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CONJETURAS Y OTRAS COJUDECES DE UN SUDACA    I.S.B.N.: 84-605-6229-8
AUTOR: L. de Trazegnies

CUARENTA CERVEZAS

         El Chispa siempre sostuvo que la cerveza no emborracha.
         -Me puedo tomar cuarenta vasos en una hora- alardeó.
         Y surgió la apuesta. En tardes tan monótonas y tan frías podíamos apostar cualquier cosa. El Beni se apostó un día que se lavaba la cara con orines y ganó. En otras ocasiones nos habíamos apostado acostarnos con la prostituta más vieja y fea del "Palmera" y luego se discutía entre cervezas quién había sido el ganador sin ponernos nunca de acuerdo. Consideramos ingenua la apuesta del Chispa, aunque podía ser una manera de pasar la tarde de domingo en el monasterio imperial (he tenido que hacer un esfuerzo para que no me saliera "infernal", últimamente lo confundo todo).
         Si me tomo las cuarenta me las pagáis, más mil pesetas sobre la mesa -, insistió.
         - Aceptado-, convinimos.
         Escogimos el bar del elegante hotel Victoria, por su tranquilidad. En invierno no tenía apenas huéspedes. Se comentaba que una vez estuvo allí Ava Gardner con Luis Miguel Dominguín, huyendo de su vecino de Madrid, personaje importante del franquismo, que se quejaba de la forma estrepitosa con que solían hacer el amor. En El Escorial no los oiría nadie.
         Pedimos la primera tanda, fresca, espumeante. El camarero la sirvió con desconfianza. El Chispa empezó a beber en seguida, casi con prisa y al terminar el décimo vaso pidió ir al baño. Hubo quien se opuso: "Así no vale", alegó.
         - Es que si no meo reviento- explicó el Chispa con ojos enrojecidos.
         - Mear sí, pero "buitrear" no- tercié.
         Los andaluces no tuvieron ninguna dificultad para adivinar el sentido de mis palabras, pero un compañero valenciano de la residencia preguntó:
         - ¿Buitrear?
         - Sí, vomitar, en peruano- respondí.
         - Claro, eso no vale. Así cualquiera.
         El Chispa ya volvía del baño con movimientos torpes.
         - Llevas veinte minutos- le avisó el cronometrador.
         Respondió con un gesto torero de la mano para indicar que lo tenía todo controlado. Otra ristra de vasos espumosos le esperaban en la barra del bar. Cogió uno con sumo cuidado, como escogiendo la cerveza mas clara. Luego siguió con el resto, de izquierda a derecha, bebiendo casi sin respirar, jadeando un poco. Al terminar se agarró a la barra y dijo:
         - No pasa nada, sólo necesito mear otra vez.
         El valenciano lo acompañó al baño, "pero sin buitrear", le dijo, estrenando su nuevo léxico.
         Fue recto, eructando, pero volvió desequilibrado, escorado, como si se hubiera vaciado, tropezándose con las mesas.
         - No pasa nada- repitió-, ya termino.
         - Vas por la mitad y todavía te quedan veinticinco minutos.
         - No va a poder- intervino el camarero con mueca que denotaba experiencia.
         El Chispa se encaró a la siguiente ristra de cervezas con más ganas, desafiante. Entre sorbo y sorbo respiraba profundamente, y sonreía, seguro de ganar la apuesta. A veces se le torcía la boca al intentar articular alguna palabra y parecía que sus labios esbozaran una nueva sonrisa.
         De pronto se remeció como si le hubiera caído encima una de las vigas imperiales y se agarró a la barra con gesto simiesco mirando para arriba.
         - Para ya, Chispa- le dijimos-, te damos la apuesta por ganada-, y empezamos a rebuscarnos los bolsillos.
         Pero él continuó, su orgullo le impedía parar y se bebía hasta los conchos de los vasos, mirándolos como si esperara encontrar algo dentro.
         -¿Hasta los qué?- preguntó nuevamente el valenciano.
         - Hasta los posos, los culos de los vasos, en peruano.
         - Ah, bueno!
         - Para ya, Chispa ¡joder!
         Pero el Chispa se enfrentaba a la última ristra con su media sonrisa plastificada, como foto de chimpancé girando en "carrusel". Una a una, sin levantar la vista, continuó vertiendo las cañas de cerveza en su garganta inflamada.
         - Has ganado- admitimos, cuando se le cayó el último vaso al suelo.
         Entonces soltó una carcajada y mirando fijamente al camarero le gritó con toda la agresividad que pudo reunir y poner de pie unos segundos:
         - Ahora un coñac ¡coño! ¡coño! ¡coñac, coño!
         Tratamos de impedirlo. El Chispa estaba fuerte, de un sólo manotazo tiró a cuatro. Elevó la voz, pero no se le entendió nada, hubo forcejeos y empellones.
         - Si no se lo pongo, me rompe el bar, el cabrón este- se justificó el camarero, mientras le alcanzaba la copa.
         El Chispa se la bebió en silencio, casi religiosamente, besando el líquido, como deben beber los camellos cuando se detienen las caravanas. Luego se desplomó.
         Atraída por los gritos apareció una Ava Gardner rejuvenecida, en bata roja, quejándose en inglés. Creo que ella fue la que llamó al médico... y a la policía.
         El doctor nos dijo por teléfono que lo mantuviéramos despierto hasta que él llegara. Le pegábamos cachetadas, le pellizcamos las orejas, le metíamos "cocachos" en la nuca, pero nada; el camarero le puso hielo en los huevos, ni así. El Chispa dormía con ronquidos cavernícolas.
         Se lo llevaron en el taxi del pueblo al centro de salud más próximo; no llegó. Había nacido en la provincia de Cádiz. Un ataque al corazón interrumpió su último ronquido a mitad de la noche, por una carretera comarcal de Navacerrada.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 12/4/2001