náufrago metódico que contase las olas que le bastan
    para morir,
    y las contase y las volviese a contar, para evitar errores,
    hasta la última,
    hasta aquella que tiene la estatura de un niño y le cubre la frente,
    así he vivido yo, con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño,
    sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
    sino en las cosas que yo más quería.

    - Luis Rosales

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PAGINA ACTUALIZADA EL 29/8/2001