PASAJEROS DE OTROS BARCOS
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones de la culebra coja. Sevilla, 2003
I'm Willy

            En Madrid a los universitarios se nos obligaba a admirar un desnudo femenino todas las mañanas durante un cuarto de hora, el tiempo que tardaba en llegar el autobús de la línea tres de Argüelles. En realidad la modelo estaba cubierta por un tul celeste pero era fácil adivinar su piel, hasta su imperceptible vello, bajo la tela vidriada. Probablemente el encargado de la censura publicitaria se estaba quedando ciego y había autorizado el cartel sin examinarlo a fondo.

            A ese cuerpo todo parecía funcionarle bien. Se encontraba casi en cuclillas, un poco ladeada. Sus ojos grandes en el panel gozaban de una visión amplia de la esquina de la plaza de la Moncloa, abarcaba con la vista desde la cafetería de la calle Princesa hasta la librería del SEU. Era un organismo bello. Sus pezones estaban uno atento a la brisa del Guadarrama y el otro al monóxido de carbono del tráfico. Sus piernas recogidas se perdían entre sus finas nalgas. La humedad de la mañana enfriaba las aletas de su nariz, para luego entibiar el posible beso que su boca entreabierta prometía. El pelo le cubría a medias el rostro. Los lóbulos suaves, en equilibrio. La columna vertebral en calma. Las uñas en reposo. El sexo regulando sus fluidos. Aparentemente se diría que era un cuerpo feliz, sin embargo no provocaba la compra del gel de ducha que anunciaba, ni siquiera sugería algún deseo sexual. Era bello, puro, abstracto, no liberaba ningún olor especial, era parte de lo que arrastra el viento, de lo que seguramente permanecería en la calle después de que terminara el curso.

            Paradójicamente, esa imagen casi perfecta desencadenaba en un ser habituado a las pensiones del barrio, húmedo de lluvia, con sólo un café mal sorbido en el estómago, la ilusión de encontrar una mujer con algo más de noche en los ojos, con la piel aún rezumando sueños, y de volverse con ella a la cama para redespertarse juntos abrazados como amantes, como si no hubieran hecho otra cosa en toda la vida.

            Una mujer que podría haber madrugado esa mañana y viajaría en el mismo autobús en dirección a la universidad, después de haber pasado sigilosamente por el Metro, sin ni siquiera haber tenido tiempo de ducharse con el gel del anuncio ni con ningún otro; sin añadir ruido al ruido de la gente. Engendraría ganas de estrujarla entre los libros y de levitar con ella en un amor anónimo hacia un país sin exámenes ni clases, lleno de playas.

            A las ocho de la mañana en invierno era difícil separar el sexo del olor a gasolina, del leve tiritar de las ventanillas, de la incipiente claridad, del suave roce de una mano femenina en el pasamanos, y creía tener razones para pensar que el exceso de belleza tiene un lado desdeñable, que el verdadero amor era cuestión de miradas, de ternura, de temperatura de la piel. También sospechaba que si existía esa mujer entre el calor de tantos cuerpos transportados hacia las facultades, descendería del autobús inadvertidamente y desaparecería entre las aulas, para continuar estudiando su carrera casta y clandestinamente, borrando tras de sí toda posibilidad de volver a verla.

            Esos viajes tenían algo de místicos, con fugaces apariciones interrumpidas por frenazos, apreturas, a veces hasta por averías del autobús, que nos obligaban a continuar nuestra cotidiana transfiguración andando a pie.

            Y un día al finalizar las clases creí reconocerla riéndose entre un grupo de compañeros desconocidos en el bar de Derecho. Intenté aislarla en una maniobra de timidez que yo mismo no me esperaba, le propuse irnos los dos. "¿Nos vamos yendo?" le sugerí y me contestó divertida "No hay otra manera de irse que yéndose", sin calibrar la intención de mis palabras.

            Decidimos no subir al autobús de regreso, preferimos seguir pisando las hojas secas hasta el barrio de Argüelles. Mientras iba yo intentando medir la temperatura del aire que me separaba de ella, por si se tratara solamente de los grados otoñales de aquella mañana o si era su piel que emitía señales a través de su abrigo ceñido y sus guantes de lana, oímos que por detrás se nos acercaba una bulla.

            Una marea de oscuros abrigos se movía en ráfagas esquivando los coches y los árboles; eran tiempos de vestuarios uniformes, carreras temerosas, estudiantes clónicos. "Nos persigue una muchedumbre", pensé, porque a esas edades es fácil confundir la soledad o la incomunicación con la paranoia. Pero la multitud nos adelantó, atropellándonos, ululando, desencadenando una corriente de pavor contra un peligro transparente que rodaba a nuestras espaldas. Sin embargo, no venían los grises a caballo, ni la policía, al contrario, la calle se quedaba desierta con un inquietante aspecto de domingo.

            Ella me señaló entonces a un muchacho rubio de pelo corto, congestionado, en pantalones vaqueros y camiseta blanca con una serigrafía de "University of Massachusetts" dorada en el pecho. Venía maldiciendo en inglés al frío cielo del Madrid de 1965. Nunca le he temido a la locura, más me asusta la exageración de la cordura, por eso me entreparé. El norteamericano se me acercó, me gritó a la cara "I'm Willy!", levantó los puños varias veces dando saltos y vueltas como si se encontrara encerrado dentro de sí mismo. "I'm Willy!" repetía.

            Al dirigirse a mí el extranjero, la masa estudiantil nacional se detuvo, como retenida por una fuerza elástica que emanara de su luminosa camiseta yanqui. Algunos se atrevieron a rodearnos, espectantes. En el grupo de los más próximos un tipo ancho se quitó el abrigo y se dirigió hacia el muchacho, lo siguieron cuatro o cinco hablando a voces, bien peinados, seguros de sí mismos: "Hay que darles una lección a estos hijos de puta que nos vienen a joder la marrana a España".

            Antes de que pudiera darme cuenta, lo habían tirado al suelo de un empujón y lo pateaban sin contemplaciones detrás de un seto de arbustos. Willy no ofrecía resistencia, se tapaba la cara con las manos y encogía las piernas como si su única intención fuera la de ocultar la frase que exhibía en el pecho. En posición fetal aparentaba más delgado que de pie. Uno de los matones le escupió sonoramente y los secuaces lo interpretaron como la señal para dejar de pegarle. "A estos locos se les quita la locura a patadas", concluyó.

            Ella se agachó para consolarlo. En ese momento presentí que a la salida de la facultad yo le había propuesto sin que ella lo advirtiera, escapar juntos por un espacio continuo, donde estaríamos toda la vida yéndonos, huyendo juntos, por esas alamedas u otras parecidas en distintas partes del mundo, sin esperar a saber quiénes éramos, sin ni siquiera averiguar si nos amábamos.

            El muchacho levantó la cabeza ensangrentada, comprobó de reojo que los matones ya se hubieran ido y le dijo débilmente: "I'm Willy, you know?". Al ver cómo ella se quitaba el guante de lana para ponerle la mano desnuda encima del hombro y la ternura con la que le habló, sentí una envidia inmensa e inexplicable del pobre Willy.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 10/11/2003