DIARIO ABC
ABC.ES
Jueves, 27 de abril de 2006

CULTURA
Edición impresa - Libros

Vargas Llosa: «Don Quijote es un fanático, tiene la visión del creyente dogmático»
Se reconoce «su relevante aportación a la creación literaria y su compromiso personal con la sociedad desde una visión holística de la influencia de la cultura en el hombre»

ANTONIO ASTORGA

VILLAVICIOSA DE ODÓN. Tocado en color celestial, Mario Vargas Llosa, el «sartrecillo valiente» (por su pasión hacia Jean Paul Sartre), jamás soñó en tener una madrina «tan joven, brillante y bella», dijo. La escritora Carmen Posadas hizo el milagro y devolvió la consideración al escritor: «Su gran vitalidad y una enorme curiosidad intelectual hacen que se conserve tan guapo y tan joven». Entregadas las flores, llegó el turno de coronar con el birrete laureado, enfundar los guantes blancos, colocar el anillo y entregar el libro de la ciencia a esta gran novela titulada Mario Vargas Llosa, que comenzó a escribirse hace 70 años y 29 días en Arequipa.
El escritor prometió a su legión de fieles -que colapsó el pabellón de baloncesto habilitado para doctorarle por la Universidad Europea de Madrid; entre ellos, Esperanza Aguirre- «no defraudar». Y en absoluto defraudó en su lección magistral. Vargas Llosa regresó a un asunto que le apasiona -«Los cuatro siglos del Quijote»-, que ya abordó en abril de 1995 cuando recibió el premio Cervantes. Un texto ahora muy ampliado y corregido.
El autor de «La fiesta del chivo» observó que hay un rasgo de la personalidad de Alonso Quijano que, fuera de la ficción, produce escalofríos: «Don Quijote es un fanático. Tiene la visión unilateral de la vida del creyente dogmático, dueño absoluto de la verdad, incapaz de aprender de sus errores y de tener dudas, de aceptar que la razón y la inteligencia son a veces mejores instrumentos para comprender la realidad que la fe y la pasión». El personaje nos hace reír, pero carece de sentido del humor «y, como todos los creyentes absolutos, es mortalmente serio».
La peripecia del hidalgo nos conmueve porque todo le sale mal y ocurre en la ficción, pero el fanatismo del Quijote es anticipatorio y está embebido de una crítica frontal a los perjuicios que genera, expuso Vargas: «Cervantes se las arregló para esbozar en su criatura no sólo la silueta de un provinciano hidalgo nostálgico de los tiempos idos de los caballeros andantes, sino, también, un prototipo de aquella otra forma de locura perniciosa, de irrealidad mental, que era en su tiempo la de los inquisidores que quemaban infieles, había sido la de los cruzados que predicaron y practicaron la guerra santa, y sería, en el futuro, la de los jacobinos adoradores de la diosa Razón que quemarían Iglesias y decapitarían a curas y monjas, la de los arios puros que exterminarían a las razas inferiores en los campos de concentración nazis y la de los comisarios que, en defensa de la ortodoxia ideológica, desaparecerían a millones de reales o supuestos disidentes en el Gulag siberiano». Y Quijano sin Panza queda trunco. El Quijote es la forma extrema y desquiciada que puede alcanzar esa constante búsqueda de vidas más ricas y variadas: «Contar es vivir más y mejor y lo hacen también los personajes, trenzando una verdadera selva de historias, un mundo en el que la pasión relatora es ejercitada por hombres y mujeres que viven varias vidas a la vez: la real y la que sus relatos embellecen, exageran o deforman con la palabra». Pura pasión contagiosa.

«Insolente libertario»

¿Por qué el Quijote es ya emblema de toda una civilización?, se preguntó el nuevo doctor. Por el lenguaje. En el Quijote anida el arcaico y engolado del hidalgo, el popular y villano de Sancho y el refinado y literario de Cervantes: «El poderío y la elegancia, la sutileza y la variedad de la prosa cervantina, que nos hechiza, arrulla y disemina en un mundo de ficción, es una de las razones por las que el Quijote es el libro símbolo del español», Mario dixit. A diferencia de Amadís, Tristán de Leonís o Espliandán, Quijote es un ser escindido por una complejidad que hace de él un ser susceptible de interpretaciones contradictorias. Esta humanidad lo distancia abismalmente de sus congéneres caballerescos y le confiere su condición de primer héroe de la novela moderna: «Don Quijote es un ser libre, que practica la libertad en todos sus actos, sin importarle un bledo lo que en ello arriesga, convencido como está de que «la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos». Esta hermosa definición de libertad es la de un individualista recalcitrante y un insolente libertario», concluyó, sentando cátedra, Mario Vargas Llosa.