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La obscena primavera de la guerra

LEOPOLDO DE TRAZEGNIES GRANDA

                Oscilamos entre la auto satisfacción y el desasosiego, nos sentimos como un niño en un rincón de Europa con su orinalito, entre un océano lleno de peces de ojos azules, y un desierto espumoso de armas como gusanos. Nos recorre entonces el deseo de despojarnos del alma y dejarla prendida del primer rayo de una tormenta.

                La mala conciencia es un carro de combate que avanza aplastando caracoles y hace que las emociones se queden suspendidas como palomas en la niebla.

                Una mujer me dijo una vez que todo, el deseo, el remordimiento, la angustia, el amor... se reducía a estados de ánimo, tal vez tenga razón, porque el ánimo huele a química, a una combinación de hormonas, valium y azahar, por eso los laboratorios se empeñan en encontrar la droga benévola que impida que la hiel se nos endurezca como el odio, que el bazo se nos llene de rencor, que no nos quede ni un centímetro de piel sana para poder amar.

                ¿Lo más real que percibimos es la brisa que atraviesa nuestros esqueletos? ¿Es sólo la necesidad de no diluirnos, de seguir reconociendo nuestra fragilidad mediante una especie de masturbación etérea, lo que nos hace seguir viviendo como si fuéramos inmortales?

                Al regresar de comprar el periódico, en este día desapacible, he visto que estaban pintando el césped en un parque. Un hombre con ropa de astronauta, provisto de un aspersor lleno de líquido verde, convertía la grama seca en brillante alfombra vegetal. Vano intento de poetizar nuestra tierra podrida. Luego, por la carretera, me he cruzado con un dinosaurio que transportaban en un camión, la cresta al viento, los ojos flamígeros, a no sé qué reserva de animales prehistóricos de cartón piedra. Si Don Quijote se los hubiera encontrado no habría sabido a quien alancear primero, o tal vez hubiera soltado al dinosaurio para que fuera a comerse al jardinero químico.

                Ya en mi casa, he observado una a una las fotos de las víctimas del atentado de Atocha del 11 de marzo reproducidas en el diario. Se me ha llenado la boca de escalofríos al reconocer nombres familiares entre las sombras que perdieron su osamenta. Por sus rostros no se puede adivinar si estuvieron satisfechas con las vidas que llevaron. Nos sonríen desde la nada, después de haberlo visto todo. Lo que es seguro es que a esos hombres y mujeres de todas las edades no les queda ya la más mínima oportunidad de gozar de un instante más de felicidad. Son las víctimas de bombardeos lejanos donde se celebra obscenamente el sangriento oficio de la guerra.

                Luego se ha aborrascado la primavera entre los árboles y he oído el tableteo de las hojas como si estuviéramos en el campo de batalla, pero estamos al sur de Europa, con la conciencia a cuestas y los sentimientos convertidos en cargas de profundidad.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 15/4/2004