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CUENTOS CON SABOR A HUASTECA VERACRUZANA
AUTOR: M. Moraima Marín Ronzón. E.Mail: moraima@hotmail.com
Editorial Ducere. México D.F. 2002

OQUEDAD

Fueron tus labios
exquisito postre diario;
tu voz,
completo abecedario.
Es tu voz,
tus labios,
promesas en rosario.

        Hace falta un cuerpo caliente, hace falta una cobija sobre mi cama, haces falta, dueles...
        Te fuiste abrazado del verano sin dejar un adiós:
        "Tenemos que separarnos por un tiempo, nos hemos hecho tanto daño..."
        Desde ayer, nuestros silenciosos caminos caminan solitarios, con cabeza gacha y mirada perdida. Por si fuera poco, llevan las manos en los bolsillos para darse calor. ¡Pobres! ¡Pinche frío!
Nuestros horizontes saben a soledad, huelen a óxido producido por el ensamble de máquinas sin previa comunicación, por la falta de fe y valor para crecer sin humillaciones, sin mentiras negras, disfrazadas de blancas, carnavalescas.
        Hoy está conmigo esa mujer, loca y enferma mujer llamada añoranza. Ha entrado por la ventana de los recuerdos para obligarme a confesar, entre remilgos, que todavía se cimbra mi pecho por ti. ¿Puedes creerlo? No busqué la añoranza, ella vino a mí diciendo una palabra de cuatro letras.
        ¿Pero para ti qué sentido tiene el amor? si eres una cosa sin nombre, sin rostro, sin madre...
        Creo trillado argumentar que el amor es sentir mil docenas de murciélagos bizcos y dientones en el vientre cada vez que te tengo. O bien, asegurar que apenas te veo y el magma del volcán en erupción se derrama en espera de que tú, sabio geólogo, explores el centro ya abierto. Eso es secundario, Aticus. Lo importante es que dueles con hermoso dolor, dueles como si estuviera pariendo el primero de tus hijos que no fui capaz de engendrar en nuestro lúdico cráter. ¡Qué ironía! El cielo llora y sus lágrimas suave penetran esta tierra fecundándola, mientras tú moras en mis páginas y también penetras mi tierra, pero no la fecundas.
        Dueles...
        Quise que nos apropiáramos del tiempo y heme aquí, peleando con la verde huasteca, con la hermosa huasteca, ¡con la puta huasteca! Ambas envejeciendo por el olvido.
        Heme aquí, tomando un café caliente con pilón, junto al fogón, en lugar de aprisionar un cuerpo ajeno y despojarme de la ansiedad que llevo presa tras los barrotes de la desolación, del deseo...
        Heme fiel a tu imagen sarrosa por el polvo del olvido y, tal vez, del desamor. No apetezco establecer corrientes eléctricas entre dos cuerpos chispeantes de pasión, con movimientos mecánicos, pero vacíos de sentimientos, carentes del mágico ingrediente que produce el auténtico amor.
        Me parecería desleal hacer de mis piernas un compás para mostrar el camino a la gloria que únicamente supiste andar. No imagino que otro que no seas tú escuche el chaz chaz de tus andadas, que oiga el eco originado por los roces de Kama y Eros y que utilice la brújula del norte y del sur.
        Aticus, el café está caliente y me permite decir, después de seis cortos otoños, que el amor es tenerte cuerpo a cuerpo, mirada a mirada, mano a mano, sonrisa a sonrisa, labio a labio, carcajada a carcajada y complicidad mutua.
        Estoy contigo sin estar, la soledad muerde mis entrañas con hambre desmedida. El café se está enfriando...
        Antes de irse, el humo se despide gritando quedamente ATICUS ... hasta perderse en la infinitud.
        Entre sorbo y sorbo apresuro el café, te atrapo y te revuelco entre letras, como si fueran tierra panteonera con la que cubren el último recuerdo de un difunto.
        Me pregunto, ¿leerás algún día estos puñados de tierra o me habrás sepultado entre letras también?


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PAGINA ACTUALIZADA EL 30/5/2003