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El vano ayer
Seix Barral. Madrid, 2005.
AUTOR: Isaac Rosa

MODELO PARA ARMAR

por Leopoldo de Trazegnies Granda

      Sorprende la escasa resonancia que ha tenido en España el último premio Rómulo Gallegos: El vano ayer del sevillano Isaac Rosa. Este importante galardón de la literatura en castellano se creó en 1964 y el primero en obtenerlo fue Mario Vargas Llosa. En las ediciones sucesivas se ha otorgado a Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Roberto Bolaño, entre otros brillantes novelistas. En la última edición se entregó el galardón al novelista sevillano en competencia con otros autores españoles de renombre que optaban al mismo premio, como Almudena Grandes, Andrés Trapiello, o Juan Bonilla.

      El vano ayer es lo que se viene llamando una "novela en marcha", donde el autor actúa como un dramaturgo que no se contentara sólo con enseñarnos la tramoya, sino que solicitara del espectador sugerencias para la propia obra que va a representar. Isaac Rosa quiere construir la novela estableciendo una dialéctica con el lector y continuamente le presenta diversas alternativas, como un "modelo para armar" a la manera de Cortázar, es decir, piezas que va a intentar ordenar. Para reforzar sus intenciones, bautiza al protagonista como Julio Denis que es un seudónimo utilizado por el novelista argentino en un claro guiño literario, como declaró en su discurso de agradecimiento al recibir el premio venezolano.

      Este original formato narrativo ha sido últimamente utilizado por Javier Cercas en su "Soldados de Salamina", pero a diferencia de éste, Isaac Rosa no lo emplea para diluír las diferencias entre los dos bandos de una guerra y dejar entrever una España de posguerra ecléctica y desideologizada.

      Muchas de las novelas recientemente escritas sobre el régimen franquista, y algunos historiadores, nos insinúan la existencia de esa tercera vía ahistórica, que tiene el atractivo de presentarse como la España de la concordia. En esa línea pueden estar desde Paul Preston hasta novelistas como Andrés Trapiello, que lo único que hacen es despojar a la España libre, progresista, laica, filosófica, tolerante, científica y heterodoxa de todas sus virtudes para atribuírselas a una entelequia imaginaria.

      En cambio, desde las primeras páginas de El vano ayer se advierte que la novela de Isaac Rosa no va por ese camino, la suya es una novela honesta, que no pretende confundir al lector, sino presentarle unos hechos ficticios sobre unas realidades, enfocados desde distintas perspectivas para que se puedan sacar libremente las conclusiones que se consideren pertinentes. Se apoya en documentos reales y en hechos atroces, por ejemplo las descripciones de las torturas y vejaciones que se prodigaban en la DGS son auténticas y están narradas, como toda la novela, en una prosa certera y eficaz.

      Si hay algo que reprochar a esta magnífica novela es que confunda los años 60 con los 70. Muchas de las anécdotas fabuladas eran de imposible realización en el primer decenio. La universidad en esos años era una institución políticamente amorfa, la sensibilidad ideológica estaba tan anestesiada que ni siquiera el Mayo/68 francés tuvo una repercución apreciable en Madrid. No fueron tiempos épicos, fueron tiempos de silencio, como Luis Martín-Santos titulara su única novela. La generalidad del estudiantado admitía el régimen dictatorial de Franco como algo natural, sin atreverse a cuestionarlo. Era imposible por ejemplo insultar a alguien llamándolo fascista, porque no era un insulto, fascismo era lo que había y se aceptaba y en la mayoría de los casos los universitarios de situación acomodada eran hijos de fascistas. (Las becas de estudios eran escasas y concedidas generalmente a familias de filiación franquista).

      Cualquier distanciamiento de la ortodoxia franquista era inmediatamente detectada por los catedráticos y por los propios compañeros que reaccionaban marginando al transgresor. Detalles mínimos del atuendo podían causar sospechas, como no llevar corbata o calzar sandalias. Más de una vez fue expulsado de clase el único alumno que se empeñaba en estudiar Derecho agazapado tras su tupida barba iconoclasta. Los innumerables soplones que pululaban por la universidad hacían su trabajo discretamente, denunciando hechos imaginarios que el propio denunciado ignoraba la mayoría de las veces.

      Y no es necesario decir que en el terreno de las ideas la más inocente alusión a la política podía infundir un pánico sordo entre los compañeros y escasísimas compañeras. La universidad española de los años 60 era lo más parecido a un laboratorio de clónicos: todos hablábamos igual y todos nos vestíamos de la misma manera.

      Paradójicamente los únicos que desarrollaban cierta actividad clandestina y tenían el desparpajo de celebrar sus reuniones en la propia Facultad de Derecho eran los carlistas partidarios de Carlos Hugo, que se autodenominaban monárquicos progresistas, frente a la tendencia juancarlista y que seguramente debido a su anacronismo eran risueñamente tolerados. Sin embargo, en plena Transición estos militantes protagonizarían los luctuosos sucesos de Montejurra contra otra facción carlista de extrema derecha.

      Pero los que realmente se preparaban en la clandestinidad para un futuro democrático, aunque no se tuviera ninguna certeza de su actividad política, (no se puede olvidar que una de las armas más efectivas del régimen franquista fue el silencio y la desinformación), la realizaban anónimos grupúsculos de filiación comunista o anarquista, verdaderos héroes anónimos, que Rosa retrata muy bien, pero incapaces de realizar ninguna acción contra el régimen. (Ni ETA estaba en condiciones de enfrentarse a la policía franquista, el primer atentado de la banda terrorista vasca, no llegó hasta finales de los años 60, en agosto de 1968, contra el inspector de policía Melitón Manzanas). La represión ante el más mínimo movimiento sospechoso era brutal y generaba miedo en la misma proporción.

      La casi simbólica manifestación que encabezaron en 1965 tres catedráticos de la universidad Complutense sin atreverse a salir del propio campus universitario y que le costó la expulsión de la cátedra al filósofo J.L. López Aranguren, discípulo de Ortega y Gasset, no se puede considerar como un "acto subversivo" contra el régimen franquista, sino como una tímida demanda de mayor libertad de pensamiento dentro del propio sistema dictatorial, que el gobierno aprovechó para hacer escarmiento en previsión a cualquier conato de insurrección.

      Las pequeñas algaradas callejeras vendrían en la década siguiente, a finales de los setenta, y el clima de disturbios de izquierdas y derechas se agudizó después de la muerte de Franco, es decir, cuando ya se podía.

      Pero este circunloquio político inevitable cuando se habla de una época tan próxima y tan desconocida, no pretende quitar ningún mérito literario a la novela de Isaac Rosa. El vano ayer es una ficción perfectamente construída y abierta sobre los últimos años del franquismo, que admite la polémica dentro y fuera de la propia obra literaria. Ojalá suscite muchos comentarios que nos ayuden a tomar mayor conciencia de lo que sucedió, creo que tal actitud entra dentro del planteamiento del autor.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 12/2/2006