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DIARIO / Zenobia Camprubí .
Traducción, introducción y notas. de Graciela Palau de Nemes (4º tomo)

Alianza, D.L. Madrid, 1991-2006 (4 tomos).
AUTORA: Zenobia Camprubí / Graciela Palau de Nemes

UN AMOR A PRUEBA

Por Anna Caballé
(Artículo publicado en ABCD del 21/10/2006)

      Juan Ramón Jiménez conoció a Zenobia Camprubí Aymar en la Residencia de Estudiantes, presumiblemente en la primavera/verano de 1913. Ella se había matriculado en un curso dirigido por Ramón Menéndez Pidal y el poeta, que ya se había fijado en aquella muchacha despierta, alegre, franca y cultivada, consiguió que se la presentaran. Estuvieron hablando de La Rábida, lugar que ambos conocían bien; después de un buen rato de conversación J. R. le confesó impulsivamente su amor. A Zenobia el asunto le pareció descabellado, pero no tenía idea de hasta dónde podía llegar el poeta en su tenacidad: éste se acostumbró a pasar las tardes sentado frente al piso de la Castellana donde vivía Z., para disgusto de su madre Isabel Aymar, reacia a que su hija se casara con un poeta y además español. Ella, de origen puertorriqueño, había educado a sus hijos en la admiración por la cultura norteamericana, hecho que la había distanciado definitivamente de su marido, el ingeniero catalán Raimundo Camprubí. Zenobia acepta la amistad que le ofrece J. R. pero se niega a casarse con él (algunas cartas cruzadas de las muchas generadas por su noviazgo fueron publicadas por Ricardo Gullón, en 1986). Le reprocha su carácter triste y su vestimenta siempre oscura: «¿Por qué está vd. siempre con esa cara de alma en pena? Es Vd. un egoísta de primera». La honestidad de Z., sus preocupaciones sociales, su deseo de ser útil a los demás casaba mal con el carácter sombrío e introvertido, todo sensibilidad, del poeta: «Es vd. un ciprés, más parado que los del Generalife». Pero J. R. contraataca, aturdido por la intensa vida social de su amada: «¿Qué satisfacción puede hallar hablando con personas cuyo espíritu anda tan lejos del suyo? Amoldar un alma como la que tiene a las suyas, es sencillamente una bajeza». La relación no avanza fácilmente, pero avanza gracias a la convicción del poeta. Zenobia duda: su carácter realista le impide aceptar las propuestas de felicidad eterna de J. R. Sabe de sus depresiones, de su poca sociabilidad, de su falta de sentido práctico. Su madre, consciente del peligro, se lleva a Z. a Estados Unidos, pero el poeta las sigue un mes después y el matrimonio es inmediato.

      Ética del trabajo. Isabel Aymar había inculcado a su hija la costumbre de llevar un diario, como un modo de examinar lo hecho en el día a día. Y así lo concibió siempre Z. desde que lo iniciara a los 18 años con motivo de su primer viaje a Estados Unidos: sus entradas recogerán lo que hace, antes que lo que piensa o lo que siente. Acorde la escritura con una ética del trabajo muy enraizada en su caso: si no obra como debe «por la noche una se siente como vacía de la propia personalidad». Z. siguió con el diario de forma irregular, pero a partir de 1937, cuando la pareja no puede volver a España a causa de la guerra y Z. pierde de pronto buena parte de la vida activa que llevaba felizmente en Madrid, encuentra de nuevo en la escritura del diario ¿redactado en buena parte en inglés, y el resto en castellano? un elemento vertebrador que la ayuda a individualizarse, a sentirse ella misma, en un marco extraño, lejos de su casa y de sus pertenencias. Primero en Cuba, después en Maryland y por último en Puerto Rico, Z. mantendrá su diario como asidero hasta su muerte, ocurrida el 28 de octubre de 1956.

      Ahora, con la publicación ¿por fin? del tercer tomo (escrito entre 1951 y 1956) y cuidadosamente editado al igual que los dos anteriores por la profesora, y antigua discípula de J. R., Graciela Palau de Nemes, el lector de ámbito hispano dispone de un conocimiento conmovedor de la vida del matrimonio a lo largo de sus últimos veinte años. Sí, de ambos, porque en el diario de Z. la presencia de J. R. es constante, como lo es también su lucha por mantener su autonomía y no quedar atrapada en el inmovilismo del poeta. La tensión entre ambas fuerzas, centrípeta y centrífuga, es enorme y crea momentos verdaderamente dramáticos, como cuando J. R. se niega a que ella sea intervenida de un absceso intestinal que le causa muchas molestias. No le queda más remedio que anotar, exhausta: «Es demasiado no poder vivir la propia vida». O bien, cuando pocos meses antes de morir, Z. viaja sola a Boston desde Puerto Rico, última residencia del matrimonio, para ser operada de nuevo de un cáncer recidivo. Contrata a un médico joven para que la acompañe durante el viaje pues apenas puede moverse a causa de los dolores. Pero antes de tomar el temido avión deposita una serie de cartas numeradas en manos de su asistenta, para que se las vaya entregando a J. R. en su ausencia, a razón de una por día. También deja en una mesilla los sobres preparados ya con la dirección del hospital para que al poeta le resulte más fácil escribirla. ¿Quién es capaz de reaccionar así, con esa grandeza, en momentos tan graves? La tolerancia y el respeto que Z. siente por el difuso desvalimiento que sufre su marido son de naturaleza muy superior a las lógicas recriminaciones que cualquiera en su caso le haría por no acompañarla. En ese sentido, no hay duda de que la vida de Z. es fruto y testimonio de un tiempo, a caballo entre las exigencias de una vida tradicional y la necesidad de alcanzar una realización individual plena. Pocas mujeres estaban, como Zenobia, en igual disposición de conseguirla: disfrutaba de sus propias rentas, había recibido una educación muy sensata y sabía vivir por sí misma cuando conoció a J. R.

      Lealtad inquebrantable. Sin embargo, echó sobre sus espaldas una pesada carga: no sólo fue la esposa de un hombre emocionalmente frágil, sino también su musa, agente, traductora, secretaria y enfermera. El resultado está ahí, en su diario: en él vemos su característica actitud optimista y apasionada ante la vida, al tiempo que su lealtad inquebrantable hacia Juan Ramón. Ahora sabemos que de ser por Zenobia el matrimonio, harto ya de una vida errática, hubiera regresado a España en los años cincuenta, pero el poeta se mantuvo firme en su rechazo a Franco, a pesar de la inmensa nostalgia que sentía de su tierra. Cuando murió Z., dos días después de conocerse la noticia del premio Nobel al autor de Diario de un poeta reciencasado, el rector de la Universidad de Puerto Rico, Jaime Benítez, amigo de la pareja, quiso llevarse al gran hombre del velatorio, pero J. R. se negó indignado: «¿Sabe vd. de algún campesino andaluz que abandone a su mujer la noche de su muerte?». Ah, las teorías podrán desvanecerse, pero las biografías aún conservan, íntegra, su fuerza. 

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