WOODY ALLEN O LA CONFORTABLE INCOMODIDAD DE LA CULPA

F. Javier Sánchez-Cuenca // Bellver 9.nov.2005-11-09

        Sus películas basculan entre el obsesivo autopsicoanálisis de un adúltero y el elegante barniz de un filósofo de salón. Como Dostoievsky, Woody Allen sufre en el insomnio de la madrugada el vértigo de la pérdida de Dios pero durante el día se mantiene fiel a su permanente infidelidad amorosa que le facilita el sistema posmoderno del simulacro. Judeo-cristiano genético, intenta en sus paseos por Manhattan, o ahora en el West End londinense, ser un ciudadano ilustrado por la Ilustración, descreído y libre, liberal de la costa Este, pero a la noche le persigue de nuevo la culpa inoculada por sus ancestros y sus lecturas tanto como por sus deslices autodestructivos. En alguna de sus películas ha logrado superar su tendencia compulsiva al juego existencial y se ha aproximado al borde de la tragedia ("Delitos y faltas") pero su incorregible zascandileo de merodeador, de paseante, le reconduce al territorio moral de la comedia intelectual, lo más parecido a la expiación periódica en el diván de un psicoanalista. El adulterio, real o imaginario, es su paradigma vital y sin una película al año, bendecida por sus fieles europeos como ignorada por la ancha franja norteamericana entre costas, este hombre atribulado no podría sentirse tan confortablemente instalado en el pulido e incontaminado paraíso de los justos donde la familia clásica asienta su inconmovible principio binario.

        Como él, su personaje trepador de Match-Point lee por las noches a Dostoievsky, incluso a Strindberg, en ligeros y sobados paperbacks. Sin embargo, en un asombroso e inexplicado curso acelerado de deslocalización de su endeble pulsión intelectual, nuestro hombre permuta sus lecturas por sesiones de ópera en el palco privado de su nueva próxima familia. El conflicto nace cuando en su programa impecable de ascenso social se interfiere la pasión, por naturaleza exógena, intrusa, inconveniente, prohibida. Allen, por fin, nos ofrece un personaje abiertamente erótico (pobre Annie Hall), convincentemente capaz de arrastrar al infierno a cualquier joven arribista casado con una rica sexualmente inocua. La chica es norteamericana, oriunda de la ancha franja rural, ordinaria e irresistible, capaz de contestar al seductor impertinente en el primer asalto: "Todavía ningún hombre me ha pedido que le devuelva el dinero", una alusión metafórica inesperadamente brutal, deslizada al oído en el salón de billar de una mansión aristocrática británica. Su posterior embarazo y su exigencia de normalización la convertirá en un obstáculo insalvable para la consolidación del estatus del escalador ya instalado. Allen, sin miedo a las feministas, ordena a su personaje masculino que se deshaga de ella. Por circunstancias del azar, al que el cineasta venera como un fetiche benefactor de su propia existencia, el criminal saldrá indemne. Para el espectador, sin embargo, está claro que el triunfador no volverá a buscar el riesgo donde no debe. En sus inevitables próximas ocasiones de aburrimiento conyugal, recurrirá sin lugar a dudas, a las páginas amarillas.


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