PASAJEROS DE OTROS BARCOS
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones de la culebra coja. Sevilla, 2003

El silencio de Yasmina

Se cree uno feliz
cuando cree dirigirse
hacia lo que cree amar.
Jean Rostand

         Cuando me interesé por los estudios de periodismo en Madrid, el empleado de la universidad que me atendió, después de cerciorarse que no había nadie a nuestro alrededor, me dijo: "Hombre, cómo vienes a estudiar periodismo a España si en Lima tenéis al mejor de los maestros: ¡Corpus Barga!".

         Era la primera vez que oía mencionar esa inconfundible identidad, con la duda de si se trataba de nombres o apellidos, y fue también la primera vez que alguien se dirigió a mí conjugando el extraño "vosotros" que en el Perú no se utiliza: "tenéis" me sonó a tratamiento real. Su observación aumentó el complejo de inculto periférico que yo traía y ratificó mi impresión de que en España todo el mundo se sabía El Quijote de memoria, por lo menos. Pero la casualidad había hecho que me topara con una de las escasas personas que sabían de la existencia del periodista español en el exilio; en los largos años siguientes no me encontré a nadie más que lo conociera.

         La falta de papeles oficiales y el temor reverencial que me infundía cualquier institución académica me hicieron desistir de estudiar periodismo y continué asistiendo a la facultad de Derecho, donde ya habían admitido mi matrícula, y aunque no llegué a licenciarme alcancé ese raro título de "Doctor Horroris Causa", que nos lo dan a algunos viajeros al lograr superar, aunque sea con espanto, las pruebas de convivencia.

         Corpus Barga fue un solitario transoceánico, cruzó por primera vez el Atlántico en 1930 en una aeronave llamada "Graf Zeppelin". Era también uno de los primeros viajes de ese volátil artefacto. El periodista exiliado iba a bordo cubriendo la noticia para el periódico El Sol de Madrid. Es inquietante ver cómo a veces se confunden los destinos de las máquinas y los hombres. Ese enorme balón de gas capaz de transportar grandes cargas, y una muchedumbre de aeronavegantes complacidos, (en la época en que los aviones eran pequeños, ruidosos e inestables) desapareció de los cielos por autoignición, a pesar de que luego se descubrieran gases no inflamables, materiales más livianos y resistentes, nada de eso sirvió para salvar a las silenciosas naves que flotaban en la atmósfera. Corpus Barga también desapareció casi sin dejar rastro, como un aerostato. Su obra se reduce a escasos libros inencontrables y unas memorias inacabadas. Formaba parte de la España borrada.

         El desacuerdo radical de Barga con los intereses burgueses, tan apegados a la ley de los poderosos, y por ende tan abusivos, le había hecho abandonar España cuando casireinaba Alfonso XIII. Al estallar la guerra civil en 1936, el escritor ya llevaba varios años en su trinchera personal, disparando tanto desde Francia como desde Inglaterra.

         Tamaral era en cambio un solitario trasterrado, sin amigos ni enemigos. Cuando Barga lo trató en París, se reconoció de alguna manera en el peruano, el "Mocho" como le llamaban a causa de su oreja cortada, que vivía el presente con sencilla dignidad, anarquista huraño, no sometido a ninguna regla que no fuera las que él mismo se imponía.

         Las prostitutas que trabajaban en la oscuridad de las callejuelas de la Porte Saint-Denis iban a buscar a Tamaral a la tertulia que los españoles mantenían hasta altas horas de la noche en los cafetines del barrio; allí las atendía de sus males venéreos sin interrumpir las conversaciones literarias que mantenía con Barga y otros disidentes; si consideraba algún problema de mayor gravedad las citaba para el día siguiente en su consulta. No les daba una palabra de cariño, pero la inflexión de su voz, la manera de doblar el índice y el pulgar al entregarles el minúsculo tubo de globulitos mágicos, su incapacidad para disimular la intensidad de su interés, denotaban el afecto que les tenía. A veces una de ellas de aspecto árabe se quedaba a escuchar los comentarios sobre la gente que trabajaba en España, sobre ese pintor que estaba escribiendo poemas llamado Alberti, o ese poeta que hacía dibujos llamado García Lorca, (ignorantes de la tragedia que se les estaba avecinando), ella permanecía callada, sin intervenir en las conversaciones.

         Yasmina no era de las más jóvenes, ni de las más atractivas, sólo su actitud misteriosa le daba cierto encanto; cuando conseguía un contrato para bailar la danza del vientre en algún teatrucho de La Villette se transformaba en la sensual "Maroccaine". Una noche Tamaral escribió en una servilleta "Soy escritor y estoy contento de estar vivo", ella intuyó que ninguna de las dos cosas era cierta, porque nunca le había visto escribir ni una línea y sospechaba que lo que realmente sentía por la vida era una profunda insatisfacción, a partir de esa noche se fue a vivir con él al apartamento barato que tenía alquilado en la rue d'Aboukir donde aún se sufrían las consecuencias del terror que impuso el asesino en serie Laurent en esa calle. Yasmina ya no lo abandonaría jamás hasta su trágico final.

         Corpus Barga quiso narrar la vida bohemia de los exiliados en París en "Los pasos contados", pero no terminó sus memorias, llegó sólo a contar sus primeros pasos dados en su Castilla natal y en su primer exilio francés. Sin embargo sabemos que en 1948 viajaría al Perú, animado sin duda por Tamaral, para dirigir la Escuela de Periodismo de la Universidad de San Marcos; allí se pierden sus pasos, el último que no pudo contar lo daría en Lima el 8 de agosto de 1975, rodeado de mujer, hijos y nietos. Lo vio Tamaral. En esta ocasión había sido el exiliado español establecido en el Perú el que había hecho que volviera su amigo a su patria, le había conseguido un puesto dentro del periodismo radiofónico. Tamaral organizó un programa de crítica política en radio Victoria, "Rrrrrrramalazos", que a medio día paralizaba el tráfico de Lima. A la muerte de Barga, Tamaral abandonó por segunda vez su patria.

         Al regresar a Francia comprobó que le habían destruido su barrio, las calles habían desaparecido, en lugar del mercado de les Halles se levantaba una especie de refinería de petróleo de juguete construida para albergar obras de arte de vanguardia, con nombre muy francés y muy rimbombante: Pompidou. Sólo se asomó al gran vestíbulo decorado con los angustiosos móviles de Calder, no se atrevió a entrar. Tenía la sensación de que en medio de la calle le hubieran hecho una operación a corazón abierto para implantarle otro ortopédico de última tecnología y más pequeño. Todo había cambiado, lo único que reconoció fue la lluvia. Yasmina tampoco encontró a sus antiguas compañeras, algunas habían muerto, otras se hallaban recluídas en casas de acogida.

         Tamaral compró entonces un pequeño camión y se alejó de su barrio, de París, de Francia, huyó hacia el sur buscando un lugar de clima templado donde vivir. El azar lo llevó a Sevilla, siempre en compañía de Yasmina.

         "La vida consiste en la preparación minuciosa de nuestro suicidio", le oí decir a Tamaral en Sevilla después de dejar a punto la maquinaria que lo hizo saltar por los aires en el aeropuerto de Tablada. A él le había costado noventa años la preparación de su muerte. Yasmina parecía estar al tanto de sus intenciones.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 2/12/2003