PASAJEROS DE OTROS BARCOS
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones de la culebra coja. Sevilla, 2003

La monstruosa soledad de Fortunato (y los tagarotes)

            He vivido con miedo a crecer exageradamente, que algo externo a mí me recubriera, impidiéndome ser yo mismo, que apuntalara mi íntima debilidad artificialmente hasta convertirse en un estorbo, como le ocurrió a Fortunato Gamboa.

      ¿Adónde marcha el hijo del Sol con tan numeroso séquito? Tupac Yupanqui, el rico en todas las virtudes, como le llaman los haravicus del Cuzco, va recorriendo en paseo triunfal su vasto imperio, y por dondequiera que pasa se elevan unánimes gritos de bendición. El pueblo aplaude á su soberano, porque él le da prosperidad y dicha.

            No era la descripción de la vuelta al ruedo de un torero después de haber rematado una gran faena, pero Fortunato se sonrió y se sintió bien al leer las primeras líneas del texto. Su cabeza tenía la quietud de un museo en penumbra, con estatuas que él reanimaba a voluntad para revivir tiempos pasados. Leía diariamente, antes de dormir, un nuevo capítulo de las leyendas de las tierras que se extienden desde la cordillera de los Andes hasta el océano Pacífico. Era la historia de blancos, indios y negros caricaturizada por ese gran socarrón que fue Ricardo Palma. Guardaba el primer tomo de las Tradiciones Peruanas en la mesilla de noche, se trataba de la edición publicada en Barcelona en 1893 por Montaner y Simón, un volumen con tapa dura color marfil decorado como si fuera un libro de primera comunión para niños gigantes, un regalo querido y antiguo.

            Ex niño, ex novillero, ex negro, Fortunato Gamboa, conocido en los ruedos por Fortuni II, se metía en su húmeda cama limeña como un monstruo beatífico y se acurrucaba hasta que entraban en calor sus enormes tendones maltratados. Cuando consideraba que estaba suficientemente cómodo cogía el libro y lo abría por la señal que marcaba la última tradición leída la noche anterior.

            Cada mañana se despertaba con la extraña impresión de que alguna parte de su cuerpo se había hecho más grande durante la noche, un día era el hombro izquierdo, otro el pabellón auricular derecho, o la nariz ancha y oblicua, que más que crecer se le hinchaban. Leía los textos noche tras noche con una sensación de pavor infantil, de temor curioso ante lo desconocido, con la absurda idea de que las mutaciones lo llevarían a la muerte el día que terminara de leer el libro, como si se tratara de un último toro que le había echado la vida y que el desperdiciaba inmóvil, abstraído en algo que en realidad no tenía porqué interesarle. Aunque no era una persona comunicativa, le había confiado su premonición al quiosquero del barrio con el que le unía cierta amistad.

            Su gesto ante la muerte era similar al de un elefante indolente, alimentándose de comida enlatada que él abría sin esfuerzo en el aire enrarecido de su apartamento, acosado por fieras domésticas amansadas durante años a la luz y el silencio de fotografías antiguas que colgaban de las paredes. Al superar la mitad del tomo comprobó que llevaba una semana sin salir a la calle, sin mezclar su corpachón con la neblina marina de la ciudad, sin tropezarse con nadie, sin oír los pájaros ni sentirse solo entre la gente. Mas continuó con la lectura:

      Tocaron a muerte, y armado de estoque y bandola se presentó Lorenzo Pizí, vestido de morado y plata.
      (...)
      Un grito espantoso, lanzado á la vez por quince mil bocas, resonó en la plaza, sobresaliendo la voz del mercedario.
      - ¡Zapateta! ¿No te lo dije, negro bruto? ¿No te lo dije?- y terciándose la capa brincó del andamio y á todo correr se dirigió al pilancón.
      El toro dejó sobre la arena al moribundo Pizí para arrojarse sobre el intruso fraile, quien con mucho desparpajo se quitó la capa blanca y se puso á sacarle suertes a la navarra, á la verónica y á la criolla, hasta cansar al bicho, dando así tiempo para que los chulos retirasen al malaventurado torero.

            Comprobó Fortunato que sus miembros inflamados cada vez le permitían menos movimientos. Aunque lo hubiera intentado, no habría podido deslizarse escaleras abajo para llegar al quiosco de periódicos. Pero ese día por la noche sonó su teléfono, lo cogió con dos dedos como una pastilla y lo manipuló con el meñique izquierdo que era el único aún aprovechable para presionar las teclas. Lo llamaba justamente su amigo el quiosquero, sorprendido de no haberlo visto ir a comprar el periódico durante varios días. El domingo anterior lo habíamos visto nosotros sin saber que iba a ser el último; uno se burló de él, corrió a su alrededor gritando "¡Fortuni, Fortuni...!"; lo vimos andar tambaleante, bromear un poco con el niño que le gritaba, intentar tres o cuatro veces meterse las monedas en el bolsillo trasero de su abultado pantalón sin conseguirlo y marcharse con las monedas en la mano con vergüenza, sin querer despedirse. Su amigo, conocedor de su afición a la lectura y de su reciente obsesión, lo había llamado para tranquilizarlo:

            -"Fortuni, ¿sabes que existen más tradiciones de Ricardo Palma? hay tres tomos más y luego están las de en Salsa Verde, que nunca se publicaron. Aún tienes lectura para rato".

            -"Tráemelas", le contestó Fortunato aplastándose con los pulgares los labios deformes para evitar resoplar en el fono, "ya estoy en la últimas páginas del primer tomo".

            Imaginó su salvación: colocar el resto de los tomos en la mesilla y no abrirlos jamás. El lunes esperó con ansiedad la llegada de su amigo, también el martes y el miércoles, sin poder evitar leer cada noche una nueva tradición. Soplaba torpemente las últimas hojas para poderlas pasar sin tocarlas. Intentó en repetidas ocasiones llamar a su amigo, pero consciente de su incapacidad para manipular el teléfono aventó el aparato por la ventana, sin furia, con la misma actitud resignada de un nómada perdido que tira la cantimplora vacía en el desierto. Sabía que no le podía caer a nadie, su apartamento daba a un solar vacío. Arriba, sobre su ventana, las nubes parecían una cortina sucia metiéndose en su cuarto. Mientras tanto su cuerpo seguía aumentando de volumen desordenadamente. Palpó su bajo vientre, como alisándolo, y cediendo a la tentación de colocar encima el libro y leer las últimas líneas de aquél tomo de las Tradiciones de Ricardo Palma.

      Aunque á contar de ese día no han vuelto fantasmas á peregrinar ó correr aventuras por las murallas del hoy casi destruido Real Felipe, no por eso el pueblo, dado siempre a lo sobrenatural y maravilloso, deja de creer a pie juntillas que el fraile y la monja vinieron al Callao en tren directo y desde el país de las calaveras, por solo el placer de dar un susto mayúsculo al par de tagarotes que hacían centinela en el bastión del castillo.

            Indagó cuál podía ser el significado de "tagarote" e intentó levantarse para coger el diccionario, pero su peso lo venció hacia adelante empotrando su cabeza en el armario. Jadeó débilmente envuelto en la nostalgia y la naftalina de su ropa inútil, de sus trajes sin luces, que le cayeron encima entre perchas y cajas de zapatos, como si un dios justo y misericordioso le hubiera al fin dado la puntilla en el momento que exclamaba:

            -"¡Qué carajo serán los tagarotes!"

            Lo encontraron dos días después y se sorprendieron al descubrir que el cadáver estaba como desinflado.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 25/12/2003