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De vida en vida (Extracto)               I.S.B.N.: 970-651-230-6
AUTOR: Ricardo Garibay
OCEANO. México, 1999

MANUEL SCORZA

         -Me golpearon tanto -me dice Manuel Scorza-, me golpearon tanto los países hispanoamericanos, qué te diré, México, Argentina, Venezuela, Cuba, mi propio Perú, no sabría decirte quién me pegó menos o dónde fui yo más insensato, más torpe o más inerme, dónde perdí más. ¿Tú me entiendes? Me quedé con los huesos saliéndoseme de la piel...
         -Calma -digo-, hubo un tiempo en que fuiste millonario.
         -Ciertamente, pero créeme, fue un tiempo de ser millonario para caer desde más arriba, para tener mucho menos después.. Eso es tal vez lo que recuerdo con más pena: cómo teniéndolo todo aparentemente, la fama, el dinero, la confianza en mí mismo, el amor, la poesía, cómo ya me sentía desbocado hacia el fracaso total; me veía de paso en aquella abundancia, sabía de algún modo muy interior, muy inexplicable, que en cualquier momento iba a quedarme sin nada, sin nada ¿me entiendes?, en la miseria y el abandono. Me meaban los perros ¡pero oye, esto no es metáfora, me meaban los perros a media calle! ¿Tú sabes lo que es que estés parado en una esquina de cualquier ciudad, con el vientre hecho un rechinadero de hambres, lloviendo, los zapatos rotos, sin pasaporte, ya sin mujer y sin hijos, temblando al paso de cada policía, sin poder decirle a nadie: oiga usted, buenas tardes?, ¿se acuerda de mí? Yo soy Manuel Scorza... ¿y que de repente se te acerque un chucho, te ronde, te olisquee, alce la pata, descargue en la hilacha mojada que llevas por pantalón, y luego, encima, algo lo irrite, tal vez tu ruina, tu porquería, y te muerda ligeramente, con desprecio, y se aleje poco a poco, sabiendo que no te queda ánimo ni para darle una patada?
         Cuando acabamos de reir y me asegura que ésa es historia rigurosa, que le sucedió no recuerda si en Asunción o en La Paz, le pregunto:
         -Y cómo fue, cómo no pudiste prever nada, salvar lo más importante, el amor o la gana de pelear...
         -No sé, nunca sabré bien qué pasó. El derrumbe fue velocísimo, estrepitoso y total. En tres o dos meses estaba yo sin nada y la cárcel esperándome. Tuve unos días de paz, casi de felicidad cuando decidí suicidarme. Después me di más de cien explicaciones irrefutables sobre cómo renació la esperanza. Eso tampoco lo sabré ya a ciencia cierta, pero acaso haya sido cierto que a fin de cuentas es lo único que nos hace vivir, esto que tú haces, que yo hago, que hace Rubén Bonifaz: escribir ¿no?, porque ¿qué otra cosa? Acaso fue como si me hubieran dicho: ¿y cuándo y quién escribirá lo que yo debo escribir ahora mismo?
         Desayunábamos en el comedor del hotel frente al cine Roble. Al día siguiente se iría a París, donde vive, llevaba diez días en México y no nos habíamos encontrado. Me enteré de su llegada por la entrevista que le hizo Dechamps para la primera plana de Excelsior. Me dije: lo único que tengo que hacer esta semana es buscar a Scorza, y abrazándonos le dije:
         -Manuel, llevo días diciéndome: lo único que debo hacer es buscar a Scorza.
         -Pero esto es extraordinario -dijo-, porque con las mismas palabras se lo he estado diciendo a mi hermano: lo único que tenemos que hacer es buscar a Garibay. Caramba, qué magbífico. Y mira qué cosa, estás igual, más grueso, sí, pero estamos iguales.
         -Y ahora -decía, devorando bisquetes con mermelada-, qué te diré, tengo por Europa un apego casi supersticioso. Allá pude comenzar a trabajar en serio. Vivo en París, escribo, ando en televisión, publico en Barcelona, doy conferencias, mi esposa, mis hijos, una felicidad que nunca supose a mi alcance, sin altibajos locos y con una única aventura: la literatura vivida como ejercicio constante, diario, inaplazable a cada minuto... Pero qué barbaridad, estamos iguales, por fuera afortunadamente no hemos cambiado. Rubén Bonifaz sí cambió, me lo encontré lleno de instituciones, de honores, de cansancio, con tremendas sabidurías a cuestas. A los demás que he visto... están iguales por dentro, lo cual sí es malo de verdad.
         -¿Quiénes?
         -Todos, o casi todos. Di cualquier nombre y ése es uno de ellos.
         -Te ves bien Manuel, te ves contigo -dije.
         -Sí, así estoy. Porque mira, qué te diré, he logrado triunfar por encima y contra la pandilla del "boom latinoamericano". Me llegaron juntos el reconocimiento, el dinero para vivir de mi oficio, la publicidad. Y yo te juro que no hay mejor reconstituyente que la publicidad. No tiene remedio, somos de la misma estirpe que las putas inmortales de la pantalla: nada como verte de cara y de nombre en los periódicos.
         Vuelta a reir grandes carcajadas, y así fuimos recordando los pesarosos cincuenta, donde nos conocimos, anduvimos y dejamos de vernos. Nos hablábamos de usted. Yo era subjefe de la oficina de prensa de la Secretaría de Educación, y me robaba puntualmente los "gastos menores". Mi inmediato inferior - en la burocracia la escala descendente no tiene fin, por abajo que estés tendrás siempre un inmediato inferior-, que se lo robaba en el sexenio anterior, me decía el día primero de cada mes, sin falta: "Señor licenciado, en este mes, y me permito, este, sugerirle sólo porque tenemos el mimeógrafo descompuesto, este sí, descompuesto pues desde mayo, yo me permito, ¿verdad? que si de los gastos menores de este mes podríamos, digo, para mandar componer...".
         -Los gastos menores de este mes están comprometidos, señor Domínguez.
         -Sí, este, ¿verdad? Eso tenemos visto, señor licenciado, de que pues este se los lleva usted ¡digo! los destina usted no sé para, no sabemos para...
         -Así es señor Domínguez, los gastos menores ya están destinados.
         -Sí, este, pues, con su permiso, caray, licenciado...
         Don José Rojas, mi inmediato superior -aquí la escala burocrática termina aprisa, en el señor secretario, del cual dependía directamente don José-, me mandó llamar.
         -Óigame, licenciado, ya fueron con el chisme para el ministro.
         -Qué pasa, señor.
         -¿Que se está usted clavando otra vez la lana de los gastos menores?
         -Sí señor.
         -Pero hombre, licenciado, no la joda. ¿Qué no ya le dimos empleo en el almacén al amigo ese...?
         -Ése es el Negro Sandoval, don José, boxeador, para él eran los gastos menores hasta el último de marzo.
         -No, no, al boxeador ya lo habíamos nombrado en el almacén, que se metió en el lío, que le fue a partir la madre al grandote, al portero...
         -Ése es el Chato Argüelles, don José, el otro boxeador.
         -¡Uquelachi! ¿Y ora pa quien son los gastos menores?
         -Para Manuel Scorza.
         -Pero licenciado, nunca vamos a acabar con todos los punchdrunks que hay en México!
         -Manuel Scorza es un gran poeta, señor, es peruano, No tiene de qué vivir.
         -¿Poeta? ¿Versos? ¿No es del ring?
         -Sí, don José. No, don José. Yo creo que podría usted nombrarlo redactor, o encargarle reportajes, si me da su autorización...
         -¡No, no, no! Vamos a dejarlo de ese tamaño. O mire, espérese. Los gastos menores son ¿qué? doscientos diez pesos. ¿Ya ocuparon la plaza que pidió usted?
         -No señor.
         -¿Cuánto es eso?
         -Quinientos veinticuatro.
         -Buenos. Vamos a nombrar al poeta en eso. Y entréguele a Domínguez los gastos menores.
         -Muchas gracias, don José. Ahora que... uno de los dibujantes quiere montar una exposición...
         -¡Licenciado, entréguele a Domínguez los gastos menores! ¡Vamos a acabar en la cárcel por esa maldita miseria de doscientos diez...!
         -Bueno -me decía Scorza, riéndose mucho, ya despidiéndonos- ¿y alguna vez disfrutó Domínguez los gastos menores?
         -Jamás.
         -Lo que ya no recuerdas es que me robaste mi aguinaldo de fin de año, ¡bellaco! -dijo.
         -Momento -le dije-, un mes antes te conseguí un reportaje sobre no sé qué y quedamos en partir el dinero, y sigo esperando.
         -Nos atragantábamos de la risa. Y luego, cuando recordamos lo de Acapulco: que Manuel conquistó a una señora recién divorciada, y andaba feliz, y ella se derretía sólo de mirarlo y nada más, pues había hecho un juramento de no volver a tocar a un hombre, y él se pasaba las noches tratando de convencerla, hablándole horrores de los juramentos, y aquélla en lo suyo, terca como una mula, y llegaba Manuel al cuarto, ya amaneciendo, exhausto, con la boca reseca y saturado de maldiciones.
         -Lo malo del cristianismo -decía, echándose en la cama, tembloroso y pálido- es que ha envenenado el corazón de las mujeres.
         -¿Qué tiene que ver el cristianismo?
         -Esa estúpida es católica y prometió o juró su tontería a no sé qué santo o virgen o... ¡Me carga el atraso de estos pueblos!
         El amigo querido, admirado, cuyo triunfo es nuestra alegría. Su clara y convexa frente, sus profundos ojos llenos de infancia.
         -Ricardo, créeme -me dijo, mirándome derecho a los ojos-, haberte visto... habernos encontrado...
         -Claro -dije-, cuídate bien, iré contigo en el avión, llegaré a París contigo, allá estaré.
         -Le di mis libros. Me dio sus libros. Según me dice en su carta, ya en el avión iba leyendo mi "Rapsodia... " Y yo llegué al escritorio a leer Redoble por Rancas, espléndido libro abrumador, libro primero de un escritor que será intemporal o definitivo en nuestro castellano y en la historia de América Hispánica. Libro todavía tentaleante en lo hondo de los dramas, en lo hondo de las palabras, sin maña todavía. la maña literaria que dan los años y pone sequedad en la excesiva frescura y como que pasa de largo ahí donde el lector debe abismarse. Libro todavía deudor cercano de Borges, de Neruda, de Vallejo, de Rulfo en el capítulo final, de la terneza que consiste en remedarla como sin darse cuenta y ponerla muy a la vista o a flor de piel en los paisajes, en los rostros, en los diálogos, en las reflexiones del autor nunca completamente ocasionales. Libro de amenidad abrupta y abusiva, alud que te anega de asesinatos y asesinos y amor desventurado y rabia impotente hasta el suicidio. Bronco niño narrador, poeta. Ni siquiera llorar te deja Redoble por Rancas. Deja ahí, dentro de tí, las arideces sangrantes del Perú, su infortunio para siempre, el canto de Scorza como conciencia pateada en despoblado, ahí escupida, litigueada, balaceada ahí. Grito y cicatriz de fuego en tu soledad, en la soledad de tu memoria, de por vida ese ingrediente más en tu corazón.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 12/4/2001