PASAJEROS DE OTROS BARCOS
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones de la culebra coja. Sevilla, 2003

Pájaros sin alas

            Abrió una maleta ajada como una flor de fieltro negro y relumbraron a la luz plateada de la costa las hojas de los puñales. "Peces mortales" dijo el vendedor ambulante con una mueca que no llegaba a ser sonrisa bajo el sombrero. Yo sentí una punzada en la ingle y la lengua se me retorció como un molusco, cada uno acusó el golpe a su manera y nos acercamos a poner las yemas tibias sobre la hilera de aceros fríos. El hombre de piel acartonada nos iba diciendo los precios a medida que señalábamos las extrañas formas de los cuchillos. Nos quedamos con los más puntiagudos y sacrificamos la película del domingo en el cine Colina y los helados de bigote'palo, para pagarlos.

                Esa tarde estuvimos pendientes de la flauta del afilador y a él le dimos nuestras últimas monedas para convertir las hojas de acero en auténticas navajas capaces de cortar el aire a rebanadas. Las blandíamos quitándole capas al cielo nublado, las hacíamos refulgir como víboras extrayendo con un ligero movimiento de muñeca los últimos rayos de sol del fondo del océano y en una sola carrera con los cuchillos en la mano atiborrábamos el alto malecón de pájaros chillones.

                De niños mi padre nos llevaba a mi hermano y a mí al parquecito Salazar a ver cómo rellenaban el barranco. "Va a ser un parque con una vista preciosa sobre el mar, se podrán ver hasta las islas de la Polinesia", opinaba mi padre entusiasmado sin soltarnos de la mano. Argumentaba que en Holanda le habían ganado terreno al mar. Todas las tardes nos acercábamos con la ilusión de ver el acantilado convertido en una extensión verde con geranios, pero encontrábamos una ruidosa polvareda de camiones descargando escombros. "Ya se va rellenando" trataba de convencernos mi padre, demostrando un optimismo indestructible, como si estuviera en el secreto de los grandes movimientos de tierra, de la armazón del mundo, de hecho nosotros pensábamos que el que dirigía las obras clandestinamente era él. En cambio nos parecía imposible que algún día pudiéramos caminar sobre el mar, por encima de lo que en esos momentos no se veía más que como un puente de viento en nuestra imaginación.

                La tarde que compramos los cuchillos bajamos por la tierra aún fofa hasta la playa de los pelícanos imitando a John Wayne y su cuadrilla. Comprobé que mi padre tenía razón, al cabo de un par de años de descargar tierra, el talud había empezado a alzarse desde abajo hacia el malecón. Cuando llegamos a la playa y saltamos a la arena las aves más sabias levantaron vuelo con estruendo de aviones. El pelícano más valiente, o más cobarde o más viejo, se enfrentó a nosotros con las tijeras abiertas de su pico. La brisa nos arañaba las piernas y notamos el océano crecido, crecido como una marea de malos sueños.

                ¿Qué detestable perversidad advertimos en el huesudo plumaje de ese pájaro para que nos decidiéramos a apuñalarlo? ¿Qué palabras podridas recorrían los canales salados de su pico para que lo injuriáramos de esa manera? ¿Qué movimiento mecánico de sus patas despertó tal agilidad y tal odio en nuestros dedos? ¿Qué extraño desajuste sobrevino esa tarde entre nosotros y los pájaros, entre los peces mortales y nuestras manos? ¿De qué futuros agravios íbamos a vengarnos?

                El pelícano fue traspasado varias veces por nuestros gritos y cuchillos, hasta caer en la arena derramando una sangre espesa y blanca como de insecto monstruoso. Recuperamos y lavamos los puñales en el agua, y fue entonces que apareció un pingüino saltando entre las rocas, rodeó al pájaro muerto y emprendió una torpe carrera por la orilla. Creo que en ese momento estaba anocheciendo de manera general en todo el universo.

                Si hubiéramos sido buenos estudiantes habríamos sabido que por la corriente fría de Humbold suben especies polares hasta el Ecuador, pero nosotros nos quedamos atónitos ante el pez-pájaro. Salimos corriendo tras él y se dejó atrapar con una camisa, su cuerpo al tacto parecía estar lleno de aire negro, como un muñeco inflable del verano anterior. Jadeaba ahogado de calor, se defendió poco y nos lo pudimos llevar a casa con cuidado de no pincharlo, llenamos la bañera de agua y vaciamos de cubitos de hielo todas las neveras de los amigos del barrio para enfriarla.

                Nuestro pingüino parecía sentirse a gusto en su pequeño lago cerámico aunque se resbalaba haciendo aspavientos y se quedaba mirando los grifos y tuberías como si fueran alimañas. Comió sardinas en aceite, tres o cuatro latas robadas en la cocina a Maricucha y entonces nos miró con ojos redondos y se acostó. Allí pasó la primera parte de la noche, exactamente hasta que llegó mi madre de una cena en la embajada de Chile. El pingüino sacó la cabeza del agua en el momento en que ella se sentaba para hacer sus necesidades. Al verlo se levantó dando gritos y nosotros comprendimos su aturdimiento, sus vahídos y su obsesiva referencia a no haber probado ni gota de alcohol durante el convite. Lo malo fue que mi padre al oírla interpretó que había un ladrón en el baño y fue a buscar la pistola que guardaba sin estrenar en su mesa de noche. Pudimos librar a nuestro pingüino subiéndolo a la azotea y metiéndolo en una batea grande ya sin hielo y supusimos que no pasaría calor bajo las estrellas.

                A la mañana siguiente, antes de que saliera el sol, lo devolvimos al mar. Le compramos unos pejerreyes en el muelle de pescadores que devoró con avidez y se internó nuevamente hacia la corriente de Humbold a pasitos cortos. El pelícano seguía tirado en la playa como un trapo inmundo, ahorcado en su propia sangre, la brisa le levantaba las plumas traseras dejando entrever su osamenta ortopédica, ya olía mal. Hicimos un agujero a cuatro manos y lo enterramos. Encima dejamos clavados los puñales en cruz.

                Mi padre tenía razón. Algunos años después se terminó de rellenar el barranco y se hizo un parque con geranios sobre el mar, aunque nunca llegamos a ver la Polinesia.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 20/11/2003