PASAJEROS DE OTROS BARCOS
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones de la culebra coja. Sevilla, 2003
Ceremonia del amor y de la muerte

                No hay fotografías de la boda. Ni siquiera en la cámara de fuelle que trajo Reginald de Bruselas quedó algún negativo del enlace de destinos. Pero se celebró una mañana nublada en la iglesia de los jesuitas del centro de Lima. No hubo pues ninguna constancia gráfica, pero yo tuve la oportunidad de recrear la ceremonia posteriormente.

                El 11 de mayo de 1948 tembló la tierra en Lima durante todo el día. A las once y diez de la mañana se produjo el mayor movimiento. Un baúl de madera que había en el rellano de la escalera de mi casa, y que yo nunca había visto abierto, se separó del muro y salió dando brincos hasta quedarse en equilibrio en el peldaño más alto del tramo. El segundo remezón lo hizo rodar para abajo con estruendo. Cayó al lado del teléfono que increíblemente sonó en ese instante: era mi padre que llamaba desde su oficina para preguntar si estábamos bien, si la vieja casa había resistido.

                "No te preocupes, Reginald", le contestó mi madre en francés mirando de reojo el baúl reventado y su contenido revuelto a los pies del gran cuadro de mi abuela, "todo sigue igual".

                Después de colgar el fono empezó a revisar el desordenado vestuario con el mismo sosiego que examinaba las prendas cuando venía la lavandera con la ropa limpia. Apareció el frac de mi padre con las piernas colgando y yo imaginé su cara asomada entre las solapas, luego me mostró un vestido largo blanco. Cogió unos velos con la complacencia de los magos que saben que su truco es muy antiguo y dejó que flotaran sobre su cabeza sujetándolos con una cinta un poco amarillenta. Le noté cierto aire a santa Rosa de Lima que no me gustó nada porque la santa se colgaba de los pelos y se hacía sangre. Mientras tanto todo vibraba, los objetos eran sacudidos por una tormenta interior que los lanzaba contra el suelo y estallaban con violencia y debajo de las losetas se oía palpitar la tierra como si estuviera escarbando un premioso animal prehistórico. Mi madre sonreía y hacía tímidas morisquetas bajo los velos, aun no le había cogido pánico a los temblores, por entonces sólo temía a los gatos. Supongo que ella me hacía gracias para quitarle dramatismo a la situación, y para evitar que me echara a llorar me cogió del brazo y tarareó la marcha nupcial mientras subíamos corriendo por las escaleras de mármol que se cimbreaban como si se hubieran vuelto blandas. Me recorrió entonces un temblor huraño de miedo y alegría por todo el cuerpo y ni siquiera nos dimos la vuelta cuando oímos caer estrepitosamente el cuadro de mi abuela contra el teléfono.

                El matrimonio de mis padres al que yo asistí indirectamente esa agitada mañana duró cuarenta y cinco años. En el largo período que vivieron juntos me dio tiempo a irme, a exiliarme de mi infancia, sin retorno. En el Perú dejé mis cuadernos, mi lápiz azul, mis navidades y sólo me llevé unos zapatos usados, lejos, donde empecé a vivir solo, como un extraño. Pero en el último momento ella vino a buscarme, estirando como pudo su leucemia viuda, a verter en Sevilla su sangre tan rica en hormonas femeninas. Traía únicamente una maleta pequeña, como si no necesitara nada más para el resto de su vida. "Sólo te pido una cosa", me dijo en el aeropuerto casi empinándose para que oyera mejor su débil voz, "si muero aquí, quiero que me devuelvas al Perú, al lado de tu padre".

                El azar hizo que el día que murió coincidiéramos otra vez solos ella y yo; fue una mañana serena que prefirió quedarse en la cama con su camisón claro. Me pidió que le alcanzara un peine grande que dejaba en el alféizar y unos pomitos de polvos y cremas. Se maquilló como siempre lo había hecho desde que yo era niño y entraba descalzo y en ayunas a su habitación y me impregnaba de su olor caliente. Noté que para quitarle dramatismo a la situación, me hacía unas morisquetas esta vez muy mesuradas y sin velos y cogiéndome de la mano me dijo "qué bonita es la camisa que llevas puesta". Se quedó en silencio, arreglada como esperando para irse a un cóctel con mi padre. Entonces todo se detuvo, como si hubiera pasado un fuerte terremoto. Ni siquiera entraba una ñisca de brisa por las ventanas en el momento que dejó de respirar.

                Cuando abrí la maleta que había traído de Lima vi que allí guardaba el frac, los velos y el vestido blanco.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 15/11/2003