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Elizabeth Bishop (1911-1979)

   
UN ARTE
    El arte de perder no es muy difícil;
    tantas cosas contienen el germen
    de la pérdida, pero perderlas no es un desastre.  

    Pierde algo cada día. Acepta la inquietud de perder  
    las llaves de las puertas, la horas malgastadas.  
    El arte de perder no es muy difícil.

    Después intenta perder lejana, rápidamente:
    lugares, y nombres, y la escala siguiente
    de tu viaje. Nada de eso será un desastre.

    Perdí el reloj de mi madre. ¡Y mira! desaparecieron
    la última o la penúltima de mis tres queridas casas.
    El arte de perder no es muy difícil.

    Perdí dos ciudades entrañables. Y un inmenso
    reino que era mío, dos ríos y un continente.
    Los extraño, pero no ha sido un desastre.

    Ni aun perdiéndote a ti (la cariñosa voz, el gesto
    que amo) me podré engañar. Es evidente
    que el arte de perder no es muy difícil,
    aunque pueda parecer (¡escríbelo!) un desastre.

ARRIBA
 

Gioconda Belli (Nicaragua, 1948)

Yo la que te quiere

Yo soy tu indómita gacela,
el trueno que rompe la luz sobre tu pecho
Yo soy el viento desatado en la montaña
y el fulgor concentrado del fuego del ocote.
Yo caliento tus noches,
encendiendo volcanes en mis manos,
mojándote los ojos con el humo de mis cráteres.
Yo he llegado hasta vos vestida de lluvia y de recuerdo,
riendo la risa inmutable de los años.
Yo soy el inexplorado camino,
la claridad que rompe la tiniebla.
Yo pongo estrellas entre tu piel y la mía
y te recorro entero,
sendero tras sendero,
descalzando mi amor,
desnudando mi miedo.
Yo soy un nombre que canta y te enamora
desde el otro lado de la luna,
soy la prolongación de tu sonrisa y tu cuerpo.
Yo soy algo que crece,
algo que ríe y llora.
Yo,
la que te quiere.
ARRIBA

 

Osvaldo Sauna (Costa Rica, 1949)

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Carlos Barral (Barcelona, 1928-1989)

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Manuel Vázquez Montalbán (Barcelona, 1939-2003)

Pero el viajero huye
Visor. Madrid, 1991

Manuel Vázquez Montalbán                                
falleció de un infarto en Bangkok el 18 de octubre de 2003.                                
Este poema es como una dramática premonición.                                
Fue escrito por él en un viaje a Bangkok                                
trece años antes de su muerte.                                

(Nota de LdeTG).                               

        EL CARTERO HA TRAÍDO EL BANGKOK POST
        el Tahilandia Travel
            una carta sellada

        la muerte de un ser querido para la muchacha de mi American Breakfast
              cada mañana

        aunque he pedido mi carta

            no estaba

        o no me la han dado compasivos
        con el extranjero que espera vida o muerte
        ignorado en un rincón de Asia

        el cartero nunca llama dos veces
        viaja en una Yamaha
        y sonríe en la ignorancia

              de que la distancia

        permite a la memoria cumplir nuestros deseos


A la sombra de las muchachas sin flor
El Bardo, Barcelona 1973

      PASEO POR UNA CIUDAD

      PASEO por una ciudad
      sin orillas

        miente la tarde

      espejos despedidas humos
      que denuncian retornos
        me deja solo

      el paso de muchachas alejadas
      no pronuncian mi nombre no decretan
        mi muerte

      entonces regreso
      a los artesonados pasillos del recuerdo
      pieles carnes repletas siluetas
        en sus cueros

      el ruido de los párpados al cerrarse
        y tal vez

      tal vez un grito literario puso nombre
      al instante en que fui feliz
        a la sombra

      siempre a la sombra
        de las muchachas sin flor.

ARRIBA

 

Chiyo-ni. Poetisa japonesa de haiku (Japón, 1703-1775)

Al que la corta
le otorga su perfume:
flor del ciruelo.

Mariposa
tú también te vuelves loca
algunos días.

Toda la noche
diciendo cuco cuco
y al fin ¡la aurora!

 
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Jorge Eduardo Eielson (Lima 1924)

Westphalen dice:

Y me he callado como si las palabras no me fueran a llenar la vida
Y ya no me quedara más que ofrecerte
Me he callado porque el silencio pone más cerca los labios
Porque sólo el silencio sabe detener a la muerte en los umbrales
Porque sólo el silencio sabe darse a la muerte sin reservas

A semejante silencio:

¿Qué puedo yo agregar sino silencio
Y además silencio
Y más silencio
Tan sólo silencio?

 
ARRIBA

 

César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892-1938)

Y si después de tantas palabras
      ¡Y si después de tantas palabras,
      no sobrevive la palabra!
      ¡Si después de las alas de los pájaros,
      no sobrevive el pájaro parado!
      ¡Más valdría, en verdad,
      que se lo coman todo y acabemos!
      ¡Haber nacido para vivir de nuestra muerte!
      ¡Levantarse del cielo hacia la tierra
      por sus propios desastres
      y espiar el momento de apagar con su sombra su tiniebla!
      ¡Más valdría, francamente,
      que se lo coman todo y qué más da...!
      ¡Y si después de tanta historia, sucumbimos,
      no ya de eternidad,
      sino de esas cosas sencillas, como estar
      en la casa o ponerse a cavilar!
      ¡Y si luego encontramos,
      de buenas a primeras, que vivimos,
      a juzgar por la altura de los astros,
      por el peine y las manchas del pañuelo!
      ¡Más valdría, en verdad,
      que se lo coman todo, desde luego!
      Se dirá que tenemos
      en uno de los ojos mucha pena
      y también en el otro, mucha pena
      y en los dos, cuando miran, mucha pena...
      Entonces... ¡Claro!... Entonces... ¡ni palabra!

      -------- * ----------
       

      Al cavilar en la vida, al cavilar
      despacio en el esfuerzo del torrente,
      alivia, ofrece asiento el existir,
      condena a muerte;
      envuelto en trapos blancos cae,
      cae planetariamente
      el clavo hervido en pesadumbre; cae!
      (Acritud oficial, la de mi izquierda;
      viejo bolsillo, en sí considerada, esta derecha).

      ¡Todo está alegre, menos mi alegría
      y todo, largo, menos mi candor,
      mi incertidumbre!
      A juzgar por la forma, no obstante, voy de frente,
      cojeando antiguamente,
      y olvido por mis lágrimas mis ojos (Muy interesante)
      y subo hasta mis pies desde mi estrella.

      Tejo; de haber hilado, héme tejiendo.
      Busco lo que me sigue y se me esconde entre arzobispos,
      por debajo de mi alma y tras del humo de mi aliento.
      Tal era la sensual desolación
      de la cabra doncella que ascendía,
      exhalando petróleos fatídicos,
      ayer domingo en que perdí mi sábado.

      Tal es la muerte, con su audaz marido.

(De «Poemas Póstumos»)

ARRIBA

 

Claudio Rodríguez (Zamora, 1934-1999).

Ajeno
      Largo se le hace el día a quien no ama
      y él lo sabe. Y él oye ese tañido
      corto y duro del cuerpo, su cascada
      canción, siempre sonando a lejanía.
      Cierra su puerta y queda bien cerrada;
      sale y, por un momento, sus rodillas
      se le van hacia el suelo. Pero el alba,
      con peligrosa generosidad,
      le refresca y le yergue. Está muy clara
      su calle, y la pasea con pie oscuro,
      y cojea en seguida porque anda
      sólo con su fatiga. Y dice aire:
      palabras muertas con su boca viva.
      Prisionero por no querer, abraza
      su propia soledad. Y está seguro,
      más seguro que nadie porque nada
      poseerá; y él bien sabe que nunca
      vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
      ¿cómo podemos conocer o cómo
      perdonar? Día largo y aún más larga
      la noche. Mentirá al sacar la llave.
      Entrará. Y nunca habitará su casa.

ARRIBA


 

José Carlos Becerra (México, Tabasco, 1937-1970).

El otoño recorre las islas

      A veces tu ausencia forma parte de mi mirada,
      mis manos contienen la lejanía de las tuyas
      y el otoño es la única postura que mi frente puede tomar para pensar en ti.
      A veces te descubro en el rostro que no tuviste y en la aparición que no merecías,
      a veces es una calle al anochecer donde no habremos ya de volver a citarnos,
      mientras el tiempo transcurre entre un movimiento de mi corazón y un movimiento de la noche.

      A veces tu ausencia aparece lentamente en mi sonrisa igual que una mancha de aceite en el agua,
      y es la hora de encender ciertas luces
      y caminar por la casa
      evitando el estallido de ciertos rincones.

      En tus ojos hay barcas amarradas, pero yo ya no habré de soltarlas,
      en tu pecho hubo tardes que al final del verano
      todavía miré encenderse.
      Y éstas son aún mis reuniones contigo,
      el deshielo que en la noche
      deshace tu máscara y la pierde.


ARRIBA

 

BORGES, Jorge Luis (Bs. Aires, 1899 - 1986)

 
La cifra. Poesía. (Haikus).
Emecé, 1981, Buenos Aires. 1ªed.

 
1
Algo me han dicho
la tarde y la montaña.
Ya lo he perdido.

2
La vasta noche
no es ahora otra cosa
que una fragancia.

3
¿Es o no es
el sueño que olvidé
antes del alba?

4
Callan las cuerdas.
La música sabía
lo que yo siento.

5
Hoy no me alegran
los almendros del huerto.
Son tu recuerdo.

6
Oscuramente
libros, láminas, llaves
siguen mi suerte.

7
Desde aquel día
no he movido las piezas
en el tablero.

8
En el desierto
acontece la aurora.
Alguien lo sabe.

9
La ociosa espada
sueña con sus batallas.
Otro es mi sueño.

10
El hombre ha muerto.
La barba no lo sabe.
Crecen las uñas.

11
Ésta es la mano
que alguna vez tocaba
tu cabellera.

12
Bajo el alero
el espejo no copia
más que la luna.

13
Bajo la luna
la sombra que se alarga
es una sola.

14
¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga?

15
La luna nueva
ella también la mira
desde otro puerto.

16
Lejos un trino.
El ruiseñor no sabe
que te consuela.

17
La vieja mano
sigue trazando versos
para el olvido.

 

Fervor de Buenos Aires (1923/1969)

    AUSENCIA

    HABRÉ DE LEVANTAR la vasta vida
    que aún ahora es tu espejo:
    cada mañana habré de reconstruirla.
    Desde que te alejaste,
    cuántos lugares se han tornado vanos
    y sin sentido, iguales
    a luces en el día.
    Tardes que fueron nicho de tu imagen,
    músicas en que siempre me aguardabas,
    palabras de aquel tiempo,
    yo tendré que quebrarlas con mis manos.
    ¿En qué hondonada esconderé mi alma
    para que no vea tu ausencia
    que como un sol terrible, sin ocaso,
    brilla definitiva y despiadada?
    Tu ausencia me rodea
    como la cuerda a la garganta,
    el mar al que se hunde.

ARRIBA

 

POEMAS DEL AMOR FURTIVO
Bilhana Kavi
(Poeta Indio de Cachemira, siglo XI)

 
Aún hoy recuerdo
la línea de su vello
que desemboca en su ombligo,
su cara de loto desplegado
y a ella luminosa
como una guirnalda
de doradas flores de Champaka.
La recuerdo
levantada de su sueño,
indolente tras la turbulencia del amor
como la sabiduría entregada al delirio.

ARRIBA

 

SENDAS DE OKU
Matsuo Basho
(Japón, 1644-1694)
Barral Editores. Barcelona, 1970.
Traducción de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya

 
La despedida de la pareja de gaviotas

A Sora se le ocurrió enfermarse del vientre. Tiene un pariente en Nagashima en la provincia de Ise, y decidió adelantarse. Al partir me dejó este poema:

Ando y ando
si he de caer
que sea entre los tréboles.

La pena del que se va y la tristeza del que se queda son como la pareja de gaviotas que, separadas, se pierden en la altura. Yo también escribí un poema:

Hoy el rocío
borrará lo escrito
en mi sombrero.

----- x ----

ARRIBA

 


Manuel Bandeira
(Manuel Carneiro de Souza Bandeira Filho.
Recife, Brasil, 1886-1968)

Madrigal melancólico

Lo que adoro en ti
No es tu belleza.
La belleza,
Existe dentro de nosotros.
Es un concepto.
Y la belleza es triste.
No es triste en sí misma,
Pero está llena de fragilidad e incertidumbre.

Lo que adoro en ti
No es tu inteligencia.
No es tu espíritu sutil,
Tan ágil, tan luminoso,
-Ave suelta en el cielo matinal de la montaña-.
Ni tu comprensión
Del corazón de los hombres y las cosas.

Lo que adoro en ti
No es tu gracia musical,
Sucesiva y renovada en cada instante,
Gracia aérea como tu pensamiento,
Gracia inquietante y seductora.

Lo que adoro en ti
No es la madre que perdí.
Ni la hermana que perdí,
Ni mi padre.

Lo que adoro en tu naturaleza
No es el profundo instinto maternal
En tu cadera abierta como una herida.
Ni es tu pureza. Ni tu impureza.
Lo que adoro en ti -¡que me lastima y me consuela!-
Lo que adoro en ti, es la vida.

-------------------------- o -----------------------

 


Vicente Aleixandre
(Sevilla, 1898-1984)

EL ÚLTIMO AMOR

    I

    Amor mío, amor mío.
    Y la palabra suena en el vacío. Y se está solo.
    Y acaba de irse aquella que nos quería. Acaba de salir. Acabamos de oír cerrarse la puerta.
    Todavía nuestros brazos están tendidos. Y la voz se queja en la garganta.
    Amor mío...
    Cállate. Vuelve sobre tus pasos. Cierra despacio la puerta, si es que
    no quedó bien cerrada.
    Regrésate.
    Siéntate ahí, y descansa.
    No, no oigas el ruido de la calle. No vuelve. No puede volver.
    Se ha marchado, y estás solo.
    No levantes los ojos para mirarlo todo, como si en todo aún estuviera.
    Se está haciendo de noche.
    Ponte así: tu rostro en tu mano.
    Apóyate. Descansa.
    Te envuelve dulcemente la oscuridad, y lentamente te borra.
    Todavía respiras. Duerme.
    Duerme si puedes. Duerme poquito a poco, deshaciéndote, desliéndote
    en la noche que poco a poco te anega.
    ¿No oyes? No, ya no oyes. El puro
    silencio eres tú, oh dormido, oh abandonado,
    oh solitario.
    ¡Oh, si yo pudiera hacer que nunca más despertases!

    II

    Las palabras del abandono. Las de la amargura.
    Yo mismo, sí, yo y no otro.
    Yo las oí. Sonaban como las demás. Daban el mismo sonido.
    Las decían los mismos labios, que hacían el mismo movimiento.
    Pero no se las podía oír igual. Porque significan: las palabras
    significan. Ay, si las palabras fuesen sólo un suave sonido,
    y cerrando los ojos se las pudiese escuchar en el sueño...
    Yo las oí. Y su sonido final fue como el de una llave que se cierra.
    Como un portazo.
    Las oí, y quedé mudo.
    Y oí los pasos que se alejaron.
    Volví, y me senté.
    Silenciosamente cerré la puerta yo mismo.
    Sin ruido. Y me senté. Sin sollozo.
    Sereno, mientras la noche empezaba.
    La noche larga. Y apoyé mi cabeza en mi mano.
    Y dije...
    Pero no dije nada. Moví mis labios. Suavemente, suavísimamente.
    Y dibujé todavía
    el último gesto, ese
    que yo ya nunca repetiría.

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Angel González

(Oviedo, 1922)

Palabra sobre palabra (Opera omnia)
Seix Barral. Barcelona, 1968.

    EN TI ME QUEDO

    De vuelta de una gloria inexistente,
    después de haber avanzado un paso hacia ella,
    retrocedo a velocidad indecible,
    alegre casi como quien dobla la esquina de la

        calle donde hay una reyerta,
    llorando avergonzado como el adolescente
        hijo de viuda sexagenaria y pobre
    expulsado de la escuela vespertina en la que era becario.

    Estoy aquí,
    donde yo siempre estuve,
    donde apenas hay sitio para mantenerse erguido.

    La soledad es un farol certeramente apedreado:
    sobre ella me apoyo.

    La esperanza es el quicio de una puerta
    de la casa que fue desarraigada
    de sus cimientos por los huracanes:
    quicio-resquicio por donde entro y salgo
    cuando paso del nunca (me quisiste) al todavía (te odio),
    del tampoco (me escuchas) al también (yo me callo),
    del todo (me hace daño) al nada (me lastima).

    No importa, sin embargo.

    Los aviones de propulsión a chorro salvan rápidamente

        la distancia que separa Tokio de Copenhague,
    pero con más rapidez todavía
    me desplazo yo a un punto situado a diez centímetros
            de mí mismo,
    de prisa,
    muy de prisa,
    en un abrir y cerrar de ojos,
    en sólo una diezmilésima de segundo,
    lo cual supone una velocidad media de setenta kilómetros a la hora,
    que me permite,
    si mis cálculos son correctos,
    estar en este instante aquí,
    después mucho más lejos,
    mañana en un lugar sito a casi mil millas,
    dentro de una semana en cualquier parte
    de la esfera terrestre,
    por alejada que os parezca ahora.

    Consciente de esa circunstancia,
    en muchas ocasiones emprendo largos viajes;
    pero apenas me desplazo unos milímetros
    hacia los destinos más remotos,
    la nostalgia me muerde las entrañas,
    y regreso a mi posición primera
    alegre y triste a un tiempo
    - como dije al principio:
    alegre,
    porque sé que tú eres mi patria,
    amor mío;
    y triste,
    porque toda patria, para los que la amamos,
    - de acuerdo con mi personal experiencia de la patria-
    tiene también bastante de presidio.

    Así,
    en ti me quedo,
    paseo largamente tus piernas y tus brazos,
    asciendo hasta tu boca, me asomo
    al borde de tus ojos,
    doy la vuelta a tu cuello,
    desciendo por tu espalda,
    cambio de ruta para recorrer tus caderas,
    vuelvo a empezar de nuevo,
    descansando en tu costado,
    miro pasar las nubes sobre tus labios rojos,
    digo adios a los pájaros que cruzan por tu frente,
    y si cierras los ojos cierro también los míos,
    y me duermo a tu sombra como si siempre fuera
    verano,
    amor,
    pensando vagamente
    en el mundo inquietante
    que se extiende -imposible- detrás de tu sonrisa.

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Anónimo galaico-portugués (S. XIII)

Dormía como mojada de amores
Amaba como anegada de sueños
Mas nunca despertó.

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Manuel Altolaguirre

(Málaga, 1905 - 1959)

          AMOR OSCURO

          Si para ti fui sombra
          cuando cubrí tu cuerpo,
          si cuando te besaba
          mis ojos eran ciegos,
          sigamos siendo noche,
          como la noche inmensos,
          con nuestro amor oscuro,
          sin límites, eterno...
          Porque a la luz del día
          nuestro amor es pequeño.

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Jorge Boccanera

(Bahía Blanca, Argentina. 1952)

          POLVO PARA MORDER (III)

          Bésale las piernas a la poesía
          aunque diga que no que aquí nos pueden ver.
          Bésale las palabras, hurga su lengua hasta
          que abra los brazos y diga ¡Santo Dios!
          o hasta que santodios abra los brazos de escándalo.
          Bésale a la poesía a la loba
          aunque diga que no que hay mucha gente que aquí
          nos pueden ver. Bésale las piernas las palabras
          hasta que no de más, hasta que pida más
          hasta que cante.

          (Del libro Polvo para morder. 1986).

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Giuseppe Ungaretti

(Alejandría, 1888-1970)

          LA TIERRA PROMETIDA

          Me pregunto a menudo
          cómo eras y era antes.

          ¿Acaso erramos víctimas del sueño?

          ¿Los actos que cumplimos
          eran pues de sonámbulos entonces?

          Estamos lejos, en un halo de ecos
          y mientras vuelves a emerger en mí,
          me escucho en el murmullo que un sueño te levanta
          que largamente nos prevé.

          (Del libro Sentimiento del tiempo y La tierra prometida. Galaxia Gutemberg. Traducción de Tomás Segovia).

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PAGINA ACTUALIZADA EL 10/9/2012