PASAJEROS DE OTROS BARCOS
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones de la culebra coja. Sevilla, 2003
El desamor de Kristof

La vida consiste en la preparación
minuciosa de nuestro suicidio.
L. Tamaral

          Una mujer espera, sentada en una cama de Bruselas, rodeada de soledad y de un edredón blanco, está como encerrada en su sueño, por la ventana penetra la luz partida que filtra la lluvia. Reginald tuvo la fotografía de su madre encima de su escritorio durante muchos años, hasta que un día sin motivo aparente la apartó del sol de Lima y la guardó en un cajón de su escritorio.

          Kristof, trabajaba en los ferrocarriles belgas. Era un hombre de mediana edad pero acorralado por la vejez, vestía un mono azul con unas iniciales en la pechera y fumaba permanentemente tabaco negro. A la salida del trabajo se olvidaba de esa mujer grande, de Flandes, silenciosa y aún joven, que lo esperaba en su casa con inquietud desde que veía pasar por delante de su ventana el último tren del día.

          El empleado se bajaba diariamente del estribo del vagón correo con la habilidad que le habían proporcionado sus largos años de trabajo, dejándose caer sobre el pie contrario en el andén, sin esperar a que se detuviera la máquina, y llegaba a la barra de la cantina antes de que el convoy consiguiera pararse por completo en la Gare Central de Bruselas. "Te vas a caer algún día, Kristof", le recriminaban sus compañeros.

          Con manos temblorosas apoyaba en el respaldo del banco corrido a lo largo del muro una carpeta donde llevaba anotadas las sacas entregadas en los diferentes pueblos de su itinerario y se pedía la primera copa. La mala leche que había ido recogiendo durante el día, como si fuera el aire con carbonilla que lo acompañaba en el vagón postal durante el trayecto, se apagaba allí, en el vaso opaco, un poco sucio, que le servía Pièrre.

          No hablaba, se sumergía en su segundo itinerario de la noche, el de la confusión gratificante en solitario, que lo llevaría a tomar una y otra copa hasta desaparecer dentro de sí mismo. "Si te obligaran a emborracharte después del trabajo te resultaría insoportable," le decía Pièrre tomándole el pelo, "ya estarías deseando irte a tu casa". Kristof se mantenía acodado en la barra del bar, un poco encogido domesticando su úlcera.

          A esa hora solía entrar a la cantina una mujer gorda con un termo grande, la llamaban "madame Soup" porque vendía sopa en tazas de latón y detrás venía otra delgada que traía una tartera con comida sólida a la que llamaban "madame Cacá". Kristof a veces se tomaba una taza ante la insistencia de "madame Soup" que no se la cobraba, pero a "madame Cacá" no le aceptaba nada.

          Se marchaba tarde, después de las doce. "Adios Pingüino", le decían los camareros entre risas. Salía andando con pasitos cortos, de allí el apodo, hacia su casa no muy alejada de la estación. Ni siquiera estuvo sobrio la noche de 1910 en la que le avisaron que su mujer estaba a punto de dar a luz. Fue Pièrre el que le obligó a marcharse. Su mujer parió sobre el edredón blanco un hermoso bebé rubio. Cuando Kristof llegó y oyó el llanto del recién nacido prestó atención como si escuchara el canto de un ave nocturna del continente africano, donde años atrás había cumplido su servicio militar, e hizo ademán de volverse para atrás. "Es tu hijo", le dijo una vecina casi empujándolo para que subiera por las escaleras.

          Al día siguiente, que era sábado, volvió Kristof por la mañana a la cantina. "¡Qué! ¿Ya inscribieron al niño? ¿Qué nombre le han puesto?" le preguntó Pièrre. Kristof se quedó pensativo, buscando algo en el desorden de su mente, y al fín dijo "Aún no. Hemos pensado ponerle un nombre largo, Reginald por ejemplo. La gente importante siempre tiene nombres largos". Luego dudó y añadió señalando a Pièrre con el dedo índice doblado "¿Quieres ser tú el testigo?". El camarero se negó. "Yo no. Tienes que pedírselo a un amigo íntimo tuyo", dijo, como si le respondiera a un niño. "¿Qué amigo íntimo?" preguntó Kristof.

          Pièrre, sin dejarle que se lo requiriera por segunda vez, se quitó el mandil de trabajo, se puso una gorra de visera que juzgó muy adecuada para la ocasión y acompañó a Kristof al ayuntamiento. Allí les dijeron que con uno no bastaba, que hacían falta dos testigos, entonces Pièrre se dirigió a un restaurante cercano donde conocía a un colega de profesión que no tuvo inconveniente en firmar como segundo testigo.

          Kristof faltaba cada vez más frecuentemente a su trabajo, en esas ocasiones las sacas de correo se quedaban en el almacén de la estación hasta el día siguiente. El expediente de despido que tramitaba su jefe iba lento "Se nos va a morir antes de que lo echemos", comentaba. Mientras tanto, la úlcera de Kristof latía como una araña ardiente en su duodeno. A nadie le sorprendió que al poco tiempo se cumplieran los vaticinios de su jefe.

          "Se ha muerto el Pingüino", comentó Pièrre compungido una mañana más lluviosa que las normalmente lluviosas mañanas de Bruselas, y se puso otra vez la gorra de visera para asistir al entierro, esta vez se la encasquetó bien con un gesto que podía pasar como de mucha hombría, aunque estuviera conteniendo las lágrimas.

          A partir de entonces esa mujer grande, flamenca y silenciosa, que ya no tenía que esperar hasta tarde la llegada del funcionario de Correos, cuidó con ternura al recién nacido. Reginald creció sano y taciturno, y nunca, durante toda su vida, se le oyó nombrar a su padre.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 10/11/2003