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EL GENERAL SIETEMACHOS
AUTOR: J. Siroco

Sixto V de Vallecas tenía el semen verde como los negros y el prepucio con dos alas grises como las gaviotas de Tarifa. Por eso le pasó lo que le pasó. Cierto es que nunca a la Autoridad le gustaron las sorpresas, pero el caso de Sixto se superaba con creces todo lo conocido en los anales de la historia. En realidad no era nada extraordinario, al menos para él, que desde niño había tenido aquel don. Hoy ya mediados los cincuenta podía contabilizar más de dieciocho mil doscientos setenta y cuatro, pues duraba su bálano un día y volvía a reproducirse al siguiente sin solución de continuidad. Pareciera que una muñeca rusa en forma de minga eterna se le hubiera ubicado en las ingles.

Algo así le pasó con Mercedes aquella Nochevieja del 52, justo en la cumbre del Teide, cuando la templada noche tinerfeña incitara sus sentidos y por qué no decirlo su necesidad. No cabía la citada en sí de gozo, pues, si bien tenía fama de multiorgásmica, lo de aquel crepúsculo había pasado de castaño a oscuro o de rosa a rojo que para el caso es lo mismo, es decir, como decía el maestro Lin Mai Dong: no constaba en manual. Lo cierto es que el curioso aparato de Sixto no dejaba una y cincuenta veces de mantenerse enhiesto; buscó Mercedes la causa de tan generoso príapo en una abultada dosis de Viagra, algo que descartó al punto, pues en el 52 aun no se había inventado este fármaco milagroso y por tanto, si ni siquiera podía pensarlo, menos aún podía ser cierto; así que, sin querer morir de placer con aquel misterio, dirigió sus delgados dedos hacia donde una mujer honesta siempre tiende a dirigir los delgados dedos y allí encontró el secreto: Sixto tenía regado el suelo de apéndices ya inservibles, pero en el sitio adecuado volvían a crecer penes renovados tras cada uso; y así podría haber seguido hasta la fecha, a no ser que un guarda de seguridad, que andaba por allí haciendo la ronda, les dijera que ya estaba bien de poner los dientes largos al personal y que hacía más de tres horas que les observaba. Sixto V de Vallecas, ocultó como pudo bajo la arena los restos de su refriega y allí dejó a Mercedes con el guarda, que en cinco minutos había resuelto la cuestión y dado fin a la faena.

Lo de las playas era distinto, alguien lo calificaría de más juguetón. De todos es sabido que a veces el pudor mal entendido puede ocasionar en principiantes incómodos encogimientos, motivados por la insulsa pudibundez del poseedor, cuyo organismo intenta ocultar las vergüenzas que le regaló natura, no consiguiendo otro efecto que la rojez de nuca y nalga al verse obligado el susodicho a pasar la mañana bocabajo, obsesionado por la miserabilidad de su piltrafa. A Sixto como es natural, esto no le pasaba ni podía pasarle, pues al más mínimo síntoma de decrepitud fálica, con cierto disimulo eso sí, cambiaba la dimensión de su verga según la circunstancia lo aconsejara, y no sólo la dimensión sino incluso el color y la tersura, algo que en ocasiones chocaba, sobretodo cuando en los primeros dias del verano, cuando aun la piel soporta el lechoso color invernal, se empeñaba en colocarse un desproporcionado ringorango de color caoba, que tan llamativo resultaba para las turistas, pero que ciertamente incomodaba al común de los mortales; más de una vez tuvo que salir por piernas perseguido por la soliviantez de otros nudistas practicantes e incluso de sensatas madres de familia que no asumían con facilidad la comparación. Sucedióle algo así en la playa gaditana de los Caños de Meca, lugar de solaz impúdico y suciedad física donde gente no desnuda sino carente de bañador, que es distinto, suele reunirse para comer latas de sardinas los sábados y fiestas de guardar. Por allí andaba Sixto V luciendo una méntula estilo rococó, adornada en la punta con un atlante dorado, cuando tuvo a bien aparecer un gitano abetunado y perdonavidas, orfebre de profesión, al que llamó la atención la curiosa figura que le adornaba el glande, al principio intentó por las buenas cambiarle la joya por el reloj de oro que portaba, ante la negativa del payo, agregó a la primera oferta una medalla de la Virgen del Rocío, a punto estaban de llegar a un acuerdo honorable, cuando quiso el sino que apareciera por allí la mujer del gitano, Jessica del Carmen, y se enamorara perdidamente de tan singular engarce; al faraón se le cambiaron los colores y se puso blanco como nata de leche de cabra, algo que no correspondía ni a su raza, ni al entorno, se le bajaron las sangres a los pies, lugar donde habitualmente tenía el cerebro y se lanzó contra el bueno de Sixto al grito de... íte vi a jerí gachó!, el de Vallecas no pudo por menos que poner tierra de por medio, no sin antes dejar caer su aureolado capullo sobre las doradas arenas de los Caños, por ver si de esa guisa conseguía distraer al caló, contentar a la Jessi y lo que es más importante salvar su gañote del degüello. Tuvo que ser así, pues si no nunca hubiéramos conocido hazañas posteriores, si bien no está del todo probado que las mismas fueran verdaderas.

Claro que no tenía sólo el poder de aparecer y desaparecer como por arte de magia, no, la minga taumatúrgica de Sixto V de Vallecas, llamado así por el simple accidente de su nacimiento, ya que él fue siempre un hombre del sur, sino que también comportaba el poder de transformarse en tamaño y forma según lo exigieran las circunstancias. Hete aquí que se encontraba un enconado antro vaginal que más bien tendía hacia el norte, bien, la susodicha minga encaminaba su testuz hacia santurce o santurzi, que dirían los euskaldunes, aunque en estos menesteres poco tiene que ver la lengua vernácula; que se hundía hacia el sur, torneábase la picha hacia Chipiona sin el más mínimo sobresalto; que se estrechaba cual sima del desierto en Almería, sin más agua memorable que la del diluvio bíblico, héla ahí convertida en arguila, larga y fina como cuello de cisne anémico; si por el contrario daba la crica muestras de excesivo trasiego y por tanto dejaba ver una holgada entrada, transmutábase en verga de hipopótamo, que no en vano este mamífero ejerce las funciones propias de su sexo bajo el agua, dicen que para facilitar la coyunda, pero más creo que para evitar dimes, diretes y malsanas envidias, que de todo hay en las barriadas. En fin que pocas quejas había en el inventario de sus funciones y rendimiento, salvo una vez, creo que fue en las cálidas aguas de Marbella, en las que por descuido quiso Sixto montar una apacible grupa que emergía de calima, y, por más empeño que puso en hacer valer sus artes, no consiguió que hiciera su trabajo de acuerdo con las normas; siempre hay excepciones, pensó, o acaso estoy perdiendo facultades; sin embargo encontró la explicación cuando al tornar su rostro la que el creía sensitiva nadadora, vio en remojo barbas que no eran suyas; se presenta Agustín Embuena Márquez, Cabo Segunda de la Legión, para lo que usted guste pero sin traiciones. A Sixto se le cortó al punto la calentura y lo que es peor, la digestión, por lo que el propio legionario de guarnición en Larache se vio obligado a practicarle un intenso boca a boca del que aún, dicen los cronistas, no se ha repuesto.

Lo del alquiler no se le ocurrió hasta muy avanzada la treintena, no por nada, sino porque nunca hasta entonces no había tenido consciencia de esa nueva propiedad, de la que debo decir, aun a costa de anticipar acontecimientos, vivió con cierto lujo casi hasta el final de su existencia. Tuvo lugar el descubrimiento una tarde cualquiera de la primavera madrileña en la famosa calle de la Ballesta, donde había ido, como dicen todos, a dar un paseo y a ver hasta donde llegaba la desvergüenza. Fue en la esquina de la fonda la Patro donde un bujarrón impotente y quien sabe si eunuco, contrató sus servicios, no para él, que no se tienen noticias de que anduviera en semejantes dengues, sino por el simple vicio de mirar cómo Sixto montaba a una de las pupilas. Por supuesto que Sixto cumplió como cuadra a un hombre, pero después apiadado del insatisfecho deseo del retablo, vino a ofrecerle su polla renovada, para con ella satisfacer a la hetaira; no sabía Sixto si sería posible este trasiego, pues nunca antes se había sentido inclinado hacia la compasión, pero ante la mirada de estupor del viejo arrancóse el miembro y plantóselo en la decrepitud de sus bajos; comoquiera que fuere funcionó el invento y tal fue el agradecimiento del neocimarrón, que todos los viernes le esperaba a las puertas de la Fonda. Sixto iba llenando bolsillos y alforjas con los buenos dineros del resucitado, cuando hete aquí que unas malas fiebres, una sífilis mal curada o la peor enfermedad, que no es otra que el tiempo, dio con el usurpapitos en la dura soledad del camposanto. De todo se aprende y nada es en vano, corrióse la voz como la pólvora y no sólo los viernes, sino todos los dias de la semana, domingos incluidos, en sesiones de tarde, noche y madrugada, empeñaba su enhiesto trinquete en los mares procelosos de rabizas de levante y sales.

Pero, ay, al igual que la jodienda, tampoco la avaricia tiene enmienda, y así quiso Sixto, cansado del desgaste y el aburrimiento que ya le provocaba el lenocinio, traspasar las paredes de la muerte y dejándose aconsejar por un consulting que había abierto sus puertas en la mismísima Castellana, dióse a ofertar falos vitalicios para inconsolables viudas, que los pagaban bien sabiendo que no eran de su extinto legítimo y en los que además podían elegir tamaño, forma, color y funciones. No iba mal el negocio hasta que como siempre se metió por medio la política. Enterado un famoso, viejo y rico general de la curiosa habilidad del de Vallecas, quiso que a su muerte se le recordara dando sopas por honda a los implantes del caballo de Espartero y así ofreció a Sixto derecho de acremañería, es decir le nombró heredero universal, a cambio de la cesión del más espléndido carajo que los siglos hubieran visto y hubieren de ver con el que izar ante las mismas puertas del Palacio de Oriente, una vez recubierto de granito, como recuerdo de su viril porte y magnificencia, el más sensual y grandioso de los obeliscos que en el mundo han sido; bien entendido que nunca podría desvelarse el apócrifo secreto y que tan descomunal cipote fuera la última dádiva que el extraordinario ciudadano Sixto V de Vallecas ofreciera a la sociedad. Firmó Sixto ante notario tales estipulaciones una malhadada tarde de noviembre en un Palacio que llamaban de el Pardo, y así se hizo. Mala suerte, justo en el momento de cumplir con el encargo prometido, no se sabe aún por qué extraño conjuro, fallóle el manantial y descolgóse un kamasutra exangüe y mínimo sobre las mullidas alfombras del Salón de Embajadores; aquella tarde cruzaron por los solemnes salones del palacio el fantasma inane del Dictador, la insania del Notario y las carcajadas nerviosas de los legítimos herederos.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 19/1/2001