PASAJEROS DE OTROS BARCOS
AUTOR: Leopoldo de Trazegnies Granda
Ediciones de la culebra coja. Sevilla, 2003
El cliente

(La verdadera soledad es la que no se puede dejar de compartir)     
L. Tamaral
      

               

            Ella era del país donde las piedras preciosas son más grandes y más oscuras que sus ojos.

       "En Colombia hay miles de guaqueros, buscadores de esmeraldas. Si encuentras una grande te haces millonario, pero entonces te matan". Hablaba con morosidad.

            "La alegría sólo te dura unos minutos. Aunque te la comas, te abren en canal para quitártela. Por eso a mí no me gusta tener suerte, porque casi siempre te ocurre algo malo después ¿verdad?".

            Sobre las mesas ardían los fuegos verdes de las luces y sonaba una música caribeña que ella tarareaba.

            "¿La conoces? ¿No te gusta la música?". Hizo un tímido gesto de contrariedad con la mano. "A mí me encanta".

            Dudó un instante, luego desvió la mirada hacia la máquina de discos para preguntar: "¿Por qué no te pegas un homenaje conmigo, aunque sea en silencio? Esta noche todavía estoy sin estrenar ¿sabes?", añadió bajando la voz.

            El establecimiento era una antigua fábrica de vidrio reacondicionada, albergaba a una veintena de chicas de diversas nacionalidades, seseantes suramericanas, enigmáticas centroeuropeas, recatadas árabes o mal humoradas ucranianas. Los pasillos eran amplios y los cuartos se abrían a las antiguas naves; para separarlos habían aprovechado restos de cristales, rojos sangre, azules oceáno, amarillos limón, que disolvían la blanda luz en las pupilas y arrinconaban las sombras; tal vez estos resplandores habían dado nombre al local: "Colores de Lisboa"; las letras luminosas del letrero en el tejado parpadeaban cada una con un color diferente.

            En el extremo de la sala principal la música no se elevaba a más de diez centímetros del suelo, al mismo nivel que el ruido que llegaba de la carretera. Afuera llovía y se estaba formando un barrizal. Ella entró por la galería del fondo como si se internara en el mar, con cautela, aplastando cuidadosamente las palabras con sus tacones de aguja.

            En la habitación se desnudó con naturalidad ante el armario, como si sólo fuera a cambiarse de vestido en el probador de una tienda, al agacharse para quitarse las braguitas un tatuaje serpenteó debajo de su última costilla como una arruga fina en su cintura. En el espejo sus senos adquirieron la inestabilidad del agua, el peso del humo, las ingles azules se reflejaron delineadas como en un cuadro de Modigliani minuciosamente retocado, la boca deshecha por una sonrisa y el pelo como el alma en hilachas, incluso el del pubis. Más que desnuda se quedó cubierta por un aire que llegaba anochecido desde lejos, de playa sin mar.

            "Es de mentira" dijo pasándose el dedo por encima del tatuaje, "no me atrevo a dejarme hacer uno de verdad", se rió, "ni quiero hacerme un piercing tampoco" dijo antes de apagar la luz, "me da miedo".

            En la mente del cliente, a oscuras, sonaron así unos versos de Carlos Edmundo de Ory:

        Entramos en la cama como en una iglesia
        entra un par de monjas por costumbre...

        No podíamos salir de estar pegados
        como un silencio a otro silencio.

            Se cubrió pudorosamente con la sábana desechable y encendió un cigarrillo.

            "Me siento bien contigo. Ahora podemos conversar un ratito, que eso es lo que más me gusta. Estas Navidades estuve en Colombia, con mi mamá y mi hijito. Tiene cinco añitos no más y ya va al cole. El padre se fue con otra, en esa época yo todavía no estaba metida en esto, a lo mejor me dejó porque yo no sabía hacer bien el amor, porque ustedes los hombres son muy mirados para eso del sexo, nosotras le damos menos importancia, yo por ejemplo me podría enamorar de cualquiera aunque fuera homosexual o impotente, no me importaría nada, con tal de que me quisiera, te lo aseguro".

            Unos segundos se mantuvo callada, como mirando muy abajo.

            "No te extrañe que piense así, sé que opinas que es muy difícil que un hombre admita que una se dedique a este trabajo, hay algunos que sí, aunque la verdad es que la mayoría no lo soportan. Tengo muchos novios que vienen a buscarme, pero esos no aman, más bien lo que están es enchochados con una, a otros es el desamor lo que los trae por aquí; y también hay cabrones con los que me niego a entrar. Yo a cada uno procuro complacerlo en lo que busca, pero no soy ninguna promiscua ¿sabes? en mi vida normal me gustaría acostarme siempre con el mismo hombre para darle todo mi amor a él solito. Algunos me son muy fieles, pero ahora no quiero enamorarme, lo único que me preocupa es el trabajo, necesito conseguir dinero para poder vivir mi propia vida sin depender de nadie. Pero es duro, no hacemos otra cosa que dormir, comer y follar, hasta los domingos, como hoy".

            En los pasillos se oían risas distantes y exclamaciones de otras parejas.

            "Después de todos los sacrificios que estoy haciendo, creo que me merezco que Dios me recompense un poquito ¿no te parece?" continuó. "No sé si te has dado cuenta que también soy muy soñadora y muy optimista".

            Una luz roja se empezó a encender intermitentemente encima de la puerta.

            "¡Qué rabia! se nos acabó el tiempo, ahora que estábamos hablando tan rico".

            Se vistió de prisa sin dejar de sonreír. Al salir, se detuvo en el teléfono del pasillo. "Me quedo aquí, esta hora es buena para llamar a mi hijito a Bogotá, allí son sólo las ocho de la noche, tengo que preguntarle qué notas ha sacado en el colegio esta semana", agregó.

            A manera de despedida, con el teléfono al cuello antes de marcar, elevó la voz para decir una frase que vibró en aquella antigua fábrica de vidrio: "Vuelve cuando quieras mezclar tu soledad con la mía, aquí estaré siempre".


                        INDICE_____________________SIGUIENTE CAPITULO

PAGINA ACTUALIZADA EL 16/12/2003