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CANTO EN MEDIO DE LA NOCHE
AUTOR: Jirí Kratochvil
Editorial ANAYA & Mario Muchnik. Madrid, 1992.
Traducción del checo por Clara Janés y Jana Stancel
ISBN: 84-7979-011-3

CONCEPCION
(Extracto del primer capítulo)

       Fui concebido a la luz de los cohetes bajo un cielo sacudido por los continuos estruendos de los katiusas, y nací poco antes de Navidad en el año que fue el último de la guerra y el primero de la paz. Uno, generalmente, no se entera de la fecha precisa de su concepción, y la misma madre, como es sabido, suele estar, a este respecto algo confusa. Pero no fue así en mi caso. Por motivos que dentro de poco aclararé, a mi madre la fecha (25 de abril de 1945) se le grabó para siempre en la memoria. Y ya el día en que se quedó embarazada y con aquella preciada carga, pesaba yo (poco tiempo después de ser concebido) más o menos como un anillito de oro. Y después -apenas mamá se dio cuenta de lo sucedido- se inició la etapa denominada de rechazo del feto. Me agarré entonces con dos ventosas ávidas a la húmeda mucosa, y mi madre, por más que lo intentara, no consiguió nada. Luego cambió de idea y empezó a arder de insaciable amor por mí. Bueno, le perdoné ambas cosas. Pero sin embargo me pareció útil castigar un tanto a mamá. Y por eso decidí nacer un poco antes. Prematuro.
       Y ahora tendría que hablar ya de mi padre, a quien probablemente todavía no he visto, pero de quien me atrevo a decir más que la mayoría de ustedes sobre sus progenitores.
El 25 de abril, avanzada la noche, una tropa de soldados irrumpió en una casita de la periferia de Brno. Un vecino de al lado, que lo observaba todo oculto detrás de la cortina del ventanuco del retrete, calculó que el número de jóvenes ascendería a dieciséis. Primero, durante un rato, saquearon la casa y después encontraron a mamá encerrada en su habitación de soltera. La sacaron al porche, y mientras uno de los soladados vigilaba con el arma sin el seguro puesto, los demás se iban alternando. Tenía dieciséis años, es decir, por cada año un soldado. Y cuando le llegó el turno al que vigilaba, éste colocó el arma en el suelo y rápidamente se desabrochó los pantalones. Pero mi padre fue más rápido; sucedió que aquél se desabrochó los pantalones a toda prisa en el lugar donde había dejado el arma, y se le escurrieron hasta debajo de las rodillas trabándole las piernas. En aquel instante apareció mi padre saliendo de un salto de las sombras, se adelantó al otro, se arrodilló entre las piernas de mamá y entonces se desabrochó en un tris. Y como llevaba uniforme (es decir una guerrera que momentos antes le había quitado a un soldado, al que separó de un montón de cadáveres no lejano) y por lo tanto parecía (sobre todo por detrás) un soldado cualquiera, el vigilante sólo soltó un taco y esperó allí a la luz de los cohetes y bajo la tos de los katiusas, a que mi padre acabara, porque esto es en la guerra una ley implícita: el que duda no come. Con ello no quiero afirmar que el vigilante no llegara a sacar tajada, pero tenía preferencia el más dispuesto. En la conquista de corazones femeninos está, pues, el soldado completamente indefenso y con las espaldas sin cubrir, y ese alarde de ir a pecho descubierto es algo parecido a un mensaje animal dirigido a un posible rival: un soldado puede matar a otro antes o después del coito, pero tiene que respetar siempre una tregua coital, una paz particular de ciento ochenta segundos, y mi padre sabía todo esto muy bien y supo aprovecharla.
De modo que cuando mi padre se separó de mamá, saltó de nuevo rápidamente hacia las sombras.
Así me imagino yo las cosas.
Pero cuando lo analizo más detalladamente tengo que confesar que intento adivinar hasta la nacionalidad de mi padre. ¿Era español, portugués, hindú, árabe, albanés, malayo o mexicano? ¿Era un mago que pasaba de casualidad por allí, un poderoso hechicero vasco que deambulaba por aquellos tiempos llenos de cadáveres de una punta a otra de Europa, buscando dónde introducir a ocultas su levadura? Por mi aspecto no puedo decir nada; han prevalecido los genes de mi madre. Pues si la semilla de mi padre pudo quemar sin dejar rastro el semen de la soldadesca violadora, el aspecto angelical de mi madre, en cambio, tapó perfectamente lo que tal vez en mi rostro habría podido heredar de mi padre. Y los estigmas negativos que permanentemente arrastro, son invisibles como la palabra de aquel antiguo libro que -transparente- navega sobre ciudades, bosques y aguas.
         Todos los años a finales de abril, el día del aniverasrio de mi concepción, la ciudad de Brno se envuelve en el lienzo escarlata de las banderas y en la plaza de la Libertad y, junto al antiguo palacio de Bata, tocan las bandas militares. Fui concebido al final de la guerra y cada año se me recuerda solemnemente la circunstancia.
Durante años esperé un mensaje lanzado al aire por mi padre, o por lo menos un sonido desagradable, resbaladizo, enviado en dirección a mí. Pero parecía que él me había olvidado. O había mandado montones de mensajes, pero yo -a pesar de dar saltos en las sombras y tender las manos en todas direcciones- no capté ninguno. Sólo dos veces tuve la sensación de que me faltaba poco para entrar en contacto con él, pero hoy ya no estoy seguro de cómo fue:
         La primera vez sucedió en la presa de Brno, cerca de Sokol. Era el final de la temporada, un anochecer después de una tormenta. Es la época que más me gusta: el pantano está desierto, el gran lago cubierto de una piel nueva y tersa, una caja de resonancia para mis ideas perezosas.
Alquilé una barca y mientras iba remando desde los Sindicatos hasta Sokol, oí un grito apagado y luego vi que alguien se ahogaba. Un tipo se estaba hundiendo y daba manotazos en torno a él: un desastre y además gritaba. Yo había pasado de largo sin fijarme pero de pronto empecé a prestarle atención porque oí algo muy raro. Giré la barca y fui rápidamente hacia él. Me pareció que se dirigía directamente a mí y exigía mi atención repitiendo siempre la misma frase: "Oye, chico, tengo un mensaje de tu padre para ti". Y no me sorprendió en absoluto. Los estados de angustia mortal pueden, como es sabido, funcionar como medios de comunicación entre las fuerzas oscuras y nuestro mundo. Pensé que mi padre había decidido utilizar a aquel hombre que se ahogaba como altavoz ocasional. Llegué hasta el tipo y con dificultades lo pesqué y, a pesar de que existía el peligro de que la barca volcara, mantuve su cabeza por encima del agua y esperé a que me hablara. Era un hombre de bigote ralo y mirada esquiva y en uno de los dientes de arriba tenía una funda de oro. Lo estuve sujetando largo rato, dispuesto a escuchar, pero él callaba como un muerto, hasta que por fín comprendí con tristeza que el contacto -si existía alguno en realidad- había sido interrumpido, y que ya no oiría nada más.
Lo dejé caer, pues, de nuevo en el agua, cogí los remos otra vez y continué pensativo. Pero ya había sacado en limpio una cosa: es bueno estar cerca de la gente cuando padece las angustias de la muerte, porque en ese momento es posible entrar en contacto con mi padre por su mediación. Y esto decidió mi vida futura. Abandoné un empleo lucrativo (camarero en Avión) para iniciarme en la via del samaritano, haciendo de celador de hospital (siempre dispuesto a rondar los lechos de los agonizantes).
         La segunda vez fue un jueves al atardecer, es decir, precisamente cuando en el centro de la ciudad sacan los cubos de la basura. Iba sorteándolos por la calle Jakubska, cuando me fijé en un hombre que leía una carta, la acabó, la dobló dos veces, la rompió cuidadosamente y la tiró en uno de aquellos cubos. En todos sus movimientos a pesar de su mucha discreción, había algo estraño; de modo que me quedé parado. Me volví hacia el escaparate de la tienda de embutidos y lo observé reflejado en el cristal. Cuando el hombre se alejó fui hasta el cubo de basura y saqué con paciencia todos los trozos de la carta. Luego saqué de la cartera la bolsa de plástico en la que llevo la merienda de trabajo y le di la vuelta para que la grasa no la estropeara. En casa volqué todos los trozos en un papel satinado y los uní con mucho esmero para darme cuenta de que se trataba de una de esas cartas en cadena, por entonces tan frecuentes. Inmediatamente llamó mi atención la siguiente frase:

Leí aquella frase tres veces más para convencerme de lo que había sabido desde el principio: el padre M.S. Prudencio era mi padre, y lo reconocí precisamente por su leve sonrisa de disculpa.
Siempre me lo había imaginado así; y con la misma sonrisa de disculpa aflorando en sus labios (y con la guerrera de un soldado muerto) se arrodilló, en tiempos, ante mi madre.
Al día siguiente en la cantina del hospital compré papel de carta amarillo con líneas azules, me metí en la habitación más próxima y puse delante de mí un biombo de los que separan a los agonizantes, para que nadie me interrumpiese. Me arremangué las mangas de la bata y puse las señas en el sobre:

Por la tarde llevé la carta a Correos. La señorita del mostrador a quien entregué la carta para que le pusiera los sellos, me advirtió que la dirección estaba incompleta y que en un caso así Correos no podía garantizar que llegara a manos de su destinatario. Cuando me daba el cambio toqué ligeramente la arteria de su muñeca y, a través de aquél contacto en apariencia natural, hice actuar mi magnetismo animal. A los pocos días ya me seguía como un perro faldero, temblando ligeramente. Así empeé a salir con Kamilka, para conseguir un enchufe y que se entregara la carta con destino a Brasil. Y eso decidió mis futuros avatares, puesto que Kamilka era la modesta hija de un poderozo jefazo, una Kamilka-Cenicienta destinada a un príncipe completamente distinto a mí.
         Así que mi padre, al parecer, intervino dos veces en mi vida: escogió para mí la profesión de celador de hospital y eligió para mí a mi mujer: Kamilka. Como si me dirigiese desde algún lugar remoto. Y quiero creer que es así.
¿Pero dará señales aún una tercera vez? ¿Y estaré siempre lo suficientemente alerta y dispuesto para darme cuenta a tiempo?
Estoy en la ventana y miro a la calle. Es noche avanzada y Kamilka se despierta y se incorpora apoyándose en el codo. Permanece en silencio largo rato, me observa y luego se echa a reir: ¿estás rezando o qué?

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PAGINA ACTUALIZADA EL 24/10/2001