EL NIÑO Y SU PADRE

por Leopoldo de Trazegnies Granda

 

Cuando el profesor terminó de leer un pasaje de El Quijote demandó:

- Que levante la mano quién quiera comentar el texto.

Un niño de más o menos ocho años la levantó tímidamente.

- Dime -le dijo el profesor-. ¿Por qué crees que Don Quijote confundía los molinos de viento con gigantes?

El niño respondió:

- Porque no veía bien.

- El profesor le puso un cero patatero como solía decir un nefasto político de aquellas épocas.

Al volver a su casa el niño encontró a su madre andando con prudencia, tanteando los muebles. Era una mujer aún joven, de perenne sonrisa.

- Ayúdame a encontrar el trapo del polvo que no sé dónde me lo he dejado- le pidió su madre sin dejar de sonreir.

El niño enseguida advirtió que estanba caído en el suelo, a sus pies.

- Gracias hijo mío ¡No sé qué haría sin ti!

 

 

* * * * * *

 

Mi padre no tuvo hijos. Era un ser extraño.

Murió sin saber que yo iba a nacer. Mi madre lo veló durante nueve meses y me parió a mí antes de quedarse ciega. Me puso su nombre, me metió en su cama y esperó a que creciera.

Crecí entre montañas ¡qué suerte! y una mañana desaparecieron los cerros delante de mi casa dejándola en un páramo, me lo dijo mi madre al levantarse: “ya no siento la montaña”. Max Aub fue testigo del prodigio. Si la vergüenza tuviera materia se extendería como el cascajo que quedó debajo del monte.

Sentada a mi puerta mi madre podía oir la piedra y oler el viento del horizonte. Ella me enseñó a leer repitiéndome los cuentos de memoria. Murió sonriendo cuando yo ya iba al colegio.

Otra tarde Cunqueiro me robó mi último gato albino al que yo le enseñé a ladrar. Desde entonces en protesta leo únicamente autores en lenguas extranjeras.

Yo tampoco tengo hijos, ni patria, pero tengo animales mudos como fantasmas.

Me consuela saber que el mar no está lejos, aunque también sé que hay una ola gigante que me espera, que un día pintará de azul todo el paisaje y de la mano de mi madre conoceré al fin a mi padre.