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DE UN FRAGMENTO NO NARRADO DE LA VIDA DE BORGES
Publicado en la revista literaria "La bolsa de pipas". Mallorca, julio 2001. Nº 25.
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DE UN FRAGMENTO NO NARRADO DE LA VIDA DE BORGES

José A. Oliver

Ahora que se han cumplido cien años del nacimiento de Jorge Luis Borges, creo que es sumamente interesante que los honorables miembros de la Logia T.... a los que hoy me dirijo conozcan aquello que el propio escritor argentino me confió hace mucho tiempo: un secreto aterrador que quizá haga cambiar la idea que el mundo tiene de él.
Conocí a Jorge Luis Borges hacia 1919, en un viaje que realicé a Suiza para seguir una investigación antropológica. Allí, el denominado grupo de artistas ultraístas se reunía para hablar y leer sus obras. Contacté con Borges casi por casualidad, en la Biblioteca Nacional. Todavía recuerdo como si de ayer se tratara nuestra coincidencia en la sección de ciencias ocultas un soleado mediodía del invierno cantonés. Entonces buscaba yo un ejemplar raro del Rex Caldei de Fray Eulogius, un manuscrito del cual había tenido noticia hacía muy poco por un profesor de Boston. Recuerdo perfectamente su gallarda figura a contraluz, en una de las mesas de madera, ojeando un antiguo volumen encuadernado en piel negra. Cuando quise darme cuenta, habíamos pasado toda la tarde hablando del Dr. Dee, del conde Kauphman, de Blavatsky y de diversas doctrinas teosóficas. En los días que siguieron, trabamos una gran amistad. Paseamos largamente por las calles de Ginebra conversando en su perfecto inglés; seguimos asistiendo a aquellas tertulias ultraístas, que cada vez parecían importarle menos. Poco después, me anunció que había de partir hacia Buenos Aires, donde me invitaba fervientemente a visitarle.
Yo volví a la facultad de Arkham, desde donde mantuve una larga y grata correspondencia con él. Durante años nos escribimos, y supe de sus estudios sobre Coleridge, de su fascinación por Wells, Schopenhauer, y tantos otros. Al mismo tiempo, le comenté mi devoción por los textos en sánscrito y por las antiguas civilizaciones de la Polinesia.
En una carta fechada en 1937 me comentaba que había empezado a trabajar en una biblioteca (de la que sería destituído en 1946 por el gobierno de Perón) y, de forma marginal, me reseñaba la muerte de H.P. Lovecraft. Entonces yo no conocía la obra del autor de Providence; la verdad es que no era conocido por el mundo aún. Recuerdo que Borges escribía en esa carta:

Estaba claro que Borges se sintió cautivado por Lovecraft y pronto, como me notificó, se consagró a su estudio, aunque, como atestigua la vasta obra que nos ha legado, no lo notificó a nadie excepto a sus amigos más íntimos. Sé, empero, que durante cierto tiempo estuvo ocupado en encontrar vestigios reales de libros como el Libro de Eibon o el De Vermis Misteriis, que se citaban en las obras de Lovecraft.
En los años siguientes apenas tuve contacto con él. En unas pocas cartas me informaba (hacia 1944) que cierta infección ocular se le agravaba y que había terminado Ficciones, una de sus obras maestras, la cual contiene un texto revelador a todo aquello que quiero contar. De él, Borges me decía: En este pequeño relato, incluído en Artificios, se nos cuenta cómo una orden está en posesión de un gran secreto, el cual no aparece explicitado en todo el relato. ¿Qué me quería decir Borges con eso? ¿Qué extraño secreto de aquella comunidad y de él mismo ocultaba y a la vez quería revelar?
En mayo de 1950, poco después de haber publicado El Aleph, me escribe: Son años en que su prestigio va en aumento, en contraste con la amargura que sufre en casa. Pocas cartas me llegan de él. Hasta 1955.
Ese año, con la caída del general Perón, es nombrado director de la Biblioteca Nacional. poco después me escribe:
En esa carta Borges parecía completamente fuera de sí. Intenté, durante las siguientes semanas, llamarle por teléfono para hablar con él y calmarle, pero fue imposible localizarlo. Me llegaron cartas de Bioy Casares comunicándome el azoramiento de Borges. Parecía que su descubrimiento le había trastornado. No era para menos. En aquel sótano, Borges se encontró con que, de pronto, todo aquel mundo de fantasía, vislumbrado apenas, quizá temido, se convertía (como en una de esas pesadillas cotazarianas) en realidad, que los términos de idea y mundo se invertían y negaban.
A finales de aquel año, recibí una carta suya. En ella se encontraba mucho más tranquilo y sereno. Finalmente, me decía:
Desde entonces, hasta su muerte y más allá, siempre me he preguntado qué vio Borges en el Necronomicón y qué leyó. ¿Y esa frase tan ambigua, "todo ha terminado, con mi ceguera", tan extrañamente puntuada para un perfecto conocedor del idioma como él? ¿Selló definitivamente el Necronomicón la ceguera de Borges? ¿Acaso fue una misericordia divina que ésta se le agravara en esas circunstancias? ¿O quizá Borges se provocara él mismo aquella ceguera, como si de un decadente Edipo se tratara, para huir de la amenaza de aquel libro? Ciertamente, no lo sé. Y Borges nunca quiso aclarármelo en posteriores cartas.
Quizá la mente más lúcida que nos ha dado este siglo fue una de las más silenciosamente torturadas. Ahora que se cumplen cien años de su nacimiento y hace tanto que nos dejó, creo que este episodio de su vida puede servirnos a todos para valorarlo y comprenderlo un poco más.

(James W. Queen. Facultad de Antropología. Universidad de Mikatonic. Arkham. Massachussets).

(1)Este fragmento y el resto que cito corresponden al volumen que tengo en preparación: Borges. Correspondencia inédita, 1921-1956. Debo aquí, como en el futuro prólogo a esta obra, agradecer a su viuda María Kodama el permiso que me ha otorgado para la publicación de dichas cartas.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 7/7/2001