PASAJEROS DE OTROS BARCOS
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones de la culebra coja. Sevilla, 2003

El vapor Donizetti

            Muy temprano, nada más terminar la misa de madrugada que oyó en una iglesia del Callao, se fue al puerto y subió estremecido por la escalerilla del vapor Donizetti que esperaba atracado en el primer muelle.

            -¿Este es el barco que sale para Italia? ¿el de la Italian Line, no?

            -Sí padre, este es, pero tiene tiempo de sobra, hasta la noche no zarpa-. Le respondieron con sorna los tripulantes que estaban apoyados en el pasamanos.

            Uno de los marineros lo acompañó, sin cargarle la maleta, hasta el pasillo de popa de segunda clase.

            -Este camarote está ocupado por "giente" que viene de Chile- dijo con burla al tiempo que golpeaba una puerta con la palma de la mano-, del resto escoja la litera que más le guste, todavía están todas desocupadas, usted ha sido el primero en llegar.

            El padre López se paseó hasta el final del angosto corredor aguaitando uno a uno los camarotes de seis personas desprovistos de ojos de buey por quedar debajo de la línea de flotación del barco. Escogió al fin el más cercano a la puerta del baño, frente al ya ocupado por los chilenos y después de comprobar que no olía demasiado a desinfectante, depositó su maleta en una de las literas de abajo. "Así no tendré que molestar a nadie para salir", pensó. Antes de irse a refrescar un poco prefirió colgar la ropa que traía consigo en uno de los compartimentos del pequeño armario común. Al quedarse vacía la maleta dejó al descubierto el falso fondo disimulado, lo levantó un poquito para cerciorarse que allí seguían sus dólares y sintió un escalofrío de satisfacción cuando volvió a taparlo. Evidentemente Dios lo había premiado permitiéndole realizar por fin el viaje a Roma. Encajó la maleta contra el techo, encima del armario, y se metió al baño para despejar con agua fresca el pequeño mareo que le embargaba y el desagradable zumbido de oídos. "A los serranos siempre nos pasa lo mismo cuando bajamos a la costa", pensó. Pasar de los 3.800 metros de altitud a metro y medio bajo el nivel del mar era demasiado brusco para un organismo acostumbrado al aire de las casuarinas de la parroquia de Ayaviri. El viaje había sido extenuante, treinta y seis horas de frío en el ómnibus de lunas rotas hasta Lima, y después, esperar sentado en un banco de la plaza San Martín, con el cuerpo destemplado, a que amaneciera para coger un taxi colectivo hasta el Callao.

            Salió del camarote y subió a cubierta, hizo un gesto simiesco para llenarse los pulmones de aire con la satisfacción de encontrarse iniciando el ansiado viaje, se distrajo mirando a los pasajeros de primera clase que en la cubierta más alta, como pegados al cielo, se acomodaban en las tumbonas al borde de la piscina, y decidió ponerse a leer las oraciones de su breviario, para evitar las tentaciones, que en estos casos, como le habían advertido, suelen ser muchas.

            Los que venían de Chile era un grupo de travestis, artistas del espectáculo según se presentaban ellos mismos, que iban de tournée por Europa. El padre se cruzó con ellos. "Hay un cura a bordo", oyó. "Mejor, así si te mueres durante el viaje tendrás quien te confiese", le dijo otro fingiendo voz de mujer.

            Antes de almorzar el padre bajó a los camarotes que habían sido invadidos por un gentío de jóvenes pasajeros, casi todos estudiantes peruanos rumbo a España, escogiendo litera y guardando sus maletas. Los miró con aprobación y comprobó que el rosario de cuentas grandes de madera seguía sobre su almohada, tal como él lo había dejado en señal de que estaba ocupada, y con la sensación de alegría que no le abandonaba desde que puso el pié en la escalerilla del barco se dirigió al comedor.

            A la hora de la siesta volvió a bajar y descubrió estupefacto que el rosario había desaparecido. En el armario tampoco estaban sus cosas, ni la maleta. Preguntó a los que dormitaban o fumaban en las literas, pero uno: "No sé padre, aquí no es". Otro: "Usted se ha equivocado". "No, no me he equivocado, este era el camarote", repetía el padre desconcertado, "frente al baño, estoy seguro".

            -¿Rosario ha dicho? ¿Tú has visto un rosario?- se preguntaban unos a otros.

            -No, no, yo no he visto nada- contestaban haciendo como si buscaran debajo de las literas.

            Pasó al camarote de al lado.

            -No, aquí tampoco, pater.

            -¿Pero dónde, dónde están mis cosas? Por Dios- rogaba.

            Al final del pasillo había una puerta un poco más estrecha que el resto, era también un camarote, pero caía justo encima de las hélices y el ruido y las vibraciones de los motores lo hacían inhabitable por lo que normalmente se quedaba vacío durante la travesía, aunque tuviera como los demás seis literas completas. La escasa ropa del padre estaba allí, tirada en el suelo, la maleta abierta boca abajo, el rosario hecho un nudo en la manija de la puerta. Su primer impulso fué comprobar si los dólares continuaban en su escondite, pero se contuvo y antes rescató el rosario para besar la cruz con unción. El dinero no había desaparecido, nadie lo había tocado, volvió a besar la cruz, dio gracias a Dios, sonrió con tristeza, recogió sus camisetas y calzoncillos secados el día anterior en el patio de su parroquia y los acomodó en el armario. No diría nada. "¡Qué más da un camarote que otro! Además, así tendría la ventaja de viajar solo".

            -Veníamos a hacerles una visita, bueno, a proponerles algo- dijo uno de los estudiantes peruanos que subieron en el Callao, al entrar sin previo aviso al camarote de los chilenos.

            -Ah, bueno, entonces tomen asiento, esto está un poco desordenado pero podemos hablar- dijo el único artista que se encontraba en ese momento en el camarote. Seguidamente hizo el ademán de limpiar con la mano la litera y se sentó en un extremo-. ¿De qué se trata, pues?- pronunció el pues como una concesión amable a la manera de hablar de los peruanos.

            Al sentarse se le había abierto la bata dejando al aire la entrepierna depilada.

            -Me llamo Winona- continuó sonriente-, formo parte del espectáculo que llevamos a Europa ¿en qué les puedo servir, pues?- repitió.

            Mientras tanto el padre ya había terminado de rezar y se disponía a dormir. Cuando empezaba a coger el sueño oyó que llamaban suavemente con los nudillos a la puerta de su camarote. Era una chica, de veintitantos años, que lo turbó un poco.

            -Padre- le dijo titubeando-, vengo a que me ayude, voy para Europa, pero escondida porque no tengo dinero y mi novio me espera en Barcelona para casarnos. Aquí, con usted, nadie sospecharía, déjeme quedarme aquí.

            El padre López la dejó pasar, le señaló la litera opuesta a la suya y no se atrevió a preguntarle nada. Acurrucado ya en su cama, pensó que había hecho mal, que no debió aceptar, que se podía meter en un lío y que perdería la ventaja de viajar solo en ese ruidoso camarote; además ella hubiera podido seguir donde hasta ahora había ido escondida "¿acaso no llevábamos cinco días navegando?", pensaba. Le resultaba difícil volver a conciliar el sueño, por momentos creía percibir la proximidad de un cuerpo, lo envolvía un perfume femenino, serían imaginaciones suyas, tampoco podía ser real el aliento que le rozaba la mejilla, pero de pronto sintió con precisión una mano izquierda, insegura, de dedos largos, que se apoyaba en su cintura y empezaba a recorrerla desplazándose hacia sus ingles y una mano derecha, más firme, que reptaba suavemente por su espalda hacia su cuello. Su primer impulso fue dejarse vencer como en un sueño placentero, pero inmediatamente se dio la vuelta temiendo descubrir lo que sospechaba: allí estaba ella, arrodillada al lado de su litera, con los labios húmedos:

            -¿Quieres pasar un ratito de amor conmigo?

            El padre dió un salto golpeándose la cabeza contra la litera de arriba.

            -¡Señorita!- le increpó-, he aceptado que se quedara, por caridad, pero nada más. Si me vuelve a importunar llamo al capitán, ahora duerma en la cama de abajo, yo me cambiaré a la de arriba, para no verla- terminó casi temblándole la voz.

            -¡Uy, el capitán, qué miedo!-, exclamó la chica, pero no lo volvió a molestar en toda la noche, se durmió enseguida con unos ronquidos alarmantemente masculinos que desvelaron definitivamente al padre. A la mañana siguiente, la vió levantarse, estirarse un poquito la falda que no se había quitado, decir "Okey, padre", y dirigirse por el pasillo, con toda la naturalidad teatral que era capaz, hacia el camarote de los chilenos. El padre aún no había salido de su asombro cuando empezaron las risas de los peruanos:

            -¡El cura ha pasado la noche con un travesti! jajajá. ¡El pater se ha acostado con la Winoooona! jajajá.

            Esa mañana el padre no quiso subir a desayunar, ni asomarse a cubierta a ver el paso del canal de Panamá. Se quedó tumbado en su litera. "La broma de la noche anterior había sido muy pesada, de mal gusto", les decía a dos de los estudiantes peruanos que habían bajado a verlo y no paraban de reirse y de entonar "Winoooona" cada vez que el padre se callaba. Sin embargo, se convenció al fin de que debía perdonar, como buen cristiano. Hasta empezaba a tener remordimientos de la ira que le produjo ver al travesti, con una falda ligera que evidenciaba que no llevaba nada debajo, alejarse por el pasillo, canturreando algo con acento chileno y dando respingos con el culo en cada puerta, mientras se oían las risotadas de los estudiantes y los gritos de: "¡El cura ha pasado la noche con la Winoooona!"

            Pero cuando creyó haber superado su bochorno y se dejó ver otra vez por el comedor, notó con satisfacción que, a partir de ese momento los estudiantes peruanos lo trataban con más familiaridad, como queriéndolo integrar en sus chistes y bromas. "Ha sido una novatada", pensaba con cierto orgullo, y se empezaba a encontrar bien entre sus compañeros de viaje, más propenso a la comunicación y al buen humor. Desgraciadamente, esto llevaba aparejado quedarse sin postre, porque le decían "usted no, ¿verdad, pater? Usted hace sacrificio, no quiere postre" y le quitaban la manzana, el flan, o la insípida macedonia de frutas, y unos días después también le quitaban la porción de pizza y el salame y la mortadela. Le dejaban poco para comer, los spaghetti solamente, que él se apresuraba con malicia a meter la cuchara y chupetearlos para que nadie le metiera el tenedor. Pero a pesar de todo, había logrado recuperar su optimismo inicial, que como él decía nunca debió perder, y se encontraba hasta más relajado y dispuesto a cometer pequeños excesos que nunca se había permitido, tanto es así, que una noche se sinceró con uno de los estudiantes que lo había hecho fumar, él atorándose, "yo no sé tragar el humo", decía, y el otro diciéndole "dele, padre, dele, verá qué bueno", y él diciéndole "a partir de ahora ya no me llames padre, llámame Dámaso, no más", y estando en esas le contó la secreta misión que le habían encomendado:

            -Tú sabes que voy a ver al Papa- le dijo-, pero hay algo más que no se lo he contado a nadie.

            -¿Si?- se sorprendió el estudiante.

            -Sí. Verás, los feligreses de mi parroquia, de Ayaviri pues, hicieron una colecta para comprar una campana para la iglesia, y me han dado el dinero para que la compre en Italia. ¿Te das cuenta lo que va a ser eso cuando regrese? Una campana vaticana repicando en un campanario de los Andes peruanos, y todos los feligreses acudiendo a misa y la campana tan, tan, tan, como en Roma.

            Al cura se le habían humedecido los ojos y el estudiante le comentó sonriendo:

            -Parece que le ha gustado la marihuana, pater.

            El padre Dámaso cayó entonces en la cuenta de porqué se sentía raro y porqué estaba haciéndole tantas confidencias a ese estudiante.

            "¡El cura tiene plata! ¡El cura tiene plata!" oía por los pasillos del barco, o desde los baños, cuando estaba sentado en el retrete. "No es mía, no es mía", pensaba, "creen que soy rico, no saben lo que dicen", pero cuando descubrió en una de sus inspecciones periódicas a la maleta, que su dinero había desaparecido, que el falso fondo estaba vacío, como si nunca hubiera contenido los fajos de dólares comprados en el mercado negro de Puno, se cayó entonces al suelo con la mente en blanco, sin comprender nada. Se despertó en el hospital del barco.

            -No se preocupe, padre, le hemos dado unos sedantes, nada más, estaba usted muy nervioso, ya se le pasará todo.

            -¿Pero qué voy a hacer yo ahora? ¿Qué les voy a contar a mis feligreses? ¿Cómo me voy a presentar yo en Roma?

            El enfermero italiano, que el padre en un principio tomó por argentino, le hablaba en un castellano de muchos viajes a Suramérica:

            -No se preocupe ahora, ya veremos, ya veremos.

            Le dió a oler amoniaco, a beber una copa de grappa y de paso se sirvió otra.

            -¡Ma, qué dura es la vida! ¡Sin dinero, el padre en Italia!- forzó el enfermero la conversación-, ma, siempre hay remedio- continuó-, por ejemplo, es sólo un ejemplo que yo digo, mañana llegaremos a Cartagena de Indias, ¡Ah, Cartagena, qué arte, que arte de la talla de la madera en Colombia! ¿Usted conoce?

            El padre López lo miraba con asombro mientras saboreaba la grappa y negaba con la cabeza.

            -En Cartagena hacen una talla bellícima, preciosa, que en Génova yo puedo vender por mucho dinero.

            -¿Y por qué no las compra?- preguntó el padre.

            -Ah! Yo no puedo, yo estoy prohibido de llevar cosas en el barco... ma usted no, usted es pasajero. Yo, con mucho respeto, voy a permitirme proponerle un negocio a su reverencia- le dijo al fín.

            -¿De qué se trata?- preguntó el padre dejando la grappa con desconfianza.

            -Mire- dijo el italiano haciendo un gesto como si lo englobara todo con la mano-, usted viaja en un camarote vacío, es una pena, allí caben esculturas, tallas colombianas, bellícimas, yo las coloco y le pago a su santidad un porcentaje per cada una, su reverencia no se tiene que preocupar de niente, de nada, para eso está Giusseppe- terminó tocándose el corazón con la mano abierta.

            -Si sólo es eso, no hay ningún inconveniente- respondió el padre después de dudarlo unos segundos, sin atreverse a preguntar el importe de la comisión que iba a recibir.

            -Su reverencia quedará satisfecha, muy satisfecha, estoy cierto.

            Al cabo de un rato oyó que el enfermero Giusseppe le preguntaba desde el pasillo, vestido de calle y con un cigarro en la boca que evidenciaba su faceta de negociante: ¿No va a bajar usted a visitar esta bellícima ciudad?

            Cuando el buque zarpó de Cartagena de Indias y el padre López pudo volver a su camarote, ya repuesto de su indisposición y más resignado por el robo que había sido objeto, se encontró con cientos de enanos de madera, de metro y pico de altura, encajados en las cinco literas libres, que lo escrutaban con sus ojillos ciegos desde todos los ángulos. Al examinarlos, descubrió que había de varios tipos, los que sostenían un cenicero con la palma extendida, los que en el gorro tenían un agujero para adaptarles una lámpara y los que eran simplemente adornos de madera tallada para ponerlos quién sabe dónde. "Bueno, bueno", dijo, "con estos italianos nunca se sabe, le hablan a uno de unas tallas bellícimas y después le meten como cuatrocientos enanitos ¡Qué se le va a hacer!" El padre continuó el viaje desde entonces con esa muda compañía, aceptando su suerte y consolándose con que la comisión sería mayor y a lo mejor le permitía recuperar el dinero para comprar la campana de Ayaviri.

            Unos días después, estando en cubierta, uno de los artistas chilenos señaló la costa que se veía de forma intermitente a causa de la niebla y dijo que eso ya era España. "¿Ya? La travesía se me ha hecho cortísima a pesar de todo, hemos cambiado de continente en un abrir y cerrar de ojos", pensó el padre. "Y eso de enfrente debe ser Africa", continuó el chileno. "Con un poco de suerte podremos ver Tánger", dijo un tripulante que estaba recogiendo las hamacas. "Esta noche atracaremos en Cádiz", añadió. Al padre la emoción le recorría el cuerpo en forma de calambres instantáneos. "¡Por fin Europa! ¡Y al final, con el negocio de Giusseppe, a lo mejor se me arreglan las cosas y puedo comprar la campana! Dios aprieta pero sólo ahoga a los malos", pensaba.

            Estaba previsto que el Donizetti se quedara esa noche y el día siguiente en Cádiz, daría tiempo a visitar la ciudad y después saldría rumbo a Barcelona, destino de los estudiantes peruanos, un día después Marsella, donde empezarían la tournée los chilenos y por último Génova, los enanos desembarcados y él dispuesto a visitar al Santo Padre y comprar la campana.

            Se sorprendió cuando un oficial les avisó que habían negado al barco la autorización para atracar en el puerto de Cádiz y que tendrían que fondear en la bahía. "¿Por qué? ¿Qué ocurre? ¿Nos ponen en cuarentena? ¿Hay acaso cólera a bordo?" Nadie sabía la razón exacta cuando vieron aparecer una lancha patrullera de la guardia civil española que, aunque todavía era de día, iluminaba con un fuerte foco la cubierta. "Vienen a hacer una inspección", dijo un tripulante. El padre se sobresaltó, le vinieron a la mente los ojitos de los enanos que lo habían acompañado durante toda la travesía mirándolo como reprochándole algo. "No puede ser, se tranquilizó, es simple artesanía colombiana con destino a Italia, no tengo nada que temer". Pero se equivocaba, lo primero que hizo el guardia al llegar a su camarote fue descabezar a un enano y encontrar que estaba lleno de bolsitas de un polvo blanco parecido a la sal. Al padre le entraron otra vez los mareos.

            -¿Es usted Dámaso López Estévez, sacerdote católico?

            -Sí señor, soy el párroco de Ayaviri en el Perú- contestó con cierto orgullo.

            -Tendrá usted que responder ante la brigada anti-droga por este lote de cocaína- le dijeron.

            El religioso se planteó en ese momento la posibilidad de quitarse la vida tirándose por la borda.

            Yo desembarqué en Cádiz para coger el tren para Madrid y en tierra me enteré que el padre López había sido detenido. Lo fui a visitar al penal del Puerto de Sta. María. Lo encontré medio desnudo sentado en una celda oscura. Rechazaba cualquier tipo de ayuda, no se fiaba de nadie, quería que lo dejaran solo.

            Al entrar a la celda se había desprendido de la sotana y la desgarró a la vista del funcionario con rabia y fuerza inesperadas.

            -Te has jodido cura, no vas a tener ni ropa para largarte de aquí-. Oí que le repetía sin burla otro preso desde un rincón. Inexplicablemente el enfermero Giusseppe no estaba entre los detenidos.

            A la mañana siguiente, la policía después de examinar este insólito caso de tráfico de drogas, decidió, teniendo en cuenta que no era un delincuente habitual, ni reincidente, sino un sacerdote engañado, dejarlo en libertad. Dámaso aceptó una camisa y unos pantalones que le ofrecieron los guardias, "eran de un drogadicto que murió aquí", le dijo uno.

            Al asomarse al puerto y ver que el Donizetti ya había zarpado rumbo a Barcelona, sintió como si lo hubieran desembarcado de su propia vida, que con el barco se iba su destino anterior y se quedaba ahora en un puerto no previsto, con la sensación de haber resucitado con la ropa de otro.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 27/11/2003