Ir a la página principal

Neguijón
AUTOR: Fernando Iwasaki (Lima, 1961)
Alfaguara. Madrid, 2005 174 páginas, 13,50 euros.

por Miguel García-Posada (Suplemento ABCD, Diario ABC - Sevilla. 9/7/2005)

RETRATO DE HORRORES

            En unas líneas luminosas conjeturaba Ortega el pavor que nos invadiría de conocer la auténtica mentalidad del Siglo de Oro, la que discurre bajo el discurso estatuido, menendezpelayista (¡ese pueblo que, según don Marcelino, entendía los autos sacramentales!). Nos llevaríamos, comentaba, las manos a la cabeza ante el paisaje de superstición, milagrería y oscurantismo, que fue aludido, sólo, pero también eludido, con ironía, por Cervantes. (El Quijote es novela de campo y no de ciudad, y no por azar.) Ese paisaje cuyo horror condujo a exquisitas sublimaciones: así Góngora.

            Fernando Iwasaki parece haber tenido en cuenta el dictamen orteguiano en Neguijón, su última novela, ambientada en la España del XVII, y por tanto en pleno fervor barroco y contrarreformista. Y a tal efecto ha conjuntado la erudición real con la fabulación. La bibliografía que agrega al final del volumen, precisa y un punto exhaustiva, es sintomática. Las fuentes son reales, y sus datos; el horror lo fue también. Sin duda el narrador tira por elevación: esa Lima y esa Sevilla anegadas por el oscurantismo tienen también su lectura contemporánea. Se trata de mostrar las tórvidas consecuencias de todo fanatismo. No ha escrito Iwasaki una novela histórica, en el sentido restrictivo que suele tener el término; es una novela de la edad barroca, nada más. Nuestro escritor es culto, pero no pedante ni erudito, aunque se valga de la erudición como recurso.

            Gentes de mal vivir. Un sacamuelas, varios nobles, un librero, un inquisidor, una beata milagrera y toda una difusa concentración de facinerosos o gentes de mal o regular vivir se reúnen en las páginas de esta novela barroca e ilustrada. Barroca: lo es el mundo que la nutre, la ideología que la sustenta. Ilustrada: Iwasaki pone de relieve los desastres de la ignorancia y el oscurantismo. (Aunque no moraliza nunca, esto es importante de subrayar.) Dos planos paralelos, rigurosamente alternados, vertebran el discurso: un motín carcelario en Sevilla y las andanzas del sacamuelas sevillano Gregorio de Utrilla por la ciudad de Lima algunos años después son el pasado y el presente de los personajes centrales.

            Con un idioma bebido en las fuentes mismas de los clásicos (las citas inaugurales de Cervantes y Quevedo son un aviso) y manejado con maestría, sin innecesarias tonalidades arcaizantes, Iwasaki levanta un retablo de supersticiones, que alcanza su punto de concentración más fuerte en el «neguijón», esto es, el gusano de los dientes, agente decisivo de su corrupción y de la degradación y ruina del entero cuerpo. Gregorio Utrilla, el sacamuelas, personaje, según la novela, de base histórica, que llega a Lima fugitivo de la Inquisición, persigue con furia a este neguijón, una suerte de piedra filosofal de los dientes, cuya imposible persecución y caza engendra disparatadas intervenciones quirúrgicas en el marco de una medicina precientífica, que mezclaba sin pudor lo divino y lo humano, lo sobrenatural y aun lo infernal.

            En esta híbrida conjunción no le falta sentido del humor al novelista. Humor necesario para trascender el turbio paisaje de materiales excrementicios y signos feístas que se acumulan en el discurso, sin propósito estilístico especial: ésta era la realidad. La subordinación del texto al motivo del neguijón es un acierto estructural, pues lo hace ganar en intensidad y lo libera de afluencias discursivas más ajenas al vigoroso hilo conductor. Gana el texto no sólo en intensidad, sino también en eficacia artística y moral.

            De retablo hemos hablado antes para describir la obra; dista de ser imagen gratuita. Neguijón no es una novela dinámica: tiene, sí, acción; la dirige una clara progresión argumental, pero la clave de su discurso reside en la acumulación o yuxtaposición de extracciones de muelas, destrucciones de bocas, extracciones de piedras de riñón, amputaciones de piernas y otros miembros en crudelísima acumulación, que se inscriben en un tiempo y ámbito de crueldades sin término, que acaban constituyendo una verdadera, genuina epifanía del horror, que habla con elocuencia de la desastrada edad representada en el texto.

            Dotes de fabulador. Todo ello sin perjuicio del delicado homenaje a Cervantes y al Quijote que se traza en la novela y del favorable trato que recibe el librero Linares, un guiño sin duda a los tiempos presentes, y no es el único de esta obra, que corrobora las probadas dotes de fabulador de Fernando Iwasaki, lector de los clásicos pero nunca neoclasicista y, en cambio, sí profundo, penetrante. Neguijón parece a simple vista un divertimento, pero a poco que se profundice el lector se dará cuenta de que no lo es.

IR A LA PAGINA PRINCIPAL
IR A CRITICA DE LIBROS

PAGINA ACTUALIZADA EL 9/7/2005