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Gregorio Gonzalez
A los leyenderos de Cervantes & Cía.

Autor: Leopoldo de Trazegnies Granda
Edición en rústica, 21 x 14 cm. 194 páginas.
Papel blanco de 80 gr.
Portada a todo color.

Primera edición: septiembre/2010
I.S.B.N.: 978-84-614-4025-2
Depósito legal: SE 6363-2010
BUBOK. Madrid, Septiembre/2010.

Si desea leer la obra completa puede comprarla impresa o bajarla gratuitamente de BUBOK

VIDA DE PÍCAROS

por Leopoldo de Trazegnies Granda

          Generalmente se admite que las tres novelas más representativas de la picaresca española son "Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades" (Anónimo, impresa en 1554), "De la vida del picaro Guzman de Alfarache" (Mateo Alemán, impresa en 1599) y la "Historia de la vida del buscón llamado don Pablos exemplo de vagamundos y espejo de tacaños" (Francisco de Quevedo y Villegas, impresa en 1626 pero escrita probablemente alrededor de 1604).

          Sin embargo, algunos autores son reticentes a incluir El lazarillo en este género por ser medio siglo anterior a las otras dos y por considerar que es una novela más renacentista que barroca, sensible aún a las influencias de la literatura medieval.

          Habría que añadir "El guitón Honofre" manuscrito de 1604 escrito por Gregorio González del que sólo se tenía noticias por los bibliófilos Tamayo de Vargas y Nicolás Antonio, que la consignaron en sus catálogos del siglo XVII, pero que permaneció desconocida durante cuatro siglos hasta su hallazgo en 1927 y su posterior publicación en 1973.

          En general las novelas picarescas son deliciosos relatos encadenados por la ironía, que se pueden leer independientemente unos de otros. Tienen un argumento lineal que simula una autobiografía. El Guzmán empieza directamente diciendo:

          Es común en este género que el autor se dirija directamente al lector, con cierta familiaridad, en un medio diálogo, dándole consejos y desvelándole secretos para sobrevivir en la dura sociedad del siglo XVII.

          Cada capítulo suele ser una pieza cerrada en sí misma, salpicada de anécdotas contadas con una riqueza expresiva sorprendente.

          Gran parte de las novelas picarescas transcurren por los caminos, tan pronto están en Segovia, como en Madrid, Sevilla o Alcalá de Henares, sus protagonistas tienen gran movilidad, el propio don Pablos, protagonista de El buscón termina sus días en América, igual que el autor de El Guzmán, Mateo Alemán, que pasa a Indias en su vejez. Son pues andariegos y pícaros, tanto los personajes como sus autores. El atractivo de sus narraciones es que en sus travesías se encuentran con toda clase de tipos de la nobleza y del hampa, hidalgos, rufianes, curas, locos, poetas... todos exquisitamente palabreros, que les sirven para analizar, criticar y satirizar la injusta sociedad de la época.

          A pesar de que muchas de las escenas transcurren en pensiones, ventas y sórdidas escuelas, tienen un halo poético que no se pierde ni en las circunstancias más escatológicas. En aquella época la poesía era algo popular, cotidiano, estaba viva en la calle hasta en boca de gente ruda y poco leída. Era una forma de enamorar, de pedir una gracia, de quejarse, de transmitir una historia, de levantar una calumnia... Por eso no es extraño que se comercializara como un artículo de consumo más. El Buscón dice:

          En el siglo XVI existía la institución monolítica de la Inquisición y una burocracia omnipresente que llegaba al delirio de levantar acta de las batallas en el mismo campo de batalla, donde las regalías se otorgaban caprichosamente y se cometían toda clase de abusos legales, el sentimiento de los ciudadanos pobres y algunos ricos, no podía ser otro que el de miedo e indefensión ante el Poder. Los pícaros, al ser marginales, eran los que más sufrían la inseguridad de los caminos y de los tribunales.

          Sin embargo la Inquisición no tuvo mucha relevancia en la literatura picaresca, sus personajes no se ocupan de doctrinas sino de problemas humanos, de robos y malhechores. La organización más temida era la Santa Hermandad, verdadero cuerpo policial formado en la mayoría de los casos por gente corrupta. Guzmán se refiere a ellos como

          El pícaro nace de algo tan español como es la desconfianza ante la Justicia y el agobio bajo su pesado sistema administrativo. Por eso vive al margen de la ley, en el fondo piensa que moralmente da lo mismo ser honesto que pícaro, porque está en manos de autoridades arbitrarias contra las que se siente impotente como no sea burlándolas. Guzmán, con mucha prudencia, se refiere a la corrupción de escribanos y jueces en las primeras páginas de la obra:

          Y concluye categóricamente:

          Por otro lado las desigualdades económicas y sociales en la población son inmensas, los ricos viven en la opulencia y los pobres en la miseria, consecuencia de la injusticia social de la época que haría que muchos partieran para América.

          El drama del pícaro es que conoce su situación, sabe que en la sociedad estratificada del siglo XVI y XVII es imposible ascender en la escala social, y no le queda más remedio que tratar de conseguirlo mediante mil artimañas. Aún así, es consciente que jamás escapará a su destino, aunque lo intente una y otra vez. Hay pues un fatalismo en la base de su comportamiento.

          El pícaro no es un hampón, es un gran simulador que se codea con el hampa y con la nobleza, tan pronto toma la personalidad de un hidalgo en caballo ajeno para conseguir los favores de una dama, como se viste de mendigo para conseguir unas monedas y poder comer ese día. Es un rebelde fingidor contra el sistema vigente, al mismo tiempo que echa una mirada irónica a su suerte, a su mala suerte, y la convierte en buena literatura.

          Además de las novelas mencionadas existen otras de menos popularidad aunque igualmente exquisitas que satirizan la sociedad española del siglo XVII. Una de ellas es la titulada La hija de la Celestina escrita y publicada en 1612 por Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo (Madrid, 1581 - 1635) donde se relatan las aventuras de Elena, hija de Pierres y Celestina, mujer que destacaba por su belleza, sensualidad y habilidad para timar a enamorados incautos. Igualmente La pícara Justina, publicada en 1605 bajo la firma de Francisco López de Úbeda y atribuída a fray Andrés Pérez por Nicolás Antonio, y muy recientemente a fray Baltasar Navarrete a raíz de un documento hallado por el profesor Anastasio Rojo (2005), representan el aspecto femenino del género picaresco.

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