PASAJEROS DE OTROS BARCOS
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones de la culebra coja. Sevilla, 2003
La aflicción de Violeta

          Violeta tenía los pies chiquitos y los ojos grandes. Se vestía de blanco para mantener vivo ese amor demorado, a través de una correspondencia epistolar que escribía en secreto, encerrada en esa casona que al final alquilaron para consulado del país remoto de donde provenían. La casa tenía la inexplicable característica de que sus pasillos y galerías fueran más luminosos que la calle exterior. Violeta deambulaba como un fantasma soleado, imaginando historias para no enfermar de aburrimiento, por los pisos superiores los que daban a la rue de la Loi y desde donde se divisaban las torres de la catedral de Sainte Gudule.

          Las cartas de amor que recibía de Reginald las leía apoyada en las ventanas, pegando los nudillos y la frente en los cristales, luego, antes de responderlas, las colocaba marcando las páginas de la novela de Mme. de Staël que leía sin prisa, con temor a llegar al inevitable capítulo que empezaba por: "Veinte años después...". En esos casos cerraba el libro decepcionada. Lo que ocurriera después de tanto tiempo no le interesaba, presentía que los personajes después de vivir experiencias independientes durante períodos tan largos se habrían olvidado unos de otros. Con mayor motivo si sus vidas se iban a desarrollar en continentes distintos, con otro idioma, otras costumbres. Sin embargo cuando reabría el libro tenía la grata sorpresa de comprobar que no sólo no se habían alejado sino que sus sentimientos continuaban intactos y en algunos casos fortalecidos, entonces aumentaba su interés por conocer el desenlace de esas historias repletas de añoranza que sostenía entre sus manos, aunque en el fondo estuviera convencida que esa suerte sólo la disfrutaban los personajes de ficción porque en la vida real el olvido llega muy rápidamente.

          En esos días finales de su larga estancia en Europa que su madre pasaba ordenando la ropa en los baúles-ropero para abandonar Bruselas y volver al Perú, le embargaba una sensación de extrañeza, como si presintiera que al zarpar el barco la mitad del mundo iba a hundirse irremediablemente a sus espaldas para siempre.

          Las únicas ocasiones para ver a Reginald se presentaban en las reuniones diplomáticas de las embajadas de países de nombres desconocidos por Violeta. Él trabajaba en el consulado español y se las arreglaba para ser invitado a esos cocteles, para poderse acercar con disimulo a la familia y a veces entablar animadas conversaciones con el padre de su novia que ignoraba los sentimientos de ella hacia ese belga que aparecía casualmente en las fiestas a las que asistían. Cuando la situación se prestaba, Reginald se aproximaba tanto a Violeta que podía bajar el brazo libre de la copa y buscar con la punta de los dedos la mano que ella no retiraba y que le respondía con rápidas presiones de sus yemas.

          Reginald vivía únicamente con su madre desde la muerte de Kristof. Llevaba una vida solitaria, los sábados se aprovisionaba de buena lectura en una librería de las Galeries de la Reine para pasar el domingo leyendo en su casa. El resto de la semana lo dedicaba a la oficina española de Charleroi donde en sus ratos libres averiguaba las invitaciones diplomáticas a las que podían asistir los padres de Violeta.

          La última vez se habían encontrado en la embajada húngara, donde parejas de zíngaros bailaron entre risas y besos hasta el amanecer. Reginald se le había acercado como siempre, bajo la mirada escrutadora de su madre, y en un descuido había logrado pasarle una nota: "Tenemos que vernos antes de tu partida. Te espero mañana sábado a las seis de la tarde en Sainte Gudule."

          El muro de piedra rebosaba musgo, un sol bajo y lejano estrangulaba entre las verjas las flores de invernadero, había un silencio de campanas invisibles, de estatuas soterradas, el jardín se estiraba preparándose para recibir la oscuridad o el vacío. Reginald temió que Violeta no acudiera a la cita. Pero ella había logrado salir a pesar de que su hermana Margot, la más pequeña de la casa, la había delatado. La inquebrantable complicidad de su ama, Maricucha, y un dolor de cabeza simulado le dio la posibilidad de hacerlo por la puerta trasera.

          Reginald llegó casi corriendo, con las manos demasiado pulcras de lavarse exageradamente la tinta de imprenta del periódico que publicaba en castellano para los mineros españoles de Charleroi. Ella ya lo estaba aguardando cerca de una de las puertas laterales. El aire mecía suavemente los encajes de su falda blanca, ceñida su cintura con una banda celeste que la hacía aún más delgada que en las reuniones diplomáticas. Reginald sintió entonces la necesidad de darle ese primer beso que nunca se habían dado, ella lo esperó entrecerrando los ojos y cuando separaron sus labios lo miró sin decirle nada.

* Delphine de Madame de Staël.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 15/11/2003