PASAJEROS DE OTROS BARCOS
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones de la culebra coja. Sevilla, 2003

Amalia y la máquina de sueños

         - Ave María Purísima.

         - Madre, vengo...

         - ¿De dónde es el cheque, del First National o del National City?

         - Del First National, madre.

         - Bien, pasa por aquí.

         Era una salita primorosa, con mesas redondas cubiertas de tapetes de encaje, la tarde se filtraba por las rendijas de las cortinas y resbalaba como sudor sobre los discípulos de una última cena en la que aparecían como doce jornaleros comiéndose el bocadillo de las once. Me vino a la cabeza un artículo de "Triunfo" en el que había leído que la transpiración mezclada con brea producía, a los trabajadores de las carreteras, cáncer de testículos. En esa pequeña pieza de suelo de losetas, el tiempo se incubaba también como una enfermedad bajo la atenta mirada de los apóstoles, se acumulaba en los objetos sagrados, en los muebles, en las sillas de patas torneadas y en un pequeño sofá donde con seguridad nunca se habría sentado una pareja a darse un beso. A través de la puerta de cristal esmerilado se distinguían las figuras borrosas de las monjas con delantales que vivían al otro lado del mundo, como yo me imaginaba la caverna de Platón. En la parte oculta de la realidad, el aroma a visillo limpio, a aire de domingo, no impedía que llegara a la salita olor a mujer y a florero vacío.

         El convento estaba en el mismo barrio de Argüelles. Allí acudíamos algunos estudiantes suramericanos a cambiar los dólares que nos enviaban nuestras familias para mantenernos en Madrid. Era dinero negro divinamente justificado. Las religiosas ganaban con el cambio y conseguían los dólares, imposibles de obtener en los bancos, para sostener sus misiones del Tercer Mundo, de donde casualmente veníamos los estudiantes, tan dispuestos.

         El régimen de Franco, que en lo político era católico hasta el fanatismo, discriminaba en lo económico a las monjas, que se veían obligadas a actuar en el mundo clandestino del estraperlo con la soltura de cualquier cambista experimentado. Eso sólo lo sabíamos nosotros y los porteros de los hoteles, que eran los que llevaban dólares en los bolsillos en la España de aquellos años 60, y nos pasábamos el dato de unos a otros. "Las Trinitarias lo están pagando a 85 pts". "En Ventas, al lado de la plaza de toros, hay un chino que paga 87 pts". El chino era Juan, dueño de varios restaurantes en la calle de la Ballesta y de una "casa de señolitas", donde a veces se quedaba una parte de las pesetas recibidas.

         Ese día la cantidad de mi cheque era mayor. La monja me miró casi con admiración, mientras se secaba las manos húmedas en el delantal, creyendo que estaba ante uno de los estudiantes más ricos del barrio; no sabía que en ese mes de marzo había sido mi cumpleaños y que mi padre había agregado veinte dólares para que me comprara una máquina de escribir, probablemente porque mi madre no entendía mi letra en las cartas quincenales que les escribía. Ese regalo tendría consecuencias imprevisibles para mi familia, y para mí fue como descubrir un territorio poblado de textos simétricos, corregibles, en el desorden insular de libros y ropa de mi habitación.

         Ella me esperaba en la calle en sus pantalones vaqueros rojos casi ofensivos para las familias que caminaban en dirección a la misa de seis de la tarde. No había querido pisar ni una sola de las losetas de las monjas, había pasado muchos años de rodillas sobre ellas, argumentaba, y sacudía su pelo rubio como tratándose de quitar malos recuerdos. Bajamos en silencio por el bulevar de Alberto Aguilera hacia el parque del Oeste, los atardeceres siempre me producían melancolía, hasta los de Lima, que recordaba livianos y fugaces. Los de Madrid tenían algo de falsos, como si los hubiera pintado yo mismo en mis clases infantiles de pintura, había que adivinar cada elemento trastocado, las nubes púrpuras se estiraban sobre las farolas del paseo de Rosales que no era realmente un malecón y el horizonte gris no correspondía al mar sino a la fría meseta castellana. Eran puestas de sol secas, para verlas desde las ventanas cerradas de las viejas pensiones del barrio universitario, tal vez con unas líneas de fiebre, como hiciera Neruda en la calle Maruri de Santiago, pero no para pasear con una chica bajo la oscuridad de ese cielo que iba ensombreciendo paulatinamente nuestras cabezas. Lo había pensado infinidad de veces durante los años que transité sólo por Madrid y me paraba en las esquinas de Princesa comprobando que las bocacalles bajaban engañosamente hacia un océano inexistente. Luego volvía a mi habitación alquilada, a leer en la cama el último libro adquirido en la Cuesta de Moyano o en la librería clandestina de Modesto. Ya en esa época me resultaba difícil acordarme de lo que leía, siempre tuve mala memoria, pero tenía la certeza que mis variadas lecturas me iban dejando sin darme cuenta un poso de conocimientos, era una sensación ambigua y agradable que siempre experimenté.

         Probablemente un náufrago en una isla desierta se lamente de no poder compartir con la persona amada, ni siquiera en la imaginación, la belleza de sus atardeceres. Porque el náufrago está fuera del mundo, como las monjas platónicas, ha desaparecido para los demás, condenado a vivir hundido en su propia felicidad, desperdiciando tanta belleza, convirtiendo tanta emoción y tanto mar en algo íntimo e ignorado. Esa era la sensación que me invadía cuando subía por las escaleras del Metro, o cruzaba la Puerta del Sol a donde llegaba frecuentemente sin motivo alguno: me encontraba como un muerto feliz, sumergido entre los habitantes desconocidos de una gran ciudad.

         Ella andaba esa tarde unos pasos por delante de mí, de pronto se volvió y su mirada verde materializó de golpe el mundo que había a su alrededor. "¿Qué te pasa? me preguntó". Disimulé la impresión que tenía de estar enredado entre celajes y pensamientos y me encontré ante un cielo concreto, azul oscuro, casi negro y una chica rubia con ojeras que me miraba divertida, casi burlona, produciéndome una emoción desconocida que no terminaba de creerme. A pesar de todo, cuando llegué al lado de la farola donde ella me esperaba no me atreví a cogerla de la mano como habría sido mi primera intención.

         En el escaparate de la esquina de la calle Ferraz se exhibía la Olivetti Pluma-22 portátil en la que había pensado muchas tardes. Pero ese día estaba dispuesto a pasar de largo, sin detenerme siquiera a contemplarla, con la esperanza de llegar temprano al parque con ella y burlar a los guardias que a golpe de pitos perseguían a las parejas escondidas entre los árboles. Sin embargo, en el último momento volví para atrás y dándome cierta importancia empujé con el hombro la puerta batiente de cristal de la tienda. "Me la voy a comprar" le dije, como si comprara máquinas de escribir todos los días. Pero ella descubrió en seguida la emoción que intentaba disimular y se asombró de que una simple máquina de escribir pudiera causarme tanta ilusión. No la desengañé, pero oculté el verdadero motivo de mi entusiasmo. Es verdad que la compra de esa caja plana llena de teclas de la que yo creía que iban a salir todas mis ideas de allí en adelante me producía una emoción única, pero lo que me estaba provocando esa sensación de euforia incontenible era la casualidad de haberme encontrado con Amalia al bajar del autobús de la Ciudad Universitaria y que ella hubiera contestado a mi tímida pregunta con un: "A ninguna parte ¿y tú?".

         La primera vez que vi a Amalia fue una tarde en la puerta de la Facultad de Derecho, aunque ella estudiaba Químicas. Estaba sola. Tuve la impresión de que sus ojeras se hacían aún mayores cuando fijaba la vista en las parejas de compañeros que conforme llegaban iban comprando las entradas para el baile del Paso del Ecuador de ese año. Yo también había llegado solo, y me quedé en la puerta sin que me convenciera mucho la idea de entrar. Ella miraba el reloj tratando de disimular su inquietud. Al final no llegó nadie a buscarla y la vi emprender el camino de regreso, mirando sin interés el revuelo del otoño en la avenida principal de la universidad. Extraña ciudad aquella que se cubría de hojas secas al empezar el curso. En Lima no hay otoño. Me sorprendía tanto el suelo amarillo como la nieve negra que encontré en El Escorial después de un verano cuando fui a echar la primera carta para mi madre. Entonces vi cómo ella se fundía con las hojas, como una Alfonsina Storni en un mar dorado. Yo que estaba bolerizado desde mi infancia, recordé en ese momento la letra de más de cien canciones pero no me atreví a seguirla ni a proponerle nada, tampoco sabía que se llamaba Amalia, temí que estuviera de mal humor, o que a lo mejor fuera a hacerla llorar empleando palabras equívocas. Esa noche lo lamenté en la cama de mi habitación con "La P... respetuese" de Sartre en las manos por toda compañía.

         Dentro de la tienda, para calmar mi doble ansiedad mientras esperaba que me atendieran, le volví a preguntar de qué pueblo era y ella me repitió que de Santa María del Tiétar. Me lo había dicho por lo menos veinte veces pero no me quedaba con lo del Tiétar. "Es el río", me dijo riéndose y me lo imaginé como un torrente cristalino bajando por las laderas de Avila donde ella se habría mojado los labios más de una vez. Más tarde, sentados entre los árboles, utilizando el estuche de la Olivetti como asiento, hablamos de su infancia y de su pueblo, que era el primero de la sierra. Entonces empezó a llover y no pudimos terminar la conversación, no le pude decir lo que sentía por ella desde que la vi en la puerta de la facultad de Derecho. Abandonamos el parque corriendo y a oscuras. A la salida advertí la mirada maliciosa de los guardias encargados de imponer multas de veinticinco pesetas a las parejas que se besaban a hurtadillas en el parque.

         A partir de ese día a mis padres les empezaron a llegar mis cartas aseadas y pulcras, no sólo en la letra sino en el estilo que me esmeraba en depurar, pero lo que ellos no sabían era que había descuidado totalmente mis estudios de Derecho para pasarme las noches en vela copiando mis poemas y enigmáticos textos que un día, en el restaurante universitario, le enseñé con entusiasmo a Amalia, y ella los leyó con cierto escepticismo, sin comprenderlos. Entonces caí en la cuenta que Amalia no había existido nunca, que todo era un sueño cálido que habitaba en mi máquina de escribir.

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PAGINA ACTUALIZADA EL 2/12/2003