PASAJEROS DE OTROS BARCOS
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones de la culebra coja. Sevilla, 2003
La Venus de Milo

Tengamos horror al vacío y amor al desnudo.     
Corpus Barga
      

                A Ana ("¿Ana sin más?" le preguntó el primer día aún bajo los efectos de la anestesia. "Sí, solamente Ana", le respondió ella sonriendo) le sorprendió que él se negara a ir a Florencia o Venecia como ella le había propuesto.

                - Pero si son unas ciudades preciosas, le dijo reprochándoselo cariñosamente mientras agitaba los folletos turísticos en la mano.

                - ¿Para qué necesitamos nosotros ir a sitios tan bonitos? le respondió él reposadamente.

                No hacía mucho tiempo que vivían juntos. Lo decidieron después de la intervención quirúrgica que le practicaron a él en la espalda. Hasta entonces a ella sólo la había visto vestida de bata blanca.

                - El premio consiste en una semana a gastos pagados para dos personas en la ciudad europea que nosotros escojamos, ¡vamos, una tontería!

                El advirtió la mueca ratonil que solía hacer Ana con los labios cada vez que se compadecía de sí misma en una afirmación contradictoria.

                - Me sobran los "lugares de ensueño". Ya te lo he dicho.

                Ella miró a través de la ventana abierta las cuerdas de tender, las sábanas balanceando los dibujos de tréboles que no le terminaban de gustar, la bata blanca que había traído del hospital por la mañana y que pendía otra vez limpia y con los bolsillos llenos de sol tibio.

                - ¿Por qué no vamos a Milos? insinuó él como contraoferta.

                - ¿Milos? ¿Eso qué es?

                - Una isla griega, inculta, de donde es la Venus ¿te suena?

                - Sí, me suena, una estatua manca, pero allí no hay nada, ni siquiera está allí la Venus esa, replicó ella tirando los folletos en el sofá y asustando al gato.

                - Justamente por eso, porque la Venus no está allí se me ocurre llevarte a Milos mi amor.

                A Ana ("¿Qué has visto tú en mí?" le preguntó una vez. "No te quiero por cómo eres, sino simplemente porque eres tú, y además me gusta como eres", le respondió él), el amor no le había llegado muy pronto. Acababa de cumplir los cuarenta y cuatro años cuando se sintió atraída por ese paciente que se salía de lo común. No opuso ninguna resistencia la tarde que él la cogió por el brazo para acercarla a su cama y darle el primer beso en los labios. Hasta entonces había sido una eficiente enfermera concentrada, o mejor dicho distraída, en su trabajo.

                - Bueno, me doy por vencida, donde tú digas, a donde sea, con tal de huir unos días del tráfico, de la contaminación... odio el otoño madrileño, me deprime.

                En Atenas las pistas del aeropuerto se veían turbias de calor. En el transbordo hacia Milos les avisaron que no se embarcarían por el túnel de acceso directo al avión sino que los llevarían andando a un pequeño aparato que permanecía apartado en una explanada lateral.

                - ¿Allí nos van a meter? preguntó irónicamente Ana señalando un aparato pequeño y destartalado, seguro que tiene hasta moscas dentro, añadió.

                - Puede ser, ¿qué más da? le contestó él riéndose.

                El vuelo fue corto, anocheció cuando estaban entre las nubes. Ni siquiera pudieron divisar los idílicos atolones del Peloponeso.

                La siguiente decepción de Ana fue al llegar al hotel.

                - Pero dónde me has traído, esto parece estar sucio, le dijo casi al oído para que no lo oyera el recepcionista.

                Al subir a la habitación descubrió con sorpresa que el dibujo de las sábanas de la cama era igual al de los tréboles de las suyas que no le gustaban, pero con la débil luz del cuarto casi no se distinguían. Sólo una rosa natural alegraba la mesita de la televisión.

                A la mañana siguiente el sol pareció haber tirado la ventana al suelo dejando al descubierto las olas que habían arado el mar durante toda la noche. Ella se levantó y terminó de descorrer las luces del día. El frío de las losetas se le metió por la planta de los pies y la hizo sentirse más desnuda. Por el balcón se oían algunas voces sin dueño. Olfateó la bandeja del desayuno y se volvió a meter a la cama todavía caliente:

                - Oye, le dijo pasándole el dedo meñique por las cicatrices de la espalda, te tengo que dar una mala noticia, el café es un asco y las tostadas parecen estar secas.

                - Pero usted no necesita comer, jovencita ¿se ha olvidado de que esta noche se ha convertido en una auténtica estatua de carne y hueso?

                Ella entonces se sintió aún más desnuda.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 5/12/2003