PASAJEROS DE OTROS BARCOS
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones de la culebra coja. Sevilla, 2003
La indignación de Anselmo

          El portero del edificio donde alquilo una habitación es ciego. La comunidad de vecinos está de acuerdo en que un portero ciego sirve para poco, por eso no se le paga un sueldo, únicamente se le permite vivir en los cuartos que servían para almacenar el carbón y que se quedaron vacíos cuando se cambió el sistema de calefacción por gas. Critican su inutilidad en las juntas de vecinos y la señora del quinto suele defenderlo porque considera que un "portero humano" es siempre más elegante que uno automático, aunque sea ciego.

          Anselmo se pasa el día sentado en la puerta con una radio entre las piernas. Tiene ya setenta años, se quedó ciego a los treinta en un accidente de carretera, cuando llevaba un camión. Desde entonces ha vivido en la indigencia. Su mujer es la única que aporta algo de dinero fregando escaleras del resto de edificios del barrio de Argüelles.

          Reconoce mis pasos cuando vuelvo de la universidad. "Los anuncios de la radio son mentiras, no hay nadie que le recomiende a usted nada ¡están todos grabados!" me dice sin importarle que su gesto indignado agrande las cuencas de sus ojos yertos. Su mujer, que lo cuida con cariño, me advierte resignada: "No le haga usted caso. Ya no está bien, el pobre." Anselmo era un superviviente de la estirpe de los locos lúcidos, antiestéticos, desagradables, con los dientes amarillos de tanto fumarse sus pensamientos.

          Desde hace unos días se le nota aún más triste, más decepcionado. Se había ilusionado con una buena noticia, había oído por la radio que los ciegos tenían derecho a una pensión de invalidez. Le llegaba tarde, pero al fin solucionaría su angustia económica y su mujer podría dejar de fregar escaleras para estar con él, tendrían tiempo para acompañarse, tal vez hasta para quererse.

          Una mañana la mujer decidió dirigirse con su marido a solicitar la pensión de la Seguridad Social. Allí les confirmaron que la única condición era un examen médico que atestiguara que estaba completamente ciego. Los vi de regreso entrar a sus cuartos, estaban contentos, se habían parado en el bar de la esquina y él se había tomado un vino; lo celebraron en el patio de luces del edificio, festejaban su ceguera indiscutible, él intentó unos pasitos de baile mientras ella palmeaba, se tropezó en el husillo central sin consecuencias, el traspiés convirtió sus risas en carcajadas, yo los oía desde mi habitación. Dejé de preparar un examen de derecho mercantil para bajar a compartir su alegría, él me abrazó y ella me dio un beso.

          Unos días después lo llamaron de la Seguridad Social, le hicieron nuevas prubas con modernos aparatos y al terminarlas el oftalmólogo le anunció jubiloso que su ceguera era reversible. "¿Eso qué es?" preguntó él con interés. "Es una buena noticia" le respondió el médico, "significa que es operable, que podrá recuperar la vista". ¿Pero si la recuperaba perdería el derecho a la pensión? "Sí, lo perdía, ya no habría motivo para una pensión" le dijo con indiferencia el funcionario de la Seguridad Social, unos días más tarde.

          Anselmo se negó rotundamente a operarse, prefería la pensión a recuperar la vista. Le advirtieron que si no se operaba tampoco cobraría nada porque al ser su ceguera reversible, si no veía era porque no quería. El funcionario encima se permitió hacerle la broma: "No hay peor ciego que el que no quiere ver". Anselmo preguntó indignado si le iban a pagar los cuarenta años que había permanecido ciego, cuando aún no existían todos esos aparatos que le devolverían la visión, le respondieron que no porque la pensión no era retroactiva. "Ya lo sabía yo, todo lo que se oye por la radio es mentira, todo está grabado, son máquinas", me lo dijo al reconocer mis pasos en el portal cuando regresé del examen de derecho mercantil que me habían suspendido. Su voz simulaba el tono grave de indignación cotidiana, pero se notaba un trasfondo nuevo de tristeza.

          A Anselmo lo operaron y recuperó la visión, pero le sirvió de poco, siguió con la radio entre las piernas, sin levantar la vista en la puerta del edificio, mientras su mujer fregaba las escaleras del barrio.

          "Todo lo que dicen estos", me decía señalando la radio cuando reconocía mis pasos con los ojos cerrados, "es mentira".


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PAGINA ACTUALIZADA EL 10/11/2003