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UN TURISTA, UN MUERTO (Extracto)
Calima ediciones. Palma de Mallorca, 1999
AUTOR: Román Piña Vals




ORGASMO EÓLICO

       Sexo, ese descuido de Dios, que se debió aburrir del hombre antes incluso de empezar con los detalles, dejándonos un cuerpo sin acabados. Porque no me negaréis que estamos llenos de boquetes. Cuando me acuerdo de los cueros que Don Quijote acomete en su noche alucinada con la espada, perforando en mil fuentes de vino el pellejo colgante, siempre me viene a la mente el acto de la creación. Cervantes, ese iluminado, estaba escribiendo el verdadero Génesis. O al menos yo tengo para mí, contra lo que sería deseable, que corre por nuestras venas y nuestro corazón más vino que arcilla. Digo que tenemos demasiados orificios, intercomunicados, diseñados a mala leche para conseguir nuestra perdición. La nariz, por ejemplo, no es más que un periscopio de la boca, que acaba deglutiendo lo que primero ha olfateado. Y los ojos, que son dos enormes agujeros disimulados por dos bolas, dos tubos de desodorante rolón, comunican sin duda con el resto de los respiraderos, y suelen acabar escupiendo por el sexo todo lo que tragan. Por eso nos preocupan nuestros agujeros, vivimos para taparlos, pero no conseguimos llenarlos porque son como infinitos. Luego perdemos el juicio y empezamos a jugar con las combinaciones, a ver qué ocurre conectando unos con otros. Los más curiosos,los más exquisitos, los más avezados en estas pesquisas, los más degenerados tal vez, llegan a unir por estas brechas narices y sexos en un batido eléctrico y lúbrico en el que se funden los plomos. Los polos del mismo signo acaban atrayéndose. Los labios, las alas de la sonrisa, el carmín de la adolescencia, se tornan por el vicio en mangueras aspiradoras de detritos. (...)
       Nos faltan unos cuantos tapones de fabricación. Tanta tecnología y tanta leche, y lo que realmente buscamos, que es sentirnos completos, no lo conseguimos porque nadie inventa los tapones definitivos. A mí lo que realmente me molesta es pertenecer al reino animal. Las plantas sí que se lo montan bien. La doctrina de la Iglesia, en su afán dignificador de la naturaleza humana, nos recuerda que no somos animales irracionales y que hay algo que nos diferencia de los cerdos. Es verdad: los cerdos no ven la televisión. Quiero decir que me consuela poco tener el don del habla cuando lo cierto es que también puedo gruñir y revolcarme en la mierda. Algunos hombres buenos se sienten muy a gusto porque asumen la realidad y en la medida de sus posibilidades van en cueros por las playas, se reúnen en hoteles de nudistas y follan como perros. No sé si les envidio los orgasmos o el sentido del olfato. (...)
       Por eso yo quisiera gozar de la reproducción de las plantas, vivir un orgasmo eólico, fecundar por esporas lejanos huertos, flirtear con buganvillas y esparragueras, jazmines y lavandas, y escuchar la secreta vida de las plantas en versión de Stevei Wonder.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 12/4/2001