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Gregorio Gonzalez
A los leyenderos de Cervantes & Cía.

Autor: Leopoldo de Trazegnies Granda
Edición en rústica, 21 x 14 cm. 194 páginas.
Papel blanco de 80 gr.
Portada a todo color.

Primera edición: septiembre/2010
I.S.B.N.: 978-84-614-2720-8
Depósito legal: SE 5043-2010
BUBOK. Madrid, 2010.

Si desea leer la obra completa puede comprarla impresa o bajarla gratuitamente de BUBOK

 

EL CABALLERO DESAMORADO

Leopoldo de Trazegnies Granda

          La intención del desconocido autor de la segunda parte apócrifa del Quijote fue la de suplantar a Cervantes e impedirle la continuación de su obra. Así se lo dice en el prólgo: "quéjese de mi trabajo por la ganancia que le quito de su segunda parte". Pero no ocurrió como el falsario lo tenía planeado porque Cervantes se apresuró a terminar su obra y sacó la segunda parte auténtica un año después con lo que ensombreció toda posibilidad de éxito de la apócrifa.

          Sus contemporáneos entendieron que la obra de Avellaneda era una venganza, escrita desde el rencor por uno o varios de los que se consideraban agraviados por la suficiencia de Cervantes. El Parnaso español del Siglo de Oro estaba lleno de envidias y resentimientos. El falso Quijote no tuvo éxito, no se reimprimió hasta 1732 (sin contar una segunda edición poco conocida), es decir ciento dieciocho años después de la primera edición, al contrario que el de Cervantes que tuvo muchas reediciones en los primeros años del siglo XVII.

          En los siglos posteriores los críticos literarios han tratado la obra de Avellaneda con cautela, ignorándola las más de las veces, con esa mezcla de pudor y vergüenza que inspiran las obras espúreas. Los críticos no han querido tenerlo en cuenta, tal vez por temor a hacerle sombra al auténtico Caballero cervantino. Ha sido históricamente repudiado. Hubo casos extremos como el de José Fernández Bremón, por ejemplo, que proponía quemar todos los ejemplares apócrifos.

          Miguel de Unamuno en su profuso analisis del Quijote no se digna mencionarlo, ni siquiera cuando analiza el capítulo LXXII que Cervantes dedica íntegramente al encuentro de Don Quijote con ese personaje de Avellaneda que se ha colado en sus aventuras y que dice haber conocido al "otro" Don Quijote. El único comentario de Unamuno es: "Prosiguieron su camino, se encontraron en un mesón con don Álvaro Tarfe; a los dos días acabó con sus azotes Sancho, y a poco divisaron la aldea". No pudo ser más lacónico el catedrático de Salamanca para referirse indirectamente al apócrifo. No nos da ni una pequeña explicación de quién es ese extraño personaje. Pasa de puntillas como ante un pariente proscrito y lo nombra porque sabe que de no hacerlo su ausencia sería más llamativa que su presencia.

          Vicente Gaos considera que "el protagonista de la obra de Avellaneda es... por completo ajeno al de la obra de Cervantes". Con estas palabras trata de salvar la unidad de las aventuras quijotescas de la segunda parte, sin embargo sabemos que no es así ya que el propio Cervantes incluye en su segunda parte a personajes del Quijote de Avellaneda como es el citado don Álvaro Tarfe y también menciona a su émulo falso dentro de sus aventuras. Si Cervantes no tuvo miedo de citar a su impostor ¿por qué lo habrían de tener sus críticos? Lo único que dice Gaos sobre Avellaneda es que "no era de fiar".

          Es probable que si Miguel de Cervantes no hubiera escrito la segunda parte, el Quijote apócrifo de Alonso Fernández de Avellaneda habría sido tan famoso como el del genial alcalaíno.

          El de Avellaneda es la continuación natural del personaje cervantino pero con significativas variantes. Avellaneda le da un nuevo título a Don Quijote, el de Caballero Desamorado. No es algo gratuito, una de las principales diferencias entre los dos Quijotes es que el de Cervantes ama y confía en Dulcinea "nunca fui desdeñado de mi señora" le confiesa al Caballero del Bosque, en cambio el de Avellaneda ha sufrido una gran decepción amorosa, ha sido despechado y se ha desenamorado de ella, podríamos hasta pensar que se ha vuelto algo misógino. Muchos son los episodios donde lo manifiesta expresamente. Al pasar por el pueblo de Ariza, por ejemplo, quiere colgar un cartel en un poste de la plaza que diga:

          Lo dice por despecho. Haber sido rechazado por Dulcinea le ha dolido más que todas las palizas recibidas en la primera parte y ya no quiere saber nada de bellas damas ni de encantadoras princesas. Don Quijote es un caballero malhumorado y se expresa contra las féminas con ira. Sin embargo la decepción lo ha humanizado y en momentos de serenidad reconoce que no ha dejado de ser un romántico incorregible y apunta la posibilidad de un nuevo amor:

          No pasó mucho tiempo antes de que don Quijote cayera rendido ante otra mujer, una prostituta de Alcalá llamada "Bárbara la de la cuchillada", pero que el Caballero Desamorado toma por "la gran Zenobia, reina de las Amazonas", en una aventura hilarante.

          El caballero Desamorado es igual de fanático que el de la Triste Figura pero menos ingenuo. El haber sido rechazado por Dulcinea del Toboso lo hace menos idealista y más realista, el dolor de la pérdida lo ha humanizado aunque en nada ha mejorado su locura.

          El Quijote de Avellaneda tiene mayores delirios de grandeza, circunstancia que lo hace aún más risible y Avellaneda acentúa este aspecto de su obra, construye su sátira a costa de la sátira de Cervantes. Algunos capítulos están concebidos como verdaderos relatos de humor. En el décimo, relata "cómo don Álvaro Tarfe convidó ciertos amigos suyos a comer, para dar con ellos orden qué libreas habían de sacar en la sortija" y convencen a Don Quijote entre burlas y veras de participar en los juegos de anillas de las fiestas de Zaragoza en su rocín ridículamente pertrechado con todas sus piezas y armas de Caballero Andante. Don Quijote acepta complacido porque "suele suceder, en semejantes fiestas, venir algún famoso gigante o descomunal jayán, rey de alguna isla extranjera, y hacer algunos descomedidos desafíos contra la honra del rey o príncipes de la ciudad".

          Utiliza Avellaneda de contrapunto al sensato caballero granadino don Álvaro Tarfe, que fascinado por la imaginación del hidalgo manchego, y de su gracioso escudero, le alienta en su disparatado delirio.

          Avellaneda crea nuevos personajes, como el citado granadino, pero a su vez transmuta otros de la primera parte cervantina en sus equivalentes, así la rústica Aldonza y su sublimación en la dulcísima Dulcinea se convierte en la prostituta Bárbara con un tajo en la cara, idealizada por el Don Quijote de Avellaneda en la bellísima reina Zenobia.

          La reacción de Cervantes ante la aparición del Quijote apócrifo fue literaria. Se dio prisa en sacar su continuación auténtica en donde no sólo menciona su propia primera parte sino que también toma como ciertas las aventuras del Quijote de Avellaneda, recalcando que se trata de un impostor que se hacía pasar por Don Quijote.

          Al mencionar Cervantes su primera parte en la segunda introduce a los lectores en la ficción de su obra al mismo nivel que sus personajes porque tanto unos como otros conocemos la primera parte y por tanto ya nos situamos en el mismo plano casi como si fuéramos contemporáneos. Pero al referirse a las aventuras apócrifas y reconocer la existencia de un don Álvaro Tarfe, noble granadino, personaje de la obra de Avellaneda, está creando un espacio de ficción del que participan las dos obras.

          Don Álvaro Tarfe le cuenta al Ingenioso Hidalgo cervantino que ha conocido en Zaragoza al Caballero Desamorado y que hizo gran amistad con él. Cervantes acepta la existencia de ese otro Quijote de vida paralela al suyo y permite que su Don Quijote se interese por su homónimo preguntándole:

          El caballero granadino le contesta que no se parece en nada al Don Quijote que él conoció y que es verdad que traía un escudero llamado Sancho Panza reputado por muy gracioso, aunque "nunca le oí decir gracia que la tuviese".

          Cervantes se burla de Avellaneda haciéndole ver que su Sancho Panza no era tan gracioso como el suyo, y dice esto a pesar de que en el Quijote de Avellaneda don Álvaro Tarfe no ha parado de reírse de las ocurrencias de Sancho. Cervantes hace que don Álvaro Tarfe mienta o se desdiga con lo cual deja en ridículo a Avellaneda. Mezcla hábilmente la realidad con la literatura.

          El que sí se indigna al conocer la existencia de su suplantador es Sancho Panza que comenta: "y ese Sancho que vuesa merced dice, señor gentilhombre, debe ser algún grandísimo bellaco... que el verdadero Sancho Panza soy yo que tengo más gracias que llovidas". Y agrega que el verdadero Don Quijote, el famoso, el "enamorado... es este señor que está presente, que es mi amo; todo cualquier otro don Quijote y cualquier otro Sancho Panza es burlería y cosa de sueño."

          Entonces Cervantes hace que el gentilhombre granadino describa al Sancho apócrifo como un tonto comilón. Y no le falta razón, porque el escudero de Avellaneda es más zafio, de insulto fácil, con el "hideputa" siempre a flor de labios.

          Finalmente Don Quijote termina solicitándole a don Álvaro una declaración firmada ante el alcalde de que el único y auténtico Don Quijote es el que tiene delante con su escudero Sancho Panza y que el Caballero Desamorado que conoció en Zaragoza es un simple usurpador de su fama.

          El caballero granadino accede amablemente a su petición, perplejo de haberse encontrado en su viaje a Granada a dos Don Quijotes, ambos locos de atar con parecidos delirios y cada cual con su respectivo escudero llamados de la misma manera. Pero Cervantes quiere dejar bien claro que su Don Quijote y Sancho son los auténticos y los otros son unos advenedizos que se hacen pasar por ellos.

          La genialidad de Cervantes estriba en no negar las aventuras del Quijote de Avellaneda sino en incorporarlas a la verdadera historia de su Don Quijote. Con lo cual lo convierte en un impostor contemporáneo al suyo que realizó sus aventuras en distintos lugares de la geografía peninsular pero al mismo tiempo. De esa manera Cervantes diluye la fabulación de Avellaneda en la realidad de su propia ficción quijotesca.

          Habría sido ya un ejercicio surrealista hacer que se encontrasen y se retaran los dos Don Quijotes. El hidalgo de la Triste Figura, el verdadero, le confiesa a don Álvaro que evitó entrar a las justas de Zaragoza y prefirió seguir camino hacia Barcelona por no dejar en evidencia al falso Don Quijote que sabía que se hallaba en dicha ciudad. Es un último gesto de nobleza de Cervantes hacia Avellaneda.


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PAGINA ACTUALIZADA EL 3/3/2010