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MIRANDO VIVIR
(Artículos publicados en diversos diarios de España y América, escritos entre 1904 y 1910)
I.S.B.N. 84-7223-714-1
AUTOR: Rafael Barrett (Santander, 1876-1910)
Selección y prólogo de Carlos Meneses.
Tusquets Editor. Barcelona, 1976.

LYNCH

       No pasa día sin que los admirables, los nunca bastante imitados yanquis descuarticen un negro o dos. Puesto que ellos lo hacen, está bien hecho. A nosotros, modestos comentadores, no nos toca sino penetrar y comprender los principios en que se inspiran los jefes de la civilización a la moda.
       El lynchamiento es recomendable por su baratura. Ahorrarse de un golpe fiscales, abogados y jueces no es chico negocio para un norteamericano. Go ahead! Fuera código. Cárceles inútiles. Unica pena: la del ratón devorado por el foxterrier. Verdugos gratuitos y en abundancia. En esta justicia reducida a su esencia, sólo queda el elemento indispensable: el verdugo nato, el bárbaro que se encarga de ejecutar las sentencias, y sin el cual todo nuestro aparato administrativo se vendría al suelo.
       Además, ¡qué rapidez! Time is money. ¿Qué hay? Dicen que un negro ha pegado a un blanco. Dicen que un negro ha caloteado a un blanco. Dicen que un negro ha hecho el amor a una blanca. Ahí sale el negro huyendo. ¿Es él? Y si es él, ¿es culpable? ¡Bah! Es negro. Nació con la culpa pintada en la piel. ¡A muerte! La horda, el galopar aullador de la jauría, la matanza. En un cuarto de hora, la sociedad se ha vengado.
       ¡Y con cuánta majestad! Es una ola humana la que aplasta al reo. La horca solitaria, el fusilamiento correcto detrás de una tapia, el sillón que fulmina entre cuatro paredes, son ceremonias mezquinas y como vergonzantes. El patear de la multitud sobre un cadáver caliente tiene algo de grande, de ultraenérgico, de pseudoelectoral, muy conforme con la psicología yanqui.
       La práctica de Lynch robustece y renueva el importante instinto de la caza. El lynchamiento es ante todo un sport. Luis XI solía perseguir con perros de presa, en sus jardines, a los delincuentes de baja estofa. Esta distracción sazonada a la salsa moderna, había de cultivarse naturalmente en el país de los pioneers, batido por cow-boys, cazadores pura sangre, país donde el duelo, durante muchos años, ha consistido en acosarse rifle en mano, entre los árboles. Sólo por higiene, conviene de cuando en cuando, al aire libre, correr un negro. Correr un negro, es decir, una pieza magnífica, un animal casi humano, que sufre casi como nosotros.
       Por último, el lynchamiento es un medio sano de que el pueblo tome parte en los juicios. El lynchamiento, tranquilizaos, es absolutamente democrático. Es la sacrosanta voluntad del pueblo, satisfecha en el acto. Es el ideal de los tiempos. Notad que el Jurado resulta una concesión torpe. El hombre del pueblo no se siente a gusto disfrazado de toga y hojeando legislaciones. ¿Para qué obligarle a razonar? ¿Para qué inquietarle con la idea de lo justo? Nada más contrario a su naturaleza. Lo lógico está en hacerle juez sin quitarle su condición nativa; lo equitativo está en hacerle soberano sin libertarle de sus pasiones, en darle el poder sin imponerle la hipocresía. Lo galante está en abrir lás válvulas, en soltarle desensillado por las calles, en permitirle una pequeña revolución contra un negro, en agasajarle con una pequeña fiesta neroniana donde sea a la vez espectador y actor, donde goce del asesinato y lo ejercite sin remordimiento. Y lo bello es contemplar, en los lynchamientos de los Estados Unidos, el juego perdurable de las ferocidades necesarias.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 7/9/2001