PASAJEROS DE OTROS BARCOS
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones de la culebra coja. Sevilla, 2003

Cinco días al borde del vacío

            Nos había costado mucho trabajo llegar hasta Churín. Yo diría que ese Buick enorme en el que viajábamos, azul como una ballena, se había ido tragando con su dentadura cromada la tierra y las piedras pequeñas del camino, pero las medianas y las grandes obligaban a mi padre a detenerse y entre él que no era un atleta y yo que era un niño las empujábamos hasta la cuneta. A veces caían barranco abajo rebotando como cabezas de estatuas vivas y me daba la impresión que miraban para atrás, nos miraban como a intrusos en ese silencio quebrado de los precipicios, bajo un cielo rocoso, vertical, del que se desprendían las piedras.

            Cuando llegamos nos enteramos que habíamos tenido mala suerte, un terremoto había removido los cerros la noche anterior, les había abierto nuevas heridas, nosotros habíamos pasado entre sus grietas sin saberlo.

            Informamos del estado de la carretera: hasta Sayán no hay problemas, la huella está limpia, pasado el tambo de las afueras se empiezan a oír las piedras que caen sobre la carrocería, "como un aguacero seco" precisó mi padre. De allí para arriba hay que ir con cuidado para no despeñarse, si no hay espacio para esquivar las rocas grandes hay que bajarse a quitarlas. Hay viento pero no se ve nieve. El peor tramo es la cuesta del zig zag a medio camino.

            Se nos notaba cierto orgullo al contarlo y el propietario del hotel nos miraba escéptico mientras nos mostraba unas habitaciones asimétricas recubiertas de cal gruesa, con unos coloridos camastros cubiertos de colchas serranas. "Todavía no hay luz, la dan a las seis", nos advirtió. No nos importaba, al fin habíamos logrado subir al balneario de aguas termales que le recomendaron a mi padre para ese dolor en el hombro que luego se le agravó con el arrastre de piedras. A mi madre le había gustado la idea, pensó que le vendrían bien esas aguas sulfurosas que echaban vapores, por lo menos para el cutis.

            Desde el primer día nos sumergimos en la piscina-fuente de aguas verdes de la que se desconocía su profundidad. "Depende de la época del año y de las lluvias" nos respondió el hotelero. Salíamos de ella con una película aceitosa sobre la piel que era difícil de quitarse con jabón. Noté que mi madre ya no tenía un cuerpo joven, que la ropa de baño le apretaba demasiado. Pero mi padre estaba contento porque decía que el vino de las comidas era bueno. Sin embargo, a mí me parecía que el contenido oscuro de la botella no se consumía; llegué a ponerle una marca con lápiz a la etiqueta para verificar el nivel. Comprobé que descendía pero que inexorablemente a la comida siguiente el líquido volvía a llegar a la línea que yo había pintado el día anterior. Mi madre miraba todo con un poco de asco, no le sorprendió lo de la raya del vino. Dormíamos mal, por la noche yo contaba estrellas y oía los árboles y a mis padres conversando en francés.

            Al quinto día mi madre se negó a bañarse. Nos hizo una confesión desconcertante: "No veo el agua", nos dijo, "no me atrevo a meterme, sólo veo el agujero". "Tampoco veo el cielo" continuó, "es como si lo hubieran recortado con una tijera". Luego nos aseguró que desconocía dónde se encontraba y que tampoco recordaba que se llamara Violeta. Mi padre preguntó inmediatamente por un médico. No había médico. Un señor que fumaba sin parar y que sabía poner inyecciones le recomendó amablemente que la bajáramos otra vez a la costa.

            Nos metimos al Buick a medio vestir, con las maletas abiertas y su olor nos recordó nuestra casa. Mi madre lo dijo, y sonrió por primera vez en todo el día, yo también me sentí mejor. En la carretera encontramos menos piedras, los acantilados se habían acomodado de nuevo en su sitio, y otros viajeros como nosotros habrían retirado de las huellas las últimas rocas. Mi madre se dio la vuelta en el asiento para sonreírme y mi padre se puso a cantar un área de La Traviata, entonces ella le susurró que se callara. En lo más profundo del barranco del zig zag vimos un camión despeñado, no se podía distinguir si quedaba alguien vivo entre el desorden de hierros y tablas que había junto al río.

            Antes de llegar a Sayán nos abrigamos un poco y bajamos a tomar algo en el tambo que parecía abandonado. Ya estaban enterados del accidente, los muertos habían pasado por allí. Mi madre tomó café a sorbitos cortos, como siempre. Sólo se la veía ojerosa y un poco despeinada. Mi padre soltó el llavero encima de la mesa metálica y puso su mano arañada sobre los dedos quietos de mi madre que ella retiró con un gesto suave para comentar: "Ha sido bonito el paseo ¿verdad?". No le contestamos, y nunca más continuamos la conversación sobre lo que había ocurrido.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 20/11/2003