PASAJEROS DE OTROS BARCOS
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones de la culebra coja. Sevilla, 2003
La ilusión de Reginald

          Cuando el 13 de enero de 1934, en pleno verano austral, Reginald se asomó por la cubierta del vapor procedente de Amberes fondeado a unos centenares de metros en la rada del Callao, se pudo divisar que iba vestido con un impecable terno blanco, como le indicara equivocadamente el padre peruano de su novia en el curso de una conversación sobre el Perú entablada en alguna embajada europea. Le había costado mucho trabajo encontrar un corte de tela de esas características en Bélgica para mandárselo a hacer a la medida, y ahora al fin tenía la ocasión de lucirlo, destellando al sol, como se suponía debieran llegar todos los europeos a América. Se quitó el fino sombrero jipijapa que había adquirido en la escala del Canal de Panamá e hizo aspavientos desde lejos a modo de saludo cinematográfico. Al descubrir su cabeza y retirarse la sombra de la cara, se percibió claramente que se había dejado crecer los bigotes y que al ser algo más oscuros que su pelo le daban un exótico aire de ex mexicano de frontera, rubio y gritando algo en español.

          Durante el transbordo del barquito que lo traería a tierra no dejó de saludar con el sombrero exponiéndose a su primera insolación subtropical. En la otra mano llevaba un paraguas negro plegado que apoyaba para mantenerse en equilibrio de pie en la pequeña embarcación. Con su mirada angustiosamente azul intentaba descubrir a Violeta entre la abigarrada muchedumbre que esperaba en tierra. Pero a ella la familia no le había permitido ir al puerto a recibirlo, por el contrario, en el muelle lo esperaban en silencio los seis hermanos de su novia sin que se supiera exactamente si pretendían pegarle una paliza o acogerlo festivamente.

          Como primera medida lo llevaron a las chinganitas bajo las palmeras sucias de la avenida Colonial que arranca del puerto, para que probara los aguardientes autóctonos. Bebió mirando esos árboles que simbolizaban todo el exotismo suramericano crecido en la inmundicia de un descampado, el Callao era el puerto más sucio de todos los que había visitado al descender por la costa del Pacífico, pero él veía lo que quería ver: la luminosa tierra imaginada durante meses. Sólo la neblina azul enredándose en las palmeras le demostraba que se encontraba en el hemisferio sur a orillas del océano Pacífico.

          En otros sitios más civilizados se sirve el aguardiente de melocotón o de manzana introduciendo una de estas frutas en la botella, pero en el Callao le dieron pisco de serpiente. Reginald era abstemio, bebió para hacer los honores a la tierra y granjearse la dudosa simpatía de sus próximos cuñados. Por ese motivo, cuando al fin se presentó ante Violeta, se encontraba en la situación lamentable en la que puede caer un europeo extremadamente flaco después de haber ingerido con generosidad alcoholes peruanos.

          La que se suponía que iba a ser su suegra, doña Rosaura, no se ablandó ante ese extranjero que había perseguido a su amada por todos los cocteles diplomáticos de Europa y luego no había dudado en ahorrar dinero para comprarse un terno blanco y embarcarse al Perú. Encima se había embriagado, para gran diversión de los hermanos de Violeta. La remota posibilidad que tenía de hospedarse en la casa de sus futuros suegros, aunque hubiera sido en la habitación de servicio bajo siete llaves sin ni siquiera permitírsele salir al baño, se esfumó entre los vapores etílicos que despedía.

          Tuvo que alojarse donde las hermanas Jiménez, dos señoritas solteras de una distinguida familia venida a menos que al quedarse huérfanas abrieron una pensión en el centro de Lima para ganarse la vida. Allí lo dejaron entre risas los zafios hermanos mellizos de Violeta, Marcelo y Mariano, y él se durmió enseguida.

          Los padres de su novia decidieron entonces aplazar la fecha del matrimonio sine die, con el fin de reconsiderar la aprobación que en principio habían dado por carta. Fue entonces cuando Violeta cayó enferma.

          A Reginald lo despertaron a gritos al cabo de unas horas. Se incorporó vestido sobre la cama, con el jipijapa arrugado debajo de la espalda, e inmediatamente cayó en la cuenta que durante su alborotada llegada a suelo peruano le habían robado el equipaje: dos maletas amarradas con una correa donde su madre le había ordenado con pena su ropa blanca y unas camisas. Los únicos objetos que conservaba eran el paraguas y una máquina de fotos de fuelle colgada al cuello.

          Circunstancialmente se le había puesto cara de culpable, culpable de ser extranjero, de no comprender bien la lengua vernácula que se hablaba en esa pensión, de haberse dejado emborrachar y robar, de haberse quedado dormido, de no reconocer a toda esa gente que rodeaba su cama. Se le pasó por la mente que lo venían a linchar, que sólo lo salvaría su docilidad y la expresión relajada del rostro que no le costaba ningún esfuerzo mantener debido al cansancio que soportaba.

          En primer término veía a un policía gordo que le hablaba mientras anotaba algo en una libreta, a su lado, entre gente desconocida, las dos hermanas Jiménez que parecían embadurnarlo con la mirada, detrás dos niños a los que había oído en sueños gritar durante toda la tarde:

          El uniformado, que era el comisario del distrito centro, le apremiaba para que hiciese una declaración exhaustiva de los bienes que contenían las maletas. "No lo sé", decía Reginald, "ropa, sólo ropa" repetía arrastrando las erres ante las carcajadas y disfuerzos de los niños. "¿Pero no decía usted que habían encontrado las maletas?" intervino una de las hermanas Jiménez. "Así es señorita, pero para podérselas devolver, el caballero nos tiene que confirmar su contenido".

          Por el patio subía un penetrante olor a orines y a jergón de perro. Las fórmulas de respeto del interrogatorio parecían pronunciadas en broma.

          "Empecemos por el principio. ¿Cuál me había dicho que era su gracia?" Inquirió el policía. Al no recibir respuesta sino una azul, casi nublada, mirada de extrañeza, aclaró la pregunta "Su nombre, su nombre caballero".

          Reginald, en lugar de reponder al comisario, repreguntó con tímidez "¿Qué hace falta para me las devuelvan?" Y el comisario lo miró con un esbozo de sonrisa altanera, pensando en la simplicidad sintáctica y mental con que llegan los extranjeros.

          "Necesito saber sus datos ¿no comprende? habrá que completar muchos trámites", sentenció moviendo la cabeza como un médico de cabecera ante un enfermo sin salvación. Enseguida añadió "¿Tiene algún garante en suelo peruano?", entonces Reginald se atrevió a mirarlo de frente. "Ninguno", dijo, "estoy solo".


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PAGINA ACTUALIZADA EL 15/11/2003